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Periodismo científico de José Martí.Antecedentes históricos

Resumen: A través de una visión del surgimiento del interés científico en Cuba que se da muy unido al a los primeros brotes de la nacionalidad cubana a fines del siglo XVLLL,se pretende destacar personalidades e instituciones que con su quehacer en las ciencias anteceden la obra de nuestro José Martí, que ya desde 1871-1874 tiene sus primeras inquietudes científicas en Zaragoza, España.

Publicación enviada por Carlos Solar




 


Resumen.

A través de una visión del surgimiento del interés científico en Cuba que se da muy unido al a los primeros brotes de la nacionalidad cubana a fines del siglo XVLLL,se pretende destacar personalidades e instituciones que con su quehacer en las ciencias anteceden la obra de nuestro José Martí, que ya desde 1871-1874 tiene sus primeras inquietudes científicas en Zaragoza, España a partir de su periodismo sobre arqueología y antropología, periodismo que va madurando y lo convierten en un hombre de ciencia, no porque exhibiera títulos académicos, sino por su capacidad de desentrañar verdades, de alumbrar caminos y trazar rumbos precisos.

1.1 Reflexiones acerca de la ciencia en Cuba hasta el pensamiento científico de José Martí.
“.... Cuando descanse al fin de sus convulsiones, necesarias todas, pero de término seguro - la América que habla castellano - ¿qué semillero de maravillas no va a salir a la luz del sol?

Nuestras tierras son tan fecundas en oradores y poetas como en sabios...” (7,8) 

A pesar del colonialismo impuesto a nuestra América, José Martí confiaba en que cuando llegara la independencia a las tierras americanas, la ciencia sería abrazada por los sabios de este continente. Inteligencia y sabiduría existían, solo que España frenó todo intento de hacer ciencia priorizando la conquista, colonización y saqueo del Nuevo Mundo. De esta forma se puede afirmar que Cuba no fue un país donde se impulsó oficialmente el desarrollo de la ciencia durante la etapa colonial.

En este contexto histórico, el autor se propone reflexionar sobre los orígenes de la ciencia en Cuba a partir del análisis de la continuidad histórica del pensamiento científico cubano desde finales del siglo XVIII, para poder comprender la importancia que concede el Maestro al desarrollo de las ideas científicas, su amor por la ciencia y la importancia que le concede a su divulgación.

Los terratenientes criollos cubanos, sobre todo los de occidente, mostraban interés por el desarrollo de una cultura científica, ya que los nuevos adelantos e innovaciones técnicas aplicadas en el país a partir del ingenio creador de algunos hombres de ciencia, impulsarían el desarrollo de la colonia, traduciéndose estas acciones en desarrollo y esplendor.

Junto con los primeros brotes de la nacionalidad cubana allá por las postrimerías del siglo XVIII, fueron surgiendo en Cuba, específicamente en La Habana, lo que pudiéramos denominar balbuceos de un incipiente interés científico en la mayor colonia hispana del Caribe.

Dos instituciones importantes en la promoción del desarrollo científico de la época fueron el seminario San Carlos y San Ambrosio y la Sociedad Económica de Amigos del País fundada en 1787 en Santiago de Cuba y en 1793 en La Habana por el Capitán General de la Isla Don Luis de las Casas. Esta personalidad española actúa bajo la influencia del iluminismo del rey Carlos III, rodeándose de cubanos ilustres interesados en el impulso de la ciencia.

El Seminario San Carlos y San Ambrosio abrió sus puertas a los alumnos en 1774. Tenía carácter de universidad, destinado a los jóvenes de la aristocracia. En esta institución se formaron hijos ilustres de la patria como Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874), Rafael María de Mendive (1821-1886), Félix Varela (1788-1853), José Agustín Caballero (1737-1835), José Antonio Saco (1797-1879) y Cirilo Villaverde (1812-1894) y otros.

El padre Félix Varela Morales, habanero, de avanzado pensamiento nacionalista y decidido impulsor de las ciencias, fundó en el Seminario la primera cátedra de Física en Cuba y escribió el primer libro sobre el tema en Cuba. 

Varela, a partir del análisis del hombre como un ente activo, creó un sistema pedagógico que hoy asombra por el conocimiento de la personalidad y el manejo del método experimental. Defendió siempre el carácter popular de la enseñanza siendo enemigo de las élites cultas.

“...Quién puede negar que es más ilustrado un pueblo en que todos saben leer y escribir medianamente, que otro donde el mínimo lo hace con toda perfección pero la gran masa está en tinieblas.”(8,2).

Las Sociedades Económicas de Amigos del País (SEAP) existieron en España desde el reinado de Carlos III. En Cuba, donde aún existe, sus objetivos iban dirigidos al impulso de la ganadería, la agricultura, la educación, en fin al desarrollo de la ciencia. Los miembros que la integraban abogaban por la creación de cátedras de Química, Matemática y Economía Política. El Jardín Botánico lo inauguró la citada sociedad en nuestra capital en el año 1817 cultivándose variadas especies de la flora y la fauna cubana y mundial.

En 1802 llega a la Habana el Obispo de Espada – Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa (1756–1832), quien influyó notablemente en la época, siendo capaz de romper con el pensamiento medieval y abrir el camino a la inquietud investigativa, al mismo tiempo que promovió el pensamiento cubano en lo científico, artístico, político y filosófico. Espada sienta las bases de la nacionalidad cubana y en lo ideológico rompe con la unidad hispana buscando la auto reafirmación del criollo y nuevos paradigmas teóricos y metodológicos que van robusteciendo las bases de la naciente nacionalidad en formación. Impartió clases en el Seminario San Carlos y San Ambrosio y fue director en 1802 de la SEAP.

