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El espejo de Margarita (Pieza Teatral)

Resumen: Margarita está perturbada: los espíritus de sus dos hermanas comparten su cuerpo y su alma. Los espíritus adoptan la forma de animales bravíos: una venadita tímida y curiosa, por un lado; y, una jaguar hembra agresiva y desconfiada, por el otro. Cuando éstos se hacen presentes y emergen, cambia de manera sensible la voz, los gestos, los pensamientos y la personalidad de la muchacha.

Publicación enviada por Zamacuco Zamacuco




 


Personajes:
* Jerome
* Margarita

Nota general
Margarita está perturbada: los espíritus de sus dos hermanas comparten su cuerpo y su alma. Los espíritus adoptan la forma de animales bravíos: una venadita tímida y curiosa, por un lado; y, una jaguar hembra agresiva y desconfiada, por el otro. Cuando éstos se hacen presentes y emergen, cambia de manera sensible la voz, los gestos, los pensamientos y la personalidad de la muchacha. 

Si fuere necesario y las condiciones dramáticas lo requieren, Margarita-venada y Margarita-jaguar pudieran utilizar máscaras que recuerden o sugieran las bestezuelas aludidas. 

-I-

Nos hallamos en el interior de un pequeño y coqueto cabaret, “El Espejo Bohemio”. La mesa de Jerome se halla casi pegada al pie del supuesto escenario, en el cual se presentan los artistas de la varietè. El hombre está solo. Ha ordenado una botella de champagne y ésta se enfría dentro de una hielera; juguetea nerviosamente con un ramo de flores, mientras fuma un cigarrillo. 
Un altavoz anuncia:

Altavoz.-
Señoras y señores, esta noche ha sido fantástica, eléctrica, diferente. Su prestigioso cabaret parisino “El Espejo Bohemio” no ha escatimado esfuerzo alguno para complacer los refinados gustos de su distinguida, de su selecta clientela. La administración espera sinceramente que el espectáculo de varietè internacional que se ha presentado, para deleite de sus ojos, haya sido del completo agrado de todos ustedes. Para finalizar, tenemos el honor de invitar al escenario a la exótica, a la despampanante, a la inimitable Margarita. (Se escuchan aplausos). La triunfal estrella latinoamericana nos cautivará con su romántica voz y nos hechizará con sus sensuales movimientos de bestia salvaje.

Se escuchan silbidos gritos provocativos y hasta algunas carcajadas del público. Jerome aplaude frenéticamente; sonríe, está feliz. El piano y el saxo dejan escapar las primeras notas de una música tropical y pegajosa. 

La piel cobriza de Margarita brilla con luz propia. Ella ingresa contorneándose, cubierta con su largo abrigo de pieles. Sonríe y saluda al público. 
Margarita y Margarita-jaguar cantarán y bailarán con su propio estilo, mientras el cuerpo de la muchacha va quedando desnudo y deseable. La ropa es lanzada por los aires. 

Los movimientos de Margarita-jaguar, son felinos, como los de una fiera enjaulada. 
Margarita-jaguar.- Ya estamos nuevamente aquí. Te he prohibido mil veces que vengas a este antro.

Margarita.- No ahora, por dios. Estoy trabajando. Abandóname, hermana.

Margarita-jaguar.- Anda. Anda. No voy a estropear tu ridículo numerito. Total, siempre te sales con la tuya. Mira las caras de esos imbéciles. Babean de lujuria al vernos.
Risas del público. Aplausos de Jerome.

Margarita.- ¡He dicho basta!

Margarita-jaguar.- Jamás bailarás como yo. Me necesitas. Mírame y aprende. Así, así se baila, así se mueve el trasero y se levanta las patas.

Margarita.- Eres tan ordinaria, hermana. No te soporto.
(Canta). En mi abatimiento 
solo pienso en “ellos”.
Qué frágil me siento
cuando estoy con “ellos”.

Margarita-jaguar.-
Cantas sin convicción. Les estás aburriendo. Te falta estilo, sentimiento, pasión…. Déjame a mí y aprende:
(Canta). Estoy tan caliente,
quiero estar con “ellos”.
Yo soy diferente
si me dejan “ellos”.

La sangre en mis venas
hierve ya “ellos”. 
Romperé cadenas
si me besan “ellos”. 

