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Sarmiento contra la oligarquía ganadera Pampeana

Resumen: Pocos argentinos han cargado sobre sus espaldas tantas y contradictorias adjetivaciones como Domingo Faustino Sarmiento. Desde “padre del aula” hasta “vende patria”, pasando por la que le venga a la memoria o concuerde con la posición ideológica del lector, la lista es amplísima. Como toda visión interpretativa del pasado se establece desde el presente, en el caso de Sarmiento se ha llegado a la paradoja de que con diferencia de pocos años los mismos sectores sociales que hogaño lo atacaban pasaron luego a ungirlo como ejemplo a seguir en virtud de cambiantes coyunturas.

Publicación enviada por Florencia Pagni y Fernando Cesaretti




 


Crónica de la lucha desigual entablada por un polémico formador de la Argentina Moderna contra los privilegios de una élite que sustentaba su riqueza en el quietismo socio-cultural de un espacio dominado por el desierto, la arbitrariedad política y el telurismo patriarcal.

“Quién era Rosas? Un propietario de Tierras.
¿Qué acumuló?  Tierras.
¿Qué dio a sus sostenedores? Tierras.
¿Qué quitó o confiscó a sus adversarios? Tierras.”

D. F. Sarmiento


Un forzado compañero de ruta
Pocos argentinos han cargado sobre sus espaldas tantas y contradictorias adjetivaciones como Domingo Faustino Sarmiento. Desde “padre del aula” hasta “vende patria”, pasando por la que le venga a la memoria o concuerde con la posición ideológica del lector, la lista es amplísima. Como toda visión interpretativa del pasado se establece desde el presente, en el caso de Sarmiento se ha llegado a la paradoja de que con diferencia de pocos años los mismos sectores sociales que hogaño lo atacaban pasaron luego a ungirlo como ejemplo a seguir en virtud de cambiantes coyunturas. 

Así buena parte de la clase media Argentina, un clivaje socio cultural bastante homogéneo mas allá de sus diversidades de superficie, en los años 60 y 70 compra un Sarmiento acorde al común sentido histórico que en la época establece el dominante discurso revisionista. Es el Sarmiento demonizable a partir de una lectura descontextualizada y anacrónica de sus propias declaraciones: “-no ahorre sangre de gaucho que estos bípedos es lo único de humanos que tienen”; y al mismo tiempo ridiculizable gracias a la pluma irónica y marketinera del viejo Jauretche: “Sarmiento es un Facundo que agarró para los libros”, y obvias jocosidades similares.

Dos décadas después esos mismos sectores descubrieron en Sarmiento al paradigma de la “civilización” frente a la “barbarie” encarnada por un Menem que hasta cargaba con una iconografía similar al de la figura que sirvió de excusa a la dicotomía sarmientina: era tan riojano como el general Quiroga y en sus comienzos protopresidenciales, antes de convertirse en paquetísimo rubio de ojos celestes, ostentaba similares hisurtas pilosidades. Resultó lógico por ende que las luchas docentes contra las medidas neoliberales del gobierno peronista de entonces, tuvieran en Sarmiento a un destacado compañero de ruta. 

Muerto en la penúltima década del siglo XIX, la figura de Sarmiento trasegó entonces todo el siglo XX, tironeada a favor y en contra por cuanta ideología afincó en estas tierras. Pocos hombres de nuestro pasado (si no ninguno) reunieron en torno a su recuerdo a hagiógrafos, denostadores y críticos de variado pelaje, intencionalidad y grado de erudición. Tal vez ello ocurrió porque este sanjuanino simboliza una dicotomía insoluble hasta hoy de la argentinidad. Como estableció Jorge Luis Borges en 1974, con énfasis y firme toma de posición: “Sarmiento sigue formulando la alternativa: civilización o barbarie. Ya se sabe la elección de los argentinos. Si en lugar de canonizar el Martín Fierro, hubiéramos canonizado el Facundo, otra sería nuestra historia y mejor”.