A principios del siglo XIX, Cuba fue visitada por Alejandro de Humboldt (1769–1859), geógrafo y naturalista alemán que publicó en 1826 el Ensayo Político sobre la Isla de Cuba, considerada la primera obra de carácter científico acerca de la geografía en el archipiélago.

Hacia 1804 un destacado médico habanero, Tomás Romay Chacón (1769–1849), fue el primero que investigó los orígenes de las enfermedades, introdujo y aplicó en La Habana, por primera vez en Cuba, la vacunación antivariólica.

El Dr. Romay, Ramón de la Sagra (1798–1871), biólogo de nacionalidad española, promotor de la creación del Jardín Botánico y director del mismo y el pedagogo cubano José de la Luz y Caballero (1800-1862), solicitaron autorización al gobernador general de la Isla el 19 de Mayo de 1826 para crear una Academia de Ciencias de Cuba, con énfasis en la medicina, autorización que no fue aprobada hasta 1860 y creada en 1861. En la academia citada, de escaso apoyo oficial, en el año 1881, el médico camagüeyano Carlos Juan Finlay de Barren (1833-1915), da a conocer al mundo por primera vez en la historia, el vector de la fiebre amarilla.

Nacida en la calle Cuba No. 460 entre Amargura y Teniente Rey, en La Habana Vieja, la Academia de Ciencias llegó a las postrimerías del siglo XIX en precarias condiciones pues la Corona Española nunca la consideró de interés particular ni la intervención de Estados Unidos de Norteamérica en 1898 ayudó al desarrollo científico; en ese caldo de cultivo, contrario a los intereses del pueblo cubano, fue engendrado el intento de escamotearle la gloria que merecía Finlay por su genial descubrimiento.

Felipe Poey Aloy (1799-1891), inició la era científica en la historia natural de la geografía antillana. Su obra Ictiología Cubana o Historia Natural de los Peces en la Isla de Cuba, recibió medalla de oro en la exposición internacional colonial de exportación general de Ámsterdam, Reino de los Países Bajos.

“Ya ha salvado los mares la noticia del libro monumental que se prepara a presentar al público el naturalista cubano Don Felipe Poey. No hay periódico de Europa que no alabe afectuosamente al sabio ictiólogo. Por los Estados Unidos corre ahora, con igual celebración, un extracto de esta obra mayor de análisis y de paciencia, que ha requerido para llevarse a cabo todo el vigor de clasificación de un severo filósofo, y toda la bondad que atesora el alma de un sabio.” (9,8) 

Otra destacada personalidad de la Real Academia de Ciencias de La Habana fue Francisco de Albear y Lara (1816-1887), quien con su proyecto de acueducto para la ciudad, elaborado en 1868, recibió medalla de oro en la Exposición Internacional de París. Hoy su obra ingeniera es aún utilizada en el abasto de agua de la capital.

Álvaro Reynoso Valdés (1830-1888), alquizareño, fue el científico que mejor conoció los secretos del cultivo de la caña de azúcar en su tiempo. Las experiencias de su libro Ensayo sobre el Cultivo de la Caña de Azúcar comienza a ponerse en práctica en la isla de Java, entonces parte del Reino de los Países Bajos, siendo un reconocimiento a su obra científica. Fue fundador de la Academia de Ciencias, miembro de la SEAP y de otras academias en Madrid, París y Baviera.

En el quehacer pedagógico, además de Varela ya citado anteriormente, se destaca José Agustín Caballero, sacerdote, teólogo y periodista. Catedrático de Filosofía en el Seminario San Carlos y San Ambrosio y colaborador en el Papel Periódico, primer periódico publicado en Cuba en 1790.

Continuador de sus ideas fue José de la Luz y Caballero (1800-1862), exponente de las ideas pedagógicas más avanzadas de su época.

“El fin de la educación tiene que estar dirigido a la formación del hombre” (10,3).

Inició su primer curso escolar en 1824, convirtiéndose en director literario del Colegio de San Cristóbal de la Habana. 

Recomendó la utilización de métodos científicos para el desarrollo de las clases a partir de la observación como punto de partida del conocimiento y la utilización del método de la explicación.

Para Luz y Caballero, la educación moral es de gran significación en la educación de las nuevas generaciones pues contribuye a la formación del carácter y de valores importantes en la vida de los jóvenes. La base de la educación moral propuesta por él, se encuentra en el patriotismo, la justicia y el sentido del deber. En 1833 promueve la creación de un proyecto de instituto cubano donde se formen especialistas técnicos. Al igual que Varela, otorgó gran significación al dominio de la lengua materna en la educación de niños y jóvenes ocupando un lugar prominente en su teoría pedagógica la enseñanza de la ortografía, la redacción y la expresión oral.

Como expresara Nicolás José Gutiérrez, primer presidente de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana en carta el 11 de julio de 1868 dirigida a las autoridades coloniales:

“Siquiera no fuese más que por orgullo nacional debiera hacérsele entender a los forasteros y extranjeros principalmente, que no nos ocupamos sólo en hacer azúcar y cosechar tabaco, sino que cultivamos también la ciencia.” (11,36).

José Martí (1853-1895) da continuidad al pensamiento científico que lo antecedió.

El apóstol de Cuba, es uno de los grandes pensadores de nuestra América en el siglo XIX. Sus cualidades de poeta, orador, dirigente político, crítico de arte, cronista, traductor, dramaturgo y educador, oscurecieron otras facetas de este genio: la del hombre interesado en el conocimiento científico y tecnológico, la del periodista popularizador de una cultura científica, salido de su pluma en forma de artículos, notas, cartas, que traen ante nosotros a un Martí tierno y dulce, profundamente reflexivo y atento a todo lo que ocurría a su alrededor.