Al terminar la interpretación, se escuchan los aplausos del público. Jerome se levanta de su mesa, aplaude a rabiar. Toma el ramo de flores y lo ofrece a Margarita. Ella acepta el obsequio; sonríe al público; desciende del supuesto escenario y se queda de pie, frente a Jerome.

Jerome.- ¡Bravo! Estuvo usted magnífica, como siempre. ¡Qué voz! Creo que debería decir con más propiedad “qué voces”. Sí, qué voces y qué gesticulaciones. No sé cómo lo hace… es extraordinario. Tiene usted la capacidad para expresar en el escenario dos personalidades tan distintas al mismo tiempo.

Margarita.- (Coqueta). ¿Le gustó solamente el cambio de voces?

Jerome.- La voces, los movimientos de danza y contradanza, en fin, todo… Es usted divina.

Jerome toma el abrigo de Margarita y cubre su desnudez.

Jerome.- Siéntese, por favor, acompáñeme.

Margarita.- No puedo. Usted sabe que no puedo.

Jerome.- Compré champagne.

Margarita-jaguar.- Acéptala. Bébela. Estoy que ardo de sed.

Jerome.- Perdón. ¿Dijo usted algo?

Margarita.- Que no me agrada el champagne.

Jerome.- ¿Entonces, qué es lo que le gusta?

Margarita.- Ya le dije la otra noche. Me fascinan los espejos, navegar en la computadora, viajar… a la amazonía ecuatorial…

Jerome.- ¿Y qué más?

Margarita-jaguar.- (Ríe, como si se tratara de un buen chiste). También me gustan los huevos duros… 

Margarita.-
Sí, me gustan los huevos, pero solamente por la mañana, en el desayuno.

Margarita deja las flores sobre la mesa y se aleja unos pasos. Jerome toma las flores; corre tras ella; se aferra a su abrigo, que rueda al suelo; se arrodilla y grita.

Jerome.- ¡Margarita! ¡Le amo! ¡Cásese conmigo!

Margarita detiene en seco su salida. Ve al hombre arrodillado a sus pies. Está confundida. Se escuchan risas y algunos esporádicos aplausos.

Margarita-jaguar.- Ese hombre está loco, hermana. ¡Déjamelo a mí! 

Margarita.- ¡Qué bochorno! ¡Jamás imaginé que usted hiciera esto! Levántese. La gente está riéndose de nosotros. ¿Casarme yo? ¿Así, de súbito? No le conozco. Ni siquiera me ha dicho su nombre. 

Jerome.- ¡Jerome! ¡Me llamo Jerome Velheu!

Margarita.- Vamos, Jerome. Compórtese como un buen muchacho. Probablemente ha bebido algo más de la cuenta esta noche. Sea razonable. Regrese a su mesa. Venga, yo le acompaño.

Jerome se deja conducir a la mesa, como si fuera un corderito. Se sienta y sirve dos copas de champagne. Margarita se ha sentado también y lo observa con curiosidad.

Margarita-jaguar.- ¿Siempre hace estos papelones?

Jerome.-
No, solamente cuando estoy enamorado.

Margarita-jaguar.-
¿Y ahora cree estar… enamorado? 

Margarita.- Digo… ha venido a este cabaret tan solo un par de veces…

Jerome.- Hace ya seis meses que lo frecuento. Me siento en esta mesa todas las noches. Usted… usted me ha visto… me ha sonreído, le caigo bien. Sé que le caigo bien. 

Margarita.- Eso nada significa…

Jerome.- La he seguido…

Margarita-jaguar.- ¿Cómo? ¿Con qué derecho? Seguir furtivamente a las personas… ¡Qué atrevimiento! 

Jerome.- ¿Me está hablando en serio o en broma? Usted es tan especial…

Jerome.- Me ha hecho avergonzar. Mire con seguridad se me ha puesto roja la cara… (Pausa). Eso que ha hecho no me parece bien. Perseguir a una persona desconocida es anormal, irregular. 

Margarita-jaguar.- Tampoco creo que sea legal dedicarse a cazar a las personas, como si usted fuera un sabueso…

Jerome.- Un sabueso, no… Yo soy un cazador.

Margarita-jaguar.- (Con inusitado interés). ¿Ha dicho usted… un cazador?