En virtud de los antecedentes del autor y el año en que escribe esta cita, resulta sintomáticamente obvio que Borges traslada a Sarmiento como forzado compañero de ruta, de su papel de boletinero del Ejército Grande a boletinero de las fuerzas sublevadas de Lonardi, Videla Balaguer, Uranga y Rojas. No hace sin embargo el genial y muy gorila creador de “La fiesta del monstruo”, repetir la misma operatoria aunque en sentido contrario- que la realizada por el primer peronismo, cuando con Apold a la cabeza, el monopólico aparato propagandístico del régimen encumbró al sanjuanino como el principal compañero de ruta de la política educativa expresada en el Primer 
Plan Quinquenal. Inopinada tarea por la cual Sarmiento fue recompensado con la imposición de su nombre a uno los ferrocarriles nacionalizados.

Ejemplos estos que son por otra parte demostrativos de lo muy poco “revisionista” y para nada antisarmientista que fue el primer peronismo, mal que les pese a muchos peronistas que a posteriori fueron formados en la comprensión del pasado nacional por esa explícitamente tendenciosa corriente historiográfica.

Colocado entonces Sarmiento de modo permanente en el centro de vastas polémicas, escasas fueron las perspectivas que dejaron de analizar algún aspecto de su vida, ora para enaltecerlo, ora para condenarlo, siempre para utilizarlo como demonio o como compañero de ruta, roles impuestos desde el presente de quienes los formulaban a un espectro bajado a la tumba en 1888.

Cien Chivilcoyes
Entendiendo que nos comprenden las generales de la ley de lo expresado en el parágrafo precedente, vamos a abordar en el presente artículo un aspecto menos mencionado que otros de su intensa vida: la lucha angustiosa y muchas veces incoherente que mantuvo Sarmiento, en tanto hombre de estado, contra la oligarquía ganadera de la provincia de Buenos Aires.

Un dato que consideramos importante en nuestro análisis, es que Domingo Faustino Sarmiento no era estanciero. Fue en su larga vida muchas cosas, pero nunca estanciero. Su única experiencia rural provenía de una fugaz tarea de viñatero en su natal San Juan, donde el cultivo de la viña nada tenía en común con las exploraciones de la llanura pampeana.

Pese a ello, o tal vez gracias a ello, desde joven fue un entusiasta investigador de las cuestiones agrarias. Tuvo siempre el convencimiento de que para desarrollar el país había que limitar previamente el poder de los latifundistas ganaderos. La estrategia adecuada para acotar tal poder pasaba por transformar el desierto pampeano en un vergel agrícola de pequeños propietarios de origen inmigratorio europeo. 

Había que trasladar a estas tierras baldías el ideal farmer que el conoció y admiró en las vastas llanuras, los inmensos bosques y los valles de Norteamérica, donde la gigantesca geografía era domesticada por una sociedad agraria, étnicamente blanca, entre sí igualitaria y democrática, que barría con cruel empuje arrollador a los pueblos aborígenes, imponiendo al espacio ocupado su impronta y su civilización.

Es que como afirma Natalio Botana, Sarmiento tuvo la permanente convicción de que la agricultura estaba entrañablemente ligada con la civilización republicana. El oficio de agricultor conformaba la reserva de virtud más genuina para abastecer a una república con bienes materiales y espirituales, para colmar ese espacio con abundancia de productos y con ciudadanos autosuficientes. 

En el Plata, éste era una suerte de mundo feliz en prospectiva al cual hostigaba el pasado criollo de la barbarie ganadera. Insolente y atrasada, “la industria pastoril del ganado semoviente” impedía la radicación del habitante en el suelo y con ello la formación de municipios. Sarmiento se consideraba un agricultor y no soportaba al hacendado pampeano. Un día le dijo a un estanciero: “toda su respetabilidad la debe a la procreación espontánea de los toros alzados de su estancia”.

Tal comentario es solo una muestra de su permanente crítica a la clase terrateniente porteña. Veía en el régimen de tenencia monopólica de la tierra no solo una distorsión fiscal y económica, sino un problema básicamente político. Recurría al ejemplo de Juan Manuel de Rosas, a quien mostraba saliendo de sus estancias con el apoyo de los saladeristas para dominar discrecional y arbitrariamente la República durante más de dos décadas. En las fuentes pecuarias que dieron origen y sustento a la dictadura había que atacar el problema mediante la doble pinza de la agricultura y la inmigración.