En su condición de comunicador científico, dejó en sus obras un incuestionable ejemplo de cómo difundir los avances de la ciencia y la técnica con un lenguaje asequible y cautivador.

El autor comparte el criterio de los investigadores, el periodista Alexis Schlachter y la doctora Josefina Toledo Benedit, quienes plantean que la génesis de ese periodismo científico se encuentra en España, durante la época de estudiante, donde en compañía de Fermín Valdés Domínguez (1853-1910), entonces estudiante de medicina, mostró pasión con lo relacionado a la arqueología y la antropología, empezando a escribir en Zaragoza, artículos donde dejaba los juicios que le merecían los monumentos antiguos. Después siguió estos estudios en Madrid, Burgos, Sevilla, Cádiz y otros lugares de España y Francia. Toda esta inquietud científica la desarrollaba paralelamente a su interés de continuar su interrumpido bachillerato y las licenciaturas de Derecho Civil y Canónico y Filosofía y Letras. (25) 

A la edad de 22 años, en 1875 en la Ciudad de México, era un admirador del mundo de las ciencias, considerando que los solitarios científicos apenas conocidos porque la prensa no publicaba sus descubrimientos y aportes, enaltecen la patria con su trabajo cotidiano, le dan justa fama ante el extranjero y esparcen la luz vivísima que ha de alumbrar el momento en que se vive y a las épocas venideras.

“Véase cuanto hacen esos hombres apenas conocidos: véase cómo prosperan esas sociedades silenciosas, abrigo de espíritus altos... honra es para los que se emplean en este trabajo desusado...” (12,8).

El 2 de Julio de 1875, los lectores de la Revista Universal de Méjico se sorprenden al recibir un extraño artículo que comienza por analizar los problemas políticos del país, concluyendo con un documento examen sobre cierto folleto científico del investigador azteca Mariano Bárcena (1842-1894), notable científico mejicano versado en meteorología que descubrió en 1878 el antimoniato de mercurio y calcio, que hoy lleva el nombre de barcenita en su honor. El propio autor del artículo, firmado por Orestes se da cuenta de la extrañeza que puede haber suscitado semejante vuelco en el interés periodístico, y escribe al final del trabajo:

“Palabras sobre ciencia borran la impresión desagradable que produce emplear la inteligencia creadora en ideas sobre destrucción. Imitarán a Bárcena muchos mexicanos¸ la patria estaría más orgullosa con los hijos que la honran que con los que la ensangrientan.”(13,1).

A propósito del inicio de clases en el Colegio de Abogados de México, Martí comenta el 18 de julio de 1875:

“....Ciencia es el conjunto de conocimientos humanos aplicables a un orden de objetos, íntima y particularmente relacionados entre sí... Ciencia es, en buena hora, la jurisprudencia...” (14,2).

Para el Apóstol, la ciencia desempeña un papel importante en el bienestar, la felicidad y el progreso de los pueblos, en tanto es el instrumento idóneo con el cual el hombre puede conocer y dominar las leyes que rigen el curso de la naturaleza. La vida es el resultado de un proceso natural sujeto a leyes. Concibe el mundo en su desarrollo constante y encadenamiento maravilloso.

El 31 de julio de 1875 en la Revista Universal de México mostraba su desacuerdo por el olvido de la ciencia en los periódicos, calificándola como “Madre Amorosa”.

“...Apenas si alguna vez hallan cabida en las columnas de los periódicos, las solemnes palabras de la ciencia, madre amorosa que descompone, elabora, estudia, crea en pro de tantos hijos que la desconocen, la desdeñan, la olvidan.”(15,15).

Martí periodista no olvidará la ciencia en sus 20 años de ejercicio del criterio en periódicos y revistas de toda América.

En enero de 1884, en la Revista La América, publicada en Nueva York escribió:

“Poner la ciencia en lengua diaria: he ahí un gran bien que pocos hacen ...” (16,425) 

Una y otra vez en esas dos décadas no sólo escribirá sobre temas científicos; también aconsejará a los profesionales de la pluma, como lo hace el 24 de Abril de 1875 en el diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina.

“El periodista ha de saber desde la nube hasta el microbio...” (17,236).

Martí periodista halló desde joven en la divulgación científica, una necesidad soslayada por la mayoría de los profesionales del diarismo en América. Esa necesidad, desde el punto de vista martiano no era el simple acopio de conocimientos, era parte de una cultura general integral que rebasaba los límites de la cultura literaria.

La clave la ofrece el Apóstol al escribir el 22 de mayo de 1882 en La Opinión Nacional de Caracas.

“...sobresale el discurso del profesor Huxley sobre la ciencia y la cultura en que el profesor discute y fija cuál ha de ser la cultura de estos tiempos, y cuál es su objeto, y si ha de ser principalmente literaria, o principalmente científica. De gran aplicación sería ese discurso en nuestras tierras, cuyos mayores males vienen tal vez de que la masa de hombres inteligentes, llamados a dirigir, reciben una educación, no sólo principalmente, sino exclusivamente literaria.”(18,302).

Para Martí un hombre culto debía estar dotado de conocimientos artísticos, literarios y científicos al mismo tiempo.

“Un hombre de estos tiempos nutrido exclusivamente de conocimientos literarios, es como un mendigo flaco y hambriento, cubierto con un manto esmaltado de joyas, de riquísima púrpura...”(19,302).

Esas razones llevan al Maestro a ser un periodista popularizador de una cultura científica desde las páginas de la Revista La América en 1883 y en 1884 y a través de La Edad de Oro, publicada en 1889, dedicada a los niños.

“Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América... y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la piedra y qué quiere decir cada color... ” (20,301).