Jerome.- Un cazador, sí. Un cazador… aficionado… me describiría mejor. Me dedico a la caza en mis tiempos libres… En todo caso… discúlpeme. Me he portado como un imbécil. (Bebe su copa). El champagne está helado. Es una bebida de clase. ¿Y usted… no beberá conmigo una copa?

Margarita-jaguar.- ¿A cuál de las dos le pregunta usted: a ella o a mí?

Jerome.- Qué bromista es usted, Margarita.

Margarita.- No insista. Le dije que no me gusta el champagne.

Jerome.- A… sí. Claro. Dijo usted que le gustan los espejos, las computadoras, los huevos duros y la selva amazónica… (Pausa).

Margarita.- Sí. Eso dije… tiene buena memoria…

Jerome.- ¿Y por qué la amazonía? ¿Por qué razón te gustaría vivir en la selva?

Margarita.- Porque nací allí. Mi padre fue un jaguar; mi madre una frágil venadita.

Jerome.-
Qué cosas más extrañas dice usted… Me fascina ese lenguaje hiperbólico, metafórico, poético… ¿Tiene hermanos?

Margarita.- Mi madre parió un jaguar hembra, una venada y una niña.

Margarita-jaguar.- El jaguar hembra soy yo. Mucho gusto.

Jerome.- ¿Y cuál de las tres es usted?

Margarita.- No lo sé. 

Margarita-jaguar.- ¡Maldita sea! ¿Por qué nos está haciendo tantas preguntas?

Oscuridad en el escenario.

-II-


El pequeño departamento de Margarita, en París, cerca del Sena.

Margarita está sola. Se pasea de un lado al otro, frenética, incapaz de contener su ira y frustración. Va hacia la ventana y la abre.

Margarita.- Desde esta ventana puedo mirar las aguas del Sena. Parece que fluyeran apacibles, mansamente, sin hacer ruido alguno. Negras y heladas, irremediablemente hundiéndose, penetrando sin brío en el corazón de la noche.

Margarita-jaguar.- (Con malicia). Margarita se ha vuelto poetisa. Margarita se ha enamorado.

Margarita-venada.- Tengo frío, querida hermana. ¿Podrías cerrar esa ventana?

Margarita.- ¡Esto se acabó!
Margarita cierra la ventana con violencia y enfrenta a sus hermanas.

Margarita.- ¡Vamos! ¡Díganme, maldita sea, qué es lo que quieren?

Margarita-venada.- No hables así, hermana. Me asustas cuando te paseas de un lado al otro y hablas en ese tono.

Margarita.-
¡El Sena es la solución!

Margarita-jaguar.-
Déjala, hermana. Es una hipócrita. Quiere librarse de nosotras. Quiere arrojarnos a la calle, como si fuéramos cosas inservibles, peor aún, como cosas molestas o vergonzosas… Ya no nos necesita. 

Margarita.- ¡Basta! ¡Basta! Saldré de este mísero cuartucho, cruzaré las calles, me pararé frente al río, cerraré los ojos y me arrojaré a las hambrientas aguas… 
Margarita hace esfuerzos por acercarse a la puerta, por abrirla, por salir, pero al mismo tiempo las fuerzas internas neutralizan su determinación.

Margarita.- Ustedes ganan, por ahora. Pero yo las conozco bien. Sé de memoria sus asquerosos hábitos. Cuando duerman… Cuando tengan sus ojos muy cerrados iré al Sena y me clavaré de cabeza. Así terminará todo este error estúpido de la naturaleza…

Margarita-jaguar.- Nos llama “error de la naturaleza”. A nosotras, a sus propias hermanas, sangre de su sangre, nos llama error de la naturaleza. Qué soberbia está hoy Margarita, la galante cortesana de “El Espejo Bohemio”, un cabaretucho de mala muerte… Si por lo menos trabajara en el Lido, en el Mouline Rouge o en el Crazy Horse...

Margarita.- ¡No soy una cortesana! ¡Ustedes saben que no soy una cortesana! Me desnudo ante los hombres pero no me acuesto con ellos. Ustedes lo saben, lo saben muy bien. ¡No soy una perdida, maldición!

Margarita-venada.- Si Margarita dice que no es una “cortesana” debemos creer en su palabra, hermana. Retira lo de “cortesana”. Supongo que ella debe ser tan virgen, tan honesta como tú y como yo.