Para Sarmiento el problema se mantenía y reproducía si en lugar de una élite terrateniente como la que sustentó la experiencia rosista, era el Estado el que monopolizaba la tenencia de la tierra. Más tarde o más temprano tal riqueza sería utilizada (tal lo ocurrido en la dictadura de Rosas) como un arma política que beneficiaría a los secuaces del poder de turno en detrimento de las instituciones republicanas. Frente a este peligro, la agricultura se constituía en la herramienta más eficaz para aventarlo al desarrollar la propiedad privada de pequeñas y medianas parcelas. “No es sembrando patatas el gobierno en persona –escribió en El Nacional en 1856- que haría florecer la agricultura. Son las buenas leyes de la tierra las que dan patatas en abundancia”.

Sarmiento, al contrario que sus colegas liberales (encabezados por Alberdi), no hizo del laissez-faire liberal extremo un dogma aplicable a rajatabla. Frente al axioma aceptado por estos de la nula intervención estatal en cuestiones económicas, Sarmiento comprendió la necesidad de que el poder político dictara “buenas leyes de la tierra”, regulando por una necesidad social el acceso a la propiedad de la tierra de los más desposeídos del mundo rural, ejerciendo la defensa de los mismos frente a los intereses mezquinos de los grandes terratenientes. Esta visión crítica del “dejar hacer, dejar pasar” que sus congéneres intelectuales aceptaban sin cortapisas, explica también ciertas incoherencias y contramarchas en su permanente prédica sobre la cuestión agraria.

Debemos señalar que esta prédica no quedó meramente en el plano discursivo. Una vez traspasado el rubicón del exilio y puesto por fuerza de las circunstancias en miembro de la clase política que gobernaba la secesionada provincia de Buenos Aires, Sarmiento pudo comenzar a pasar sus ideas de la teoría a la práctica. En 1855 redacta un proyecto de ley de colonización que de prosperar debería haber tenido fuerza de aplicación en el territorio del rebelde estado porteño.

Finalmente en 1857 logra hacer aprobar en ambas cámaras de la Legislatura con el apoyo de Mitre y Elizalde, una ley de tierras de su autoría, que abolió la gleba que pesaba sobre tres mil colonos sometidos a los abusos del viejo sistema de enfiteusis en Chivilcoy. Hubo entonces allí de acuerdo a esa ley, tierra pública vendida a precios moderados en lotes proporcionales al ideal Farmer de la relación trabajo-agricultor: ni tan pequeños que resultaran antieconómicos, ni tan grandes que excedieran la capacidad de explotación. 

Se puso en marcha así una colonia agrícola que, en ese contorno estrecho en relación con la inmensidad de la pampa, insinuó un trayecto apetecible para Sarmiento. Chivilcoy era su creación, la punta de lanza de una nueva era que creía iba a cambiar al país de un modo positivistamente radical. Fruto de esta confianza es su conocida frase: “haré cien Chivilcoyes”. 

Propietario y ciudadano: la doble condición del soberano
De inquilinos a propietarios, de propietarios a ciudadanos. La idea de soberanía en Sarmiento estaba vinculada con el fuerte componente de extranjeros que comenzaba a sentirse cuantitativa y cualitativamente en la población del país. En las antípodas de Alberdi, Sarmiento juzgaba que la República estaría renga de una pata mientras esa masa de habitantes no adquiriese carta de ciudadanía y no sostuviera, si fuese preciso con armas en la mano, a la comunidad política que la había acogido.

Pero su prédica cayó en el vacío superada por una realidad que Sarmiento terminó reconociendo al final de su vida con desatinadas expresiones xenófobas que hoy siguen haciendo las delicias de los antisarmientistas (muchos de ellos más discriminadores y racistas que el sanjuanino). Es que el inmigrante europeo intervenía en la vida política por medio de manifestaciones, desfiles, mutualidades étnicas y expresiones periodísticas, pero era mucho más remiso para tomar carta de ciudadanía y participar en el régimen representativo.