En los propósitos de La Edad de Oro, su autor tuvo muy en cuenta la divulgación científico-técnica. No es por azar que el segundo número de esa obra, expresión del amor martiano hacia la infancia, comience por “La Historia del hombre contada por sus casas”, en el cual hay referencias directas a la técnica de construcciones. Ni es 



por casualidad que la tercera entrega se inicie por una visita a la Exposición de París, centro de cultura científico-técnica de su época.

....” Tenemos que ir a ver la maravilla mayor, y el atrevimiento que ablanda al verlo el corazón, y hace sentir como deseos de abrazar a los hombres y de llamarlos hermanos... Una máquina echa aire en el pozo de una mina para que ni se ahoguen los mismos... De noche, un hombre toca un botón, los dos alambres de la luz se juntan, y por sobre las máquinas, que aparecen arrodilladas en la tiniebla, derrama la claridad, colgado de la bóveda, el cielo eléctrico...” (21,426).

En el cuarto y último número de La Edad de Oro, en “La Historia de la cuchara y el tenedor”, define la electricidad. Como detalle significativo es que la electricidad recién comenzaba a transformar el mundo. O sea, el Maestro puso su vista en una técnica de avanzada y tomó la decisión de popularizarla entre niñas y niños.

“....la electricidad que es un poder que no se sabe lo que es, pero da luz, y color, y movimiento, y fuerza, y cambia y descompone en un instante los metales, y a unos los separa y a los otros los junta, como en este baño de platear...”(22,476).

Por supuesto que la actividad divulgadora y popularizadora de la ciencia y la técnica entre niñas y niños, no fue un hecho casual ni único en el quehacer periodístico literario de Martí. Baste recordar que el 15 de enero de 1884, el Maestro fue elegido miembro corresponsal en Nueva York de la Sociedad Amigos del Saber, de Caracas, mientras que el 23 de septiembre de 1888 pasó a ser socio corresponsal de la Academia de Ciencias y Bellas Artes de San Salvador, ambas instituciones reconocidas como avanzadas del progreso científico en América Latina.

Su intelecto incansable aborda no sólo la ciencia, sino la metodología misma de la investigación científica señalando las condiciones para avanzar con verdadero rigor científico, sin descuidar el papel limitado pero significativo de la intuición.

“Conocer las causas posibles y usar los medios libres y correctos para investigar las no conocidas... pensar constantemente con elementos de ciencia, nacidos de la observación, en todo lo que cae el dominio de la razón y en su causa... no debemos afirmar lo que podemos probar.

La intuición es un auxilio, muchas veces poderoso, pero no es una vía científica... no se puede ver una cosa sin mirarla. No se puede ver una cosa sin examinarla. El examen es el ojo de la razón.”(23,43).

El 28 de enero de 1895 José Martí cumplía sus 42 años de edad. Momento de madurez intelectual y revolucionaria que le permitió encabezar una obra propia de titanes: dirigir la última revolución contra el colonialismo español en América y la primera de carácter antiimperialista en este lado del Atlántico. En este contexto histórico dedicará esfuerzos a las urgentes tareas político militares de la revolución en marcha, no faltarán las misivas a sus seres queridos y lejanos, la constancia a su vocación literaria ni los signos evidentes, precisos e inobjetables de otro interés del Maestro: la temática científica.

El 2 de marzo de 1895, en su peregrinar de Cabo Haitiano a Montecristi, Martí se pierde entre los fangales de un camino desconocido para él. Halla entonces la solícita ayuda de una humilde familia campesina y escribe en su inseparable diario.

“... Por dejarles una pequeñez en pago de su bondad les pido un poco de agua, que el muchachón me trae. Y al ir a darles unas monedas... No dinero no; pequeño libro sí, ... Por el bolsillo de mi saco asomaba un libro, el segundo prontuario científico de Paul Bert...”(24,22).

No es mera casualidad que llevara consigo un libro dedicado a la divulgación científica con la firma de Paul Bert. Este hecho demuestra el interés sostenido por un autor y su obra.

Paul Bert (1833-1886) fue un fisiólogo y político francés, conocido tanto por sus ideas anticlericales como su intensa obra científica, por la cual ganó premios y fama internacional. Constituyó un paradigma para José Martí, sobre todo en el plano científico y así lo demuestra la carta que escribió a María Mantilla, fechada en Cabo Haitiano el 9 de Abril de 1895.

“Lean tú y Carmita el libro de Paul Bert – los dos o tres meses vuelvan a leerlo; léanlo otra vez y ténganlo cerca siempre...” (25,219).

En la carta citada deja constancia de su amor por la ciencia.

“Leo pocos versos, porque casi todos son artificiales exagerados, y dicen en lengua forzada falsos sentimientos, o sentimientos sin fuerza ni honradez, mal copiados de los que los sintieron de verdad. Donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia...” (26,218).

El último año de su vida sintetiza su dedicación a la obra revolucionaria, pero, también es punto de referencia obligada para comprender sentimientos y convicciones de un Martí periodista, vinculado a la divulgación de la ciencia y la técnica en nuestra América.

Durante todo el siglo XIX, personalidades importantes de Cuba hicieron ciencia a pesar de las trabas de la Metrópoli, siendo José Martí la máxima expresión de todo el pensamiento revolucionario de su época y un hombre de ciencia, no porque exhibiera títulos académicos, sino por su capacidad de desentrañar verdades, de alumbrar caminos y trazar rumbos precisos.

“... Talentos tenemos en Cuba más que Guásimas. Lo que importa es uncir la inteligencia con bravura continua y silenciosa...” (27,418).