Margarita jaguar.- (Con sorna). Tienes toda la razón, hermana. Es tan “virgen”, tan “virgen” como tú y como yo juntas… 

Margarita-venada.- Aleja de tu cabeza esas ideas suicidas, hermanita. ¡Yo no quiero morir! ¡No quiero morir! ¡Ten compasión de mí! En nada te molesto…

Margarita.- Solamente quiero que abandonen mi cuerpo, que abandonen mi alma. 

Margarita-jaguar.- Llévanos a la selva, hermana. Cuando miremos, a través de nuestros propios ojos el tupido follaje del bosque primario impenetrable, saltaremos gozosas desde lo más denso de tus profundidades y te abandonaremos para siempre. 

Margarita-venada.- ¿Es eso posible, hermana? ¿Harías eso por nosotros?

Margarita.- Debo consultar un psicólogo. Esto es enfermizo. No puede ser. Es mi propia mente la que ha creado estos monstruos. 

Margarita-jaguar.- ¿Y tú crees en esos charlatanes? Mira como me río, hermana. Acuéstate en el diván y cuéntame tu vida… Patrañas…

Margarita-venada.- Me gusta tu Jerome, hermana. Parece un hombre tierno: te regaló flores. Quiere casarse contigo.

Margarita-jaguar.- Si te desvirga a ti, tendrá que desvirgarnos a las tres, al mismo tiempo. ¿Están dispuestas a pasar por esa traumática experiencia, hermanitas?

Margarita-venada.- La hermana tiene razón, Margarita. No debes volver a ver a ese hombre. Si se me acerca, huiré. Sería una unión contra natura. Dios nos libre de eso, Margarita. (Pausa). Por lo menos consulta con “ellos”. ¿Has consultado con “ellos”?

Margarita-jaguar.- Qué va. No lo ha hecho. Sé que no lo ha hecho.

Oscuridad en el escenario.

-III-

Al encenderse la luz vemos a Jerome sentado en una banca, al pie de un árbol.

Hay un cartel en el que se ha escrito: “Bois de Boulogne, Jardin d’Acclimatation”.

A un costado hay una maleta o una mochila. Jerome fuma un cigarrillo, mira su reloj. Está impaciente. Se sienta de nuevo. Abre la maleta, revisa su contenido.
Margarita entra y sonríe. Jerome no sabe si ponerse de pie, si quedarse sentado, si correr y abrazar a Margarita; por lo tanto, permanece inmóvil, perplejo.

Margarita.- Allí está usted. Justo como lo describió en la nota. (Saca una hojita de papel y la lee, en voz alta): “Si viene, si se decide a venir, me hará el hombre más feliz de la tierra. Me encontrará en una banca, al norte de le Bois de Boulogne, a la entrada del Jardin d’Acclimatation”. Qué precisión, que exactitud. (Muestra su reloj). Mire: son las diez en punto de la mañana.

Jerome.- ¿Vino usted?

Margarita.- Vine. Claro que vine. No soy un fantasma. ¿Va a quedarse allí, sentado?
Jerome se levanta y toma en sus brazos a Margarita.

Jerome.- No, claro que no. ¿Quién es usted? ¿Una aparición angelical? ¿Un jaguar, una venadita, una mujer enamorada?

Margarita-jaguar.- Yo soy el jaguar hembra. ¡No se me acerque!

Margarita-venada.- Yo soy la venadita, pero a mí no me tendrá. Sería contra natura..

Jerome.- ¿Debe ensayar todo el tiempo esas voces para el teatro?

Margarita-jaguar.- La palabra “teatro” debe ser tan solo un eufemismo. “Cabaret” es la palabra correcta.

Jerome.- Bueno, sí, cabaret.
Margarita mira la maleta, sobre la banca.

Margarita.- ¿Trajo usted la maleta? ¿La trajo? ¡Qué emoción! (Toma la mano de Jerome y la aprieta contra su pecho). Sienta, Jerome, cómo el suspenso, hace latir mi corazón. ¿Puedo mirar…?

Jerome.- Siéntese. Espere un momento.
Jerome se sienta junto a Margarita. Toma la maleta; la abre; saca una tarjeta postal y la pone en las manos de su amada.

Margarita.- ¿Y esta postal?

Jerome.- Mírela. Es una vista aérea de la amazonía ecuatoriana.