Medido en términos actuales, Sarmiento no fue políticamente correcto en su recurrente desprecio al mestizo o su escepticismo respecto al sufragio universal. Pero evaluarlo con nuestros valores sin merituar el contexto en que vivió, no solo no es pertinente sino que puede transformar nuestro análisis en erróneo o en manifiesta mala fe. Sus contemporáneos, aún sus adversarios, no eran tan tajantes en condenar a priori las palabras de un deslenguado (y el verborrágico Sarmiento lo era en grado sumo) sino que medían el resultado de sus acciones antes que la verbalización desaforada de las mismas.

Veamos el caso de la cuestión agraria. Como estadista, si bien tomó medidas militares muy duras contra los trabajadores rurales criollos que se alzaban en rebeldía, no cesó de aplicar un tipo de progreso social que beneficiaba a esos grupos. Eso fue reconocido por un defensor de la idea romántica del gaucho, José Hernández. En los primeros años de la presidencia de Sarmiento, Hernández consideró a la misma como una administración seria, que buscaba el progreso y la mejora social de todos los habitantes del país. El hecho que luego de la rebelión jornadista rompiera lanzas con el gobierno nacional no debe hacernos olvidar estos escritos y opiniones.

En la misma sintonía hernandiana opera el propio Sarmiento cuando poco antes de asumir la presidencia, visita su “niña de los ojos” agrícola y en un notable discurso afirma que “heme aquí, pues en Chivilcoy, la Pampa como puede ser toda ella en diez años; he aquí el gaucho argentino de ayer, con casa en que vivir, con un pedazo de tierra para hacerle producir alimentos para su familia...” Al hablar de esa manera sostiene con los hechos la idea de que los progresos tecnológicos en la agricultura producían un fenómeno social aún mas importante: transformaban en propietarios con capacidad de autoabastecimiento, y por ende en ciudadanos, a una población gaucha que hasta poco tiempo atrás estaba sumida en la pobreza, la explotación y la utilización militar y política por parte de la élite terrateniente ganadera.

De la condición de matrero, de paria rebelde, a la de productor activo de su propia parcela, construyendo ciudadanía junto al inmigrante europeo. Una visión del gaucho no tan idílicamente romántica como la idealizada por los enemigos de Sarmiento ni tan negativa como la que mostraba el propio Sarmiento en sus escritos de combate. Una situación posible para un actor social antiguo y marginal que podía transformar junto a las olas de migrantes de ultramar ese desierto en una Nación, según la feliz definición de Tulio Halperín Donghi. 

El triunfo de los ganados sobre las mieses
Durante los seis años de su presidencia Sarmiento luchó sin tregua para producir nuevas leyes que emularan en todo el territorio nacional la experiencia de Chivilcoy. Era sin embargo una lucha condenada al fracaso. Así en 1873, un proyecto de colonización basado en la experiencia que en la materia detentaba la pionera provincia de Santa Fe, no pudo superar la barrera de un Senado opositor.

Sin duda influyó en este revés además de la orfandad del titular del Ejecutivo de –medido en términos electorales modernos- “tropa propia” (no contaba con partido o “club” alguno que le respondiera totalmente), su egocentrismo y aspereza política que alimentaban una larga historia de animosidades personales que le granjeaban más enemigos de los que la prudencia coyuntural indicaban. 

Valga el ejemplo del senador santafesino Nicasio Oroño, uno de los padres de la colonización helvética que contribuyó a transformar a la “cenicienta de la Confederación” en el segundo estado argentino, referenciado por Sarmiento como ejemplo en su proyecto; que votó en contra del mismo simplemente por una cuestión de jurisprudencia fiscal entre Nación y Provincia.