Los cambios sociales iniciados en 1959 marcaron un antes y un después en las ciencias. El 15 de enero de 1960, Fidel Castro Ruz, al hablar ante la Sociedad Espeleológica de Cuba, en su vigésimo aniversario, en el Paraninfo del actual Museo de las Ciencias Carlos J. Finlay, delineó el rumbo estratégico del país en estos términos.

“El futuro de nuestra patria tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia, de hombres de pensamiento.”(28,8).

José Martí, nuevamente autor intelectual, se proyectaba entonces hacia el futuro definitivo de la patria.

1.1 Reflexiones acerca de la ciencia en Cuba hasta el pensamiento científico de José Martí.

“.... Cuando descanse al fin de sus convulsiones, necesarias todas, pero de término seguro - la América que habla castellano - ¿qué semillero de maravillas no va a salir a la luz del sol?

Nuestras tierras son tan fecundas en oradores y poetas como en sabios...” (7,8) 

A pesar del colonialismo impuesto a nuestra América, José Martí confiaba en que cuando llegara la independencia a las tierras americanas, la ciencia sería abrazada por los sabios de este continente. Inteligencia y sabiduría existían, solo que España frenó todo intento de hacer ciencia priorizando la conquista, colonización y saqueo del Nuevo Mundo. De esta forma se puede afirmar que Cuba no fue un país donde se impulsó oficialmente el desarrollo de la ciencia durante la etapa colonial.

En este contexto histórico, el autor se propone reflexionar sobre los orígenes de la ciencia en Cuba a partir del análisis de la continuidad histórica del pensamiento científico cubano desde finales del siglo XVIII, para poder comprender la importancia que concede el Maestro al desarrollo de las ideas científicas, su amor por la ciencia y la importancia que le concede a su divulgación.

Los terratenientes criollos cubanos, sobre todo los de occidente, mostraban interés por el desarrollo de una cultura científica, ya que los nuevos adelantos e innovaciones técnicas aplicadas en el país a partir del ingenio creador de algunos hombres de ciencia, impulsarían el desarrollo de la colonia, traduciéndose estas acciones en desarrollo y esplendor.

Junto con los primeros brotes de la nacionalidad cubana allá por las postrimerías del siglo XVIII, fueron surgiendo en Cuba, específicamente en La Habana, lo que pudiéramos denominar balbuceos de un incipiente interés científico en la mayor colonia hispana del Caribe.

Dos instituciones importantes en la promoción del desarrollo científico de la época fueron el seminario San Carlos y San Ambrosio y la Sociedad Económica de Amigos del País fundada en 1787 en Santiago de Cuba y en 1793 en La Habana por el Capitán General de la Isla Don Luis de las Casas. Esta personalidad española actúa bajo la influencia del iluminismo del rey Carlos III, rodeándose de cubanos ilustres interesados en el impulso de la ciencia.

El Seminario San Carlos y San Ambrosio abrió sus puertas a los alumnos en 1774. Tenía carácter de universidad, destinado a los jóvenes de la aristocracia. En esta institución se formaron hijos ilustres de la patria como Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874), Rafael María de Mendive (1821-1886), Félix Varela (1788-1853), José Agustín Caballero (1737-1835), José Antonio Saco (1797-1879) y Cirilo Villaverde (1812-1894) y otros.

El padre Félix Varela Morales, habanero, de avanzado pensamiento nacionalista y decidido impulsor de las ciencias, fundó en el Seminario la primera cátedra de Física en Cuba y escribió el primer libro sobre el tema en Cuba. 

Varela, a partir del análisis del hombre como un ente activo, creó un sistema pedagógico que hoy asombra por el conocimiento de la personalidad y el manejo del método experimental. Defendió siempre el carácter popular de la enseñanza siendo enemigo de las élites cultas.

“...Quién puede negar que es más ilustrado un pueblo en que todos saben leer y escribir medianamente, que otro donde el mínimo lo hace con toda perfección pero la gran masa está en tinieblas.”(8,2).

Las Sociedades Económicas de Amigos del País (SEAP) existieron en España desde el reinado de Carlos III. En Cuba, donde aún existe, sus objetivos iban dirigidos al impulso de la ganadería, la agricultura, la educación, en fin al desarrollo de la ciencia. Los miembros que la integraban abogaban por la creación de cátedras de Química, Matemática y Economía Política. El Jardín Botánico lo inauguró la citada sociedad en nuestra capital en el año 1817 cultivándose variadas especies de la flora y la fauna cubana y mundial.

En 1802 llega a la Habana el Obispo de Espada – Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa (1756–1832), quien influyó notablemente en la época, siendo capaz de romper con el pensamiento medieval y abrir el camino a la inquietud investigativa, al mismo tiempo que promovió el pensamiento cubano en lo científico, artístico, político y filosófico. Espada sienta las bases de la nacionalidad cubana y en lo ideológico rompe con la unidad hispana buscando la auto reafirmación del criollo y nuevos paradigmas teóricos y metodológicos que van robusteciendo las bases de la naciente nacionalidad en formación. Impartió clases en el Seminario San Carlos y San Ambrosio y fue director en 1802 de la SEAP.

A principios del siglo XIX, Cuba fue visitada por Alejandro de Humboldt (1769–1859), geógrafo y naturalista alemán que publicó en 1826 el Ensayo Político sobre la Isla de Cuba, considerada la primera obra de carácter científico acerca de la geografía en el archipiélago.

Hacia 1804 un destacado médico habanero, Tomás Romay Chacón (1769–1849), fue el primero que investigó los orígenes de las enfermedades, introdujo y aplicó en La Habana, por primera vez en Cuba, la vacunación antivariólica.