Margarita-venada.- (Desencantada). A… sí… allí se ven las copas de algunos árboles…

Jerome.- También hay un mono. Si se acerca usted, podrá ver claramente al mono, columpiándose de una rama.

Margarita-jaguar.- (Sarcástica). Sí, claro… allí está el mono… Es un mono enorme. Si hasta puede una escuchar como chilla… ¿Verdaderamente cree usted que yo, que nosotros, podríamos dar un salto a esa selva diminuta?

Jerome.- No es lo que usted esperaba. Lo sé. 
Jerome toma la tarjeta postal; la guarda en la maleta y saca de ésta un espejito de mano; lo ofrece a Margarita, que lo recibe con desencanto.

Margarita-venada.- (Casi entre dientes). Un espejito de mano. (Se mira en el espejo). Veo mi cabeza de venada. No me han salido aún los cuernos.

Margarita-jaguar.- ¿Qué puedo ver en este inútil pedazo de vidrio? ¿Cómo puedo entrar en él, si su tamaño es ridículo? 

Margarita-venada.- Usted nos ha engañado, Jerome. Accedimos a venir porque tuvimos una corazonada. Creímos sinceramente que usted era uno de… “ellos”… 

Jerome.- ¿Cómo… uno de “ellos”?

Margarita-venada.- Sí, uno de “ellos”. ¿Usted me entiende? 

Margarita.- No me haga caso, Jerome. Solo estaba jugando. Ellas, mis voces autónomas, creían que me traería el espejo con el que siempre habían soñado. Un espejo de cuerpo entero, como una puerta enorme por la cual pueda yo entrar y encontrarme, comprenderme, mirar frente a frente mi complejo espíritu, luchar con mis demonios y liberarme al fin…

Jerome.- ¿Qué es lo que dice usted, Margarita? ¿De qué está hablando? ¿A qué se refiere? ¿Cómo puede un espejo así caber en una pequeña maleta como ésta? No la comprendo.

Margarita.- ¿Y qué más ha traído usted en esa maleta? (Pausa). ¿Se ha quedado usted mudo? ¿Qué más ha traído en esa maleta?

Jerome.- Una computadora.

Margarita.- ¿Se refiere usted a algún recorte de revista, a alguna postal…?
Jerome saca de la maleta una computadora portátil. 

Jerome.- Es una computadora portátil.

Margarita.- Debí suponerlo.

Jerome.- ¿No le gustan las computadoras portátiles? Usted puede navegar con este aparato desde cualquier punto de Francia. 

Margarita-jaguar.- (Muestra sus manos). ¿No se ha dado cuenta de mis garras? Son enormes. No se acoplarían a ese teclado tan frágil.

Margarita-venada.- ¿Y no ha visto mis cascos? Son hendidos.
Jerome guarda la computadora. Saca de la maleta un recipiente de plástico. 

Jerome.- Si tiene hambre podemos comer.

Margarita.- ¿Qué ha traído usted?

Jerome.- Un par de huevos fritos. Pensé que le gustarían… Usted dijo que le gustan los huevos…

Margarita-jaguar.- (Tajante). Duros, y en el desayuno. Mire. Mire lo que hago ahora con sus huevos.
Margarita-jaguar arrancha de manos de Jerome el recipiente con los huevos. Lo abre y embadurna la cara de Jerome.

Jerome.- ¡Basta! Lo que acaba de hacer ha colmado mi paciencia.
Jerome saca de la maleta una servilleta. Se limpia la cara. 

Margarita.- (Feliz de la vida, como una niña que acaba de cometer una travesura). Allí, en la boca, le ha quedado un poquito. Qué lindo estaba usted con la cara embadurnada de huevo.
Jerome se quita los zapatos: saca de la maleta unas botas y se las calza, parsimoniosamente. Guarda sus zapatos.

Margarita.- Usted es impredecible, Jerome. Se ha ensuciado la cara… pero se cambia de zapatos. Los zapatos que traía estaban limpios…
Jerome saca un chaleco de caza y se lo prueba. Abre una caja de balas y va colocando las municiones en la alimentadora del chaleco.

Margarita-venada.- ¿Qué hace usted? ¿Para qué son esas balas? No juegue con esas cosas. Son peligrosas.
Jerome no responde. Saca un casco de los que utilizan los cazadores cuando van al África y se lo coloca.