En realidad las causas del fracaso eran más profundas. Sarmiento se fue quedando solo, aún en el ejercicio formal del Poder Ejecutivo Nacional. Cada vez menos líderes de influencia seguían compartiendo sus puntos de vista sobre la necesidad de desarrollar alternativas de riqueza productiva en la agricultura y en una incipiente industria, para equilibrar los intereses de la poderosa oligarquía pampeana.

La oposición política personalizada en el liderazgo de un cofrade de la Generación del 37, Bartolomé Mitre (por otra parte el dedo elector junto al ejército, de Sarmiento como un presidente de compromiso en 1868), había asumido abiertamente la defensa de los grandes ganaderos. En virtud de lo cual apoyaba la política de libre comercio de exportación de bienes pecuarios e importación de bienes de consumo, oponiéndose a las tibias medidas proteccionistas sarmientinas.

Y no solo Mitre. Avanzada la década de 1870 la clase dirigente tenía como visión común para el futuro del país, un escenario donde el sector ganadero tradicional (y no los pequeños productores agrícolas) desempeñaría el papel de clase rectora en unión a los intereses comerciales y financieros europeos.

En esos años se consolida una clase gobernante unida en sus intereses, con tácito acuerdo sobre las opciones económicas a seguir. Más allá de sus diferencias políticas circunstanciales y personales, afirman el papel central de la cría latifundista de ganado en el desarrollo de un modelo de Nación, dentro de una economía abierta a Europa, a sus inversiones e inmigrantes. Va ermergiendo el Modelo Agro-Exportador, el cual medido en términos de análisis macro, será hegemónico durante el medio siglo que transcurre de 1880 a 1930.

Pese a este panorama negativo Sarmiento continuó bregando a favor de una política de tierras progresista e igualitaria después de abandonar la presidencia. Su voz se alza cada vez más en solitario frente a la promulgación de leyes que como las de 1877 y 1879, atentan contra la protección industrial y la promoción de la agricultura. 
No obstante estos esfuerzos, a partir del ochenta el estado oligárquico queda definitivamente consolidado. Son los intereses ganaderos los que imponen a partir de entonces su indiscutible primacía en dependiente alianza con la Gran Bretaña. La prosperidad general de la época acalla las voces críticas. Son pocos los que en esos momentos se unen a Sarmiento en su actitud de mirar más allá del esplendor efímero de esa prosperidad para poder percibir las distorsiones estructurales que ocasionarían luego el estancamiento de la Nación.

Esa década del ochenta es la del comienzo del espejismo lugoniano de la Argentina de los ganados y las mieses, y el de los últimos años de la vida de quien había prevenido acerca de los peligros de la primacía de aquellos sobre estas. Desilusionado, la perspectiva de Sarmiento acerca de su patria se torna dolorosa y profunda. 
Para este sanjuanino engendrado por sus padres en el mismo momento en que ocurrían los sucesos de Mayo, según le gustaba contar los nueve meses retrospectivos a su nacimiento a principios de 1811, la Argentina era un país con una potencia similar a la de su admirado modelo norteamericano. La diferencia con el Coloso del Norte radicaba en que no había podido realizar esas potencialidades. Múltiples causas concurrieron a alimentar esa frustración. 

Pese a sus errores, a su inconsecuencia, a sus flaquezas, el había luchado para que no fuera así. La reforma agraria basada en el ideal farmer de tenencia de la tierra había sido su principal y esperanzadora arma. Y había perdido en ese combate desigual. Con lucidez, poco antes de su muerte, hablando de sí mismo en tercera persona, afirmó: “fueron las leyes agrarias en las que fue más sin atenuación, derrotado y vencido por las resistencias, no obstante que a ningún otro asunto consagró mayor estudio”.

BIBLIOGRAFÍAS
BOTANA, Natalio R. Los nombres del poder: Domingo Faustino Sarmiento, Fondo de Cultura Económica, Bs. As., 1997.

KATRA, William H. The Argentine Generation of 1837, Emecé Editores, Bs. As., 2000.

SAENZ QUESADA, María. Los Estancieros, Ed. Sudamericana, Bs. As. 1980.

AUTOR
Florencia Pagni 
Fernando Cesaretti
e-mail:grupo_efefe@yahoo.com.ar



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