El Dr. Romay, Ramón de la Sagra (1798–1871), biólogo de nacionalidad española, promotor de la creación del Jardín Botánico y director del mismo y el pedagogo cubano José de la Luz y Caballero (1800-1862), solicitaron autorización al gobernador general de la Isla el 19 de Mayo de 1826 para crear una Academia de Ciencias de Cuba, con énfasis en la medicina, autorización que no fue aprobada hasta 1860 y creada en 1861. En la academia citada, de escaso apoyo oficial, en el año 1881, el médico camagüeyano Carlos Juan Finlay de Barren (1833-1915), da a conocer al mundo por primera vez en la historia, el vector de la fiebre amarilla.

Nacida en la calle Cuba No. 460 entre Amargura y Teniente Rey, en La Habana Vieja, la Academia de Ciencias llegó a las postrimerías del siglo XIX en precarias condiciones pues la Corona Española nunca la consideró de interés particular ni la intervención de Estados Unidos de Norteamérica en 1898 ayudó al desarrollo científico; en ese caldo de cultivo, contrario a los intereses del pueblo cubano, fue engendrado el intento de escamotearle la gloria que merecía Finlay por su genial descubrimiento.

Felipe Poey Aloy (1799-1891), inició la era científica en la historia natural de la geografía antillana. Su obra Ictiología Cubana o Historia Natural de los Peces en la Isla de Cuba, recibió medalla de oro en la exposición internacional colonial de exportación general de Ámsterdam, Reino de los Países Bajos.

“Ya ha salvado los mares la noticia del libro monumental que se prepara a presentar al público el naturalista cubano Don Felipe Poey. No hay periódico de Europa que no alabe afectuosamente al sabio ictiólogo. Por los Estados Unidos corre ahora, con igual celebración, un extracto de esta obra mayor de análisis y de paciencia, que ha requerido para llevarse a cabo todo el vigor de clasificación de un severo filósofo, y toda la bondad que atesora el alma de un sabio.” (9,8) 

Otra destacada personalidad de la Real Academia de Ciencias de La Habana fue Francisco de Albear y Lara (1816-1887), quien con su proyecto de acueducto para la ciudad, elaborado en 1868, recibió medalla de oro en la Exposición Internacional de París. Hoy su obra ingeniera es aún utilizada en el abasto de agua de la capital.

Álvaro Reynoso Valdés (1830-1888), alquizareño, fue el científico que mejor conoció los secretos del cultivo de la caña de azúcar en su tiempo. Las experiencias de su libro Ensayo sobre el Cultivo de la Caña de Azúcar comienza a ponerse en práctica en la isla de Java, entonces parte del Reino de los Países Bajos, siendo un reconocimiento a su obra científica. Fue fundador de la Academia de Ciencias, miembro de la SEAP y de otras academias en Madrid, París y Baviera.

En el quehacer pedagógico, además de Varela ya citado anteriormente, se destaca José Agustín Caballero, sacerdote, teólogo y periodista. Catedrático de Filosofía en el Seminario San Carlos y San Ambrosio y colaborador en el Papel Periódico, primer periódico publicado en Cuba en 1790.

Continuador de sus ideas fue José de la Luz y Caballero (1800-1862), exponente de las ideas pedagógicas más avanzadas de su época.

“El fin de la educación tiene que estar dirigido a la formación del hombre” (10,3).

Inició su primer curso escolar en 1824, convirtiéndose en director literario del Colegio de San Cristóbal de la Habana. 

Recomendó la utilización de métodos científicos para el desarrollo de las clases a partir de la observación como punto de partida del conocimiento y la utilización del método de la explicación.

Para Luz y Caballero, la educación moral es de gran significación en la educación de las nuevas generaciones pues contribuye a la formación del carácter y de valores importantes en la vida de los jóvenes. La base de la educación moral propuesta por él, se encuentra en el patriotismo, la justicia y el sentido del deber. En 1833 promueve la creación de un proyecto de instituto cubano donde se formen especialistas técnicos. Al igual que Varela, otorgó gran significación al dominio de la lengua materna en la educación de niños y jóvenes ocupando un lugar prominente en su teoría pedagógica la enseñanza de la ortografía, la redacción y la expresión oral.

Como expresara Nicolás José Gutiérrez, primer presidente de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana en carta el 11 de julio de 1868 dirigida a las autoridades coloniales:

“Siquiera no fuese más que por orgullo nacional debiera hacérsele entender a los forasteros y extranjeros principalmente, que no nos ocupamos sólo en hacer azúcar y cosechar tabaco, sino que cultivamos también la ciencia.” (11,36).

José Martí (1853-1895) da continuidad al pensamiento científico que lo antecedió.

El apóstol de Cuba, es uno de los grandes pensadores de nuestra América en el siglo XIX. Sus cualidades de poeta, orador, dirigente político, crítico de arte, cronista, traductor, dramaturgo y educador, oscurecieron otras facetas de este genio: la del hombre interesado en el conocimiento científico y tecnológico, la del periodista popularizador de una cultura científica, salido de su pluma en forma de artículos, notas, cartas, que traen ante nosotros a un Martí tierno y dulce, profundamente reflexivo y atento a todo lo que ocurría a su alrededor.

En su condición de comunicador científico, dejó en sus obras un incuestionable ejemplo de cómo difundir los avances de la ciencia y la técnica con un lenguaje asequible y cautivador.