Margarita.- Entiendo. Ahora estoy entendiendo. Usted pretende disfrazarse de cazador.
Jerome saca de la maleta una escopeta de dos cañones y la carga. Se pone de pie, visiblemente irritado.

Jerome.- Usted nada ha entendido, Margarita. Nada. ¡Nada de nada! No pretendo disfrazarme de cazador. ¡Soy un cazador! (Le apunta con la escopeta). He llegado a mi límite. Me ha cansado usted. Me ha fastidiado. Jamás me he sentido tan humillado.

Margarita.- (Horrorizada). ¿Cómo? Lo tomó en serio. ¿No se da cuenta que era solo una broma de mis voces? No dispare, Jerome. 
Jerome. Ahora corra. Corra por su vida. No me importa si usted es una mujer, una venada o un jaguar hembra. El placer de cazarla será el mismo. Tiene ocho mil cuatrocientos cincuenta y nueve kilómetros de parque para ocultarse. 
Jerome dispara al aire. 

Margarita-venada.-
¡Socorro! ¡Me matan!
Margarita sale corriendo.

Oscuridad en el escenario.


-
IV-

Al encenderse las luces nos encontramos en el dormitorio de Jerome y Margarita, en el centro de París. Hay dos camas gemelas, separadas por una alfombra. La escena permanece vacía por algunos segundos. Se escuchan gritos. Un hombre y una mujer discuten acremente. Entran Margarita y Jerome. 

Jerome.-
Es intolerable, Margarita. Francamente intolerable. Este matrimonio se va al diablo. Llevo casado contigo tres meses. Tres largos meses, Margarita… y mi vida se ha convertido en un tormento. 

Margarita-jaguar.- ¿De qué te quejas? ¿No me conociste en un cabaret? 

Jerome.- Deja de hacer esas voces, maldita sea. Ya no es divertido.

Margarita.- Es verdad… me conociste en un cabaret.

Jerome.- Ese no es el punto. Escúchame, querida. Siéntate y escucha mis razones. Estoy enamorado de ti, bien lo sabes. Te deseo y esa quizá sea la verdadera fuerza que me mantiene unido a ti. Pero tú… tú.

Margarita-venada.- Yo también te amo… pero mi amor es distinto. No me gustan los arrumacos. Van contra natura…

Jerome.- Me acerco a ti noche tras noche, en una u otra forma, tratando de consumar este matrimonio, sin éxito alguno. Tú siempre te las ingenias para encontrar una excusa. Me rechazas sistemáticamente. 

Margarita-jaguar.- Escúchame, Jerome. No tienes por qué atormentarte con eso. La primavera ha llegado.

Jerome.- ¿Lo ves? Te estoy hablando de cosas serias y me sales con el cuento de la primavera. 

Margarita.- La primavera, sí, la primavera…

Jerome.-
Inmediatamente después de casarnos te llevé a la Cote d’Azur. Tú misma elegiste el hotel: La Tour de L’Esquillon. “Todas las habitaciones tienen acceso directo al internet” —dijiste. ¿Y qué pasó allí? 

Margarita.-
¿Qué pasó? Francamente no me acuerdo.

Jerome.- Escapaste de la habitación y nadie pudo localizarte durante toda la semana. (Grita exasperado). ¡Huiste de mí! Te busqué en Menton, en Nice, en Mónaco, en Cannes, en Saitn-Tropez, en Theoule-sur-Mer. 

Margarita-jaguar.- No eres un buen cazador… Debiste haberme encontrado fácilmente. Te dejé muchas pistas…

Jerome.- ¡No tenemos intimidad! No hemos disfrutado todavía de nuestra luna de miel. Dormimos en camas separadas. Hasta el santo padre de Roma anularía este matrimonio por no haberse consumado. 
Jerome quita la alfombra y une las camas gemelas.

Margarita.- El santo papa sabría de inmediato que se trata de algo normal… Escúchame.

Jerome.- No. Escúchame tú ahora. No me dejas que yo te vea desnuda. No me dejas que siquiera me acerque a tu cama pero estás abierta y predispuesta para todos los demás. Para colmo de los colmos, esta noche me has hecho quedar en ridículo ante mis amigos. Tú extraña, tu lamentable, tu censurable conducta dio al traste con la fiesta de gala que ofrece la empresa todos los años…

Margarita-jaguar.- ¿Tus amigos dices? ¿Te he hecho quedar en ridículo ante tus amigos? Son una caterva de mojigatos.