El autor comparte el criterio de los investigadores, el periodista Alexis Schlachter y la doctora Josefina Toledo Benedit, quienes plantean que la génesis de ese periodismo científico se encuentra en España, durante la época de estudiante, donde en compañía de Fermín Valdés Domínguez (1853-1910), entonces estudiante de medicina, mostró pasión con lo relacionado a la arqueología y la antropología, empezando a escribir en Zaragoza, artículos donde dejaba los juicios que le merecían los monumentos antiguos. Después siguió estos estudios en Madrid, Burgos, Sevilla, Cádiz y otros lugares de España y Francia. Toda esta inquietud científica la desarrollaba paralelamente a su interés de continuar su interrumpido bachillerato y las licenciaturas de Derecho Civil y Canónico y Filosofía y Letras. (25) 

A la edad de 22 años, en 1875 en la Ciudad de México, era un admirador del mundo de las ciencias, considerando que los solitarios científicos apenas conocidos porque la prensa no publicaba sus descubrimientos y aportes, enaltecen la patria con su trabajo cotidiano, le dan justa fama ante el extranjero y esparcen la luz vivísima que ha de alumbrar el momento en que se vive y a las épocas venideras.

“Véase cuanto hacen esos hombres apenas conocidos: véase cómo prosperan esas sociedades silenciosas, abrigo de espíritus altos... honra es para los que se emplean en este trabajo desusado...” (12,8).

El 2 de Julio de 1875, los lectores de la Revista Universal de Méjico se sorprenden al recibir un extraño artículo que comienza por analizar los problemas políticos del país, concluyendo con un documento examen sobre cierto folleto científico del investigador azteca Mariano Bárcena (1842-1894), notable científico mejicano versado en meteorología que descubrió en 1878 el antimoniato de mercurio y calcio, que hoy lleva el nombre de barcenita en su honor. El propio autor del artículo, firmado por Orestes se da cuenta de la extrañeza que puede haber suscitado semejante vuelco en el interés periodístico, y escribe al final del trabajo:

“Palabras sobre ciencia borran la impresión desagradable que produce emplear la inteligencia creadora en ideas sobre destrucción. Imitarán a Bárcena muchos mexicanos¸ la patria estaría más orgullosa con los hijos que la honran que con los que la ensangrientan.”(13,1).

A propósito del inicio de clases en el Colegio de Abogados de México, Martí comenta el 18 de julio de 1875:

“....Ciencia es el conjunto de conocimientos humanos aplicables a un orden de objetos, íntima y particularmente relacionados entre sí... Ciencia es, en buena hora, la jurisprudencia...” (14,2).

Para el Apóstol, la ciencia desempeña un papel importante en el bienestar, la felicidad y el progreso de los pueblos, en tanto es el instrumento idóneo con el cual el hombre puede conocer y dominar las leyes que rigen el curso de la naturaleza. La vida es el resultado de un proceso natural sujeto a leyes. Concibe el mundo en su desarrollo constante y encadenamiento maravilloso.

El 31 de julio de 1875 en la Revista Universal de México mostraba su desacuerdo por el olvido de la ciencia en los periódicos, calificándola como “Madre Amorosa”.

“...Apenas si alguna vez hallan cabida en las columnas de los periódicos, las solemnes palabras de la ciencia, madre amorosa que descompone, elabora, estudia, crea en pro de tantos hijos que la desconocen, la desdeñan, la olvidan.”(15,15).

Martí periodista no olvidará la ciencia en sus 20 años de ejercicio del criterio en periódicos y revistas de toda América.

En enero de 1884, en la Revista La América, publicada en Nueva York escribió:

“Poner la ciencia en lengua diaria: he ahí un gran bien que pocos hacen ...” (16,425) 

Una y otra vez en esas dos décadas no sólo escribirá sobre temas científicos; también aconsejará a los profesionales de la pluma, como lo hace el 24 de Abril de 1875 en el diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina.

“El periodista ha de saber desde la nube hasta el microbio...” (17,236).

Martí periodista halló desde joven en la divulgación científica, una necesidad soslayada por la mayoría de los profesionales del diarismo en América. Esa necesidad, desde el punto de vista martiano no era el simple acopio de conocimientos, era parte de una cultura general integral que rebasaba los límites de la cultura literaria.

La clave la ofrece el Apóstol al escribir el 22 de mayo de 1882 en La Opinión Nacional de Caracas.

“...sobresale el discurso del profesor Huxley sobre la ciencia y la cultura en que el profesor discute y fija cuál ha de ser la cultura de estos tiempos, y cuál es su objeto, y si ha de ser principalmente literaria, o principalmente científica. De gran aplicación sería ese discurso en nuestras tierras, cuyos mayores males vienen tal vez de que la masa de hombres inteligentes, llamados a dirigir, reciben una educación, no sólo principalmente, sino exclusivamente literaria.”(18,302).

Para Martí un hombre culto debía estar dotado de conocimientos artísticos, literarios y científicos al mismo tiempo.

“Un hombre de estos tiempos nutrido exclusivamente de conocimientos literarios, es como un mendigo flaco y hambriento, cubierto con un manto esmaltado de joyas, de riquísima púrpura...”(19,302).

Esas razones llevan al Maestro a ser un periodista popularizador de una cultura científica desde las páginas de la Revista La América en 1883 y en 1884 y a través de La Edad de Oro, publicada en 1889, dedicada a los niños.

“Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América... y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la piedra y qué quiere decir cada color... ” (20,301).

En los propósitos de La Edad de Oro, su autor tuvo muy en cuenta la divulgación científico-técnica. No es por azar que el segundo número de esa obra, expresión del amor martiano hacia la infancia, comience por “La Historia del hombre contada por sus casas”, en el cual hay referencias directas a la técnica de construcciones. Ni es 
por casualidad que la tercera entrega se inicie por una visita a la Exposición de París, centro de cultura científico-técnica de su época.

....” Tenemos que ir a ver la maravilla mayor, y el atrevimiento que ablanda al verlo el corazón, y hace sentir como deseos de abrazar a los hombres y de llamarlos hermanos... Una máquina echa aire en el pozo de una mina para que ni se ahoguen los mismos... De noche, un hombre toca un botón, los dos alambres de la luz se juntan, y por sobre las máquinas, que aparecen arrodilladas en la tiniebla, derrama la claridad, colgado de la bóveda, el cielo eléctrico...” (21,426).