Jerome.- Estás borracha…

Margarita.-
Sabes bien que no bebo.

Jerome.- ¿Y lo que acabas de hacer? En la mitad de la fiesta te subes a la mesa. (Se sube a las camas unidas). Sí, te subes a la mesa y sonríes… Luego cantas y te desnudas delante de todos… (Jerome va despojándose de su ropa y la lanza al aire). Me quedé helado al verte. ¿A quién se le ocurre hacer una cosa como esas,
Margarita? ¿A quién se le ocurre? ¿Y todavía te atreves a decirme que no estás borracha?
Margarita sube a las camas.

Margarita.-
¡Compruébalo tú mismo! ¿Es esto alcohol?
Margarita abre la boca, se acerca y lanza su aliento directamente en las narices de Jerome. 

Jerome.- ¡Phua! ¡Eso fue asqueroso! (Pausa). Escúchame bien, Margarita. Escúchame con atención lo que te voy a decir. Jamás, jamás vuelvas a desnudarte en público. Eso no lo voy a permitir. ¿Por qué lo hiciste? Dime, Margarita… ¿Por qué?

Margarita-jaguar.- Por qué soy un jaguar hembra en pleno celo. ¿No has reparado en mi piel lustrosa, mullida, temblorosa? ¿No te has dado cuenta de mis fuertes colmillos? Los jaguares hembra somos poco sociables, Jerome… Solo compartimos el lecho del macho cuando estamos en celo. ¡Y ahora estoy en pleno celo! ¡Viva la primavera!
Margarita se abalanza sobre Jerome. 

Margarita-venada.- ¡No! ¡No! ¡Detente! ¡Soy virgen! ¡Es contra natura! 

Reina la oscuridad.



-
V-


Nuevamente estamos en París, en el dormitorio de Jerome y Margarita. Las camas gemelas han sido reemplazadas por una cama de dos plazas.
Jerome está acostado, con la lámpara encendida, fuma y lee.

En un rincón del escenario, lo más cerca del público, hay una computadora. Sentada frente a ésta, Margarita, navega, sonríe, se asombra, se pone triste, escribe, se levanta, se vuelve a sentar, acerca su cara a la pantalla, retrocede.

Jerome, en pijamas, se le aproxima. Contempla a su mujer, imita por momentos sus movimientos nerviosos, va a tocar uno de sus hombros, pero se detiene. Retrocede.

Jerome.- Margarita.

Margarita.- Sí, Jerome. Ya sé. Ya lo sé. En un momento estoy contigo, cariño.

Jerome.- Son las once y media de la noche…

Margarita.- Enseguida termino. Es por nuestro bien, querido. Ya no te divierten las voces. Terminaremos con eso, querido. 

Jerome.- ¿Terminarás con el permanente ensayo de tus voces? Esa es una buena noticia.

Margarita.- ¡Qué lentitud! ¡Qué pésimo servicio! ¡Muévete! (A Jerome). Deberíamos cambiar de servidor. Para bajar un simple archivo tarda años esta máquina. 

Jerome.- Tenemos banda ancha, querida.

Margarita.- Ya llega, ya viene, ya está aquí. Cuidado, Jerome. Aléjate un poco. Lo que nos envían es frágil, bastante frágil.
Desde el tumbado, amarrada con unas cuerdas, desciende una caja grande. 

Jerome.- ¿Y eso? ¿Qué nueva locura es esta?

Margarita.-
¡No toques esa caja, Jerome!

Jerome.- ¿Qué has comprado ahora?

Margarita.- Nada he comprado. 

Margarita-jaguar. La cachorra no ha gastado tus malditos euros, si eso te preocupa. 

Margarita.- Tú sabes muy bien que soy delicada. Jamás me atrevería a tomar un centavo tuyo, sin tu conocimiento. La caja me la enviaron “ellos”. 

Jerome.- Nuevamente “ellos”. ¿Quiénes son “ellos”, Margarita? ¿En qué andas metida? Recuerda, querida, que no debemos confiar a ciegas en las ofertas del internet.

Hay gente astuta, sin escrúpulos, que haría maravillas con la información que tú les proporcionas. Podrían timarnos. Se escuchan tantos y tantos casos… ¿Les has dado nuestra clave bancaria, el número de tu tarjeta de crédito? ¿Les has revelado el código de tu tarjeta de identificación? ¿Les dicho nuestra dirección?

Margarita.- ¡No! ¡No! ¡No!

Jerome.- ¿Entonces cómo diablos ha llegado esta cosa hasta aquí? (Señala con el índice la caja, sin atreverse a tocarla). ¿Qué contiene esa caja, Margarita?

Margarita.- Se trata de… un encargo.

Jerome.- Estás acabando con mi paciencia. Me vas a decir ahora mismo de qué se trata todo esto.

Margarita.- Está bien, está bien. No te sulfures. No es para tanto. Espera un momento. No toques esa caja. Solo apago la computadora y te lo explico… Uff… qué lentitud. Es la máquina más lenta de todo Paris. Lo que he pedido, me ayudará a visualizar mi interior… con eso espero terminar con el asunto de las “voces”.
Mientras Margarita se sienta nuevamente a la computadora, cierra archivos y apaga la máquina, Jerome se acerca a la caja, desata los nudos y descubre el espejo.

Jerome.- ¿Un espejo?

Margarita-jaguar.- (Sobresaltada, corre hacia él). ¡No lo toques! ¡Obedece a la cachorra! ¡Jamás! ¡Jamás te atrevas a tocar ese espejo, Jerome! 

Jerome.- ¿Qué es lo que te pasa, Margarita?

Margarita-jaguar.- Nada. ¿Qué me puede pasar a mí?

Jerome.- Tus ojos. Tus ojos brillan como brazas encendidas, como si fueran los ojos de… alguna fiera salvaje…

Margarita.- Vamos, querido. Es tarde. Tengo sueño. (Margarita abraza y besa a Jerome). Abrázame, sé bueno conmigo… Eres tan tierno… 
Se apaga la luz en la sala.



-
VI-


El dormitorio de Jerome y Margarita, en Paris. La luz de la calle penetra por alguna de las ventanas, sin lograr despejar totalmente la penumbra.

La cama doble con sus veladores y lámparas. A un costado, el espejo de cuerpo entero. Margarita y Jerome duermen.

Margarita se incorpora. Baja de la cama con movimientos lentos, sin hacer ruido, para no despertar a Jerome. Enciende una lámpara y queda iluminado el espejo.

Margarita.- (En voz baja).- ¿Están allí? (Pausa). No hablen. Solamente Escúchenme. Saldremos mañana. Sí, sí, mañana. No saben cuánto me costó convencerle. Hay un vuelo directo desde París a Lima. De allí volaremos a Quito… (Pausa). Me dijo de todo… que estaba loca, que le llevaría a la ruina, que la empresa reclama su presencia… en fin, ya saben… “Todo el mundo tiene derecho a unas vacaciones” — le dije. “Estoy de acuerdo con tomarnos unas vacaciones…” — me respondió. “¿Pero por qué diablos tenemos que ir a la amazonía?”… ¡Sh! No puedo seguir hablando… Parece que está despertándose. 
Margarita regresa a la cama, se acuesta y finge dormir. Jerome se incorpora y enciende la lámpara. Toma un libro y lee.

Margarita.- (Sin levantarse). ¿Qué pasa, querido? ¿No puedes dormir?

Jerome.- Debe ser la excitación del viaje.

Margarita.- Sí, claro. ¿Qué lees?

Jerome.- Un antiguo poema.

Margarita.- ¿De qué se trata?

Jerome.- De una cervatilla, mejor dicho, de una muchacha que cree convertirse por las noches en una cervatilla.

Margarita.- Esa pobre muchacha sí que estaba rayada. Me parece un argumento trillado… demasiado inverosímil…

Jerome.- El poema tiene ritmo…

Margarita.- ¿Quién es el autor?

Jerome.- Es un romance anónimo, Francés. ¿Quieres escucharlo? (Recita):
“Allá pasan por el bosque.
Va la madre con la hija.
La madre canta un cantar,
pero la niña suspira.

— “¿Qué te hace suspirar?
¿Por qué lloras, Margarita?”

— “Es que sufro sin decirlo.
Soy una joven de día,
pero de noche me vuelvo
una blanca cervatilla;
condes y duques me siguen,
cazadores y jaurías…”

Mientras Jerome lee el poema, Margarita se queda dormida. 

Jerome.