En el cuarto y último número de La Edad de Oro, en “La Historia de la cuchara y el tenedor”, define la electricidad. Como detalle significativo es que la electricidad recién comenzaba a transformar el mundo. O sea, el Maestro puso su vista en una técnica de avanzada y tomó la decisión de popularizarla entre niñas y niños.

“....la electricidad que es un poder que no se sabe lo que es, pero da luz, y color, y movimiento, y fuerza, y cambia y descompone en un instante los metales, y a unos los separa y a los otros los junta, como en este baño de platear...”(22,476).

Por supuesto que la actividad divulgadora y popularizadora de la ciencia y la técnica entre niñas y niños, no fue un hecho casual ni único en el quehacer periodístico literario de Martí. Baste recordar que el 15 de enero de 1884, el Maestro fue elegido miembro corresponsal en Nueva York de la Sociedad Amigos del Saber, de Caracas, mientras que el 23 de septiembre de 1888 pasó a ser socio corresponsal de la Academia de Ciencias y Bellas Artes de San Salvador, ambas instituciones reconocidas como avanzadas del progreso científico en América Latina.

Su intelecto incansable aborda no sólo la ciencia, sino la metodología misma de la investigación científica señalando las condiciones para avanzar con verdadero rigor científico, sin descuidar el papel limitado pero significativo de la intuición.

“Conocer las causas posibles y usar los medios libres y correctos para investigar las no conocidas... pensar constantemente con elementos de ciencia, nacidos de la observación, en todo lo que cae el dominio de la razón y en su causa... no debemos afirmar lo que podemos probar.

La intuición es un auxilio, muchas veces poderoso, pero no es una vía científica... no se puede ver una cosa sin mirarla. No se puede ver una cosa sin examinarla. El examen es el ojo de la razón.”(23,43).

El 28 de enero de 1895 José Martí cumplía sus 42 años de edad. Momento de madurez intelectual y revolucionaria que le permitió encabezar una obra propia de titanes: dirigir la última revolución contra el colonialismo español en América y la primera de carácter antiimperialista en este lado del Atlántico. En este contexto histórico dedicará esfuerzos a las urgentes tareas político militares de la revolución en marcha, no faltarán las misivas a sus seres queridos y lejanos, la constancia a su vocación literaria ni los signos evidentes, precisos e inobjetables de otro interés del Maestro: la temática científica.

El 2 de marzo de 1895, en su peregrinar de Cabo Haitiano a Montecristi, Martí se pierde entre los fangales de un camino desconocido para él. Halla entonces la solícita ayuda de una humilde familia campesina y escribe en su inseparable diario.

“... Por dejarles una pequeñez en pago de su bondad les pido un poco de agua, que el muchachón me trae. Y al ir a darles unas monedas... No dinero no; pequeño libro sí, ... Por el bolsillo de mi saco asomaba un libro, el segundo prontuario científico de Paul Bert...”(24,22).

No es mera casualidad que llevara consigo un libro dedicado a la divulgación científica con la firma de Paul Bert. Este hecho demuestra el interés sostenido por un autor y su obra.

Paul Bert (1833-1886) fue un fisiólogo y político francés, conocido tanto por sus ideas anticlericales como su intensa obra científica, por la cual ganó premios y fama internacional. Constituyó un paradigma para José Martí, sobre todo en el plano científico y así lo demuestra la carta que escribió a María Mantilla, fechada en Cabo Haitiano el 9 de Abril de 1895.

“Lean tú y Carmita el libro de Paul Bert – los dos o tres meses vuelvan a leerlo; léanlo otra vez y ténganlo cerca siempre...” (25,219).

En la carta citada deja constancia de su amor por la ciencia.

“Leo pocos versos, porque casi todos son artificiales exagerados, y dicen en lengua forzada falsos sentimientos, o sentimientos sin fuerza ni honradez, mal copiados de los que los sintieron de verdad. Donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia...” (26,218).

El último año de su vida sintetiza su dedicación a la obra revolucionaria, pero, también es punto de referencia obligada para comprender sentimientos y convicciones de un Martí periodista, vinculado a la divulgación de la ciencia y la técnica en nuestra América.

Durante todo el siglo XIX, personalidades importantes de Cuba hicieron ciencia a pesar de las trabas de la Metrópoli, siendo José Martí la máxima expresión de todo el pensamiento revolucionario de su época y un hombre de ciencia, no porque exhibiera títulos académicos, sino por su capacidad de desentrañar verdades, de alumbrar caminos y trazar rumbos precisos.

“... Talentos tenemos en Cuba más que Guásimas. Lo que importa es uncir la inteligencia con bravura continua y silenciosa...” (27,418).

Los cambios sociales iniciados en 1959 marcaron un antes y un después en las ciencias. El 15 de enero de 1960, Fidel Castro Ruz, al hablar ante la Sociedad Espeleológica de Cuba, en su vigésimo aniversario, en el Paraninfo del actual Museo de las Ciencias Carlos J. Finlay, delineó el rumbo estratégico del país en estos términos.

“El futuro de nuestra patria tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia, de hombres de pensamiento.”(28,8).

José Martí, nuevamente autor intelectual, se proyectaba entonces hacia el futuro definitivo de la patria.

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Autor 
MSc Carlos Octavio Solar lópez.
Facultad de medicina 10 de Octubre.
Teléfono 988934
correo carlos.solar@octubre.sld.cu
dirección calle11 número14 e h y g . Lawton.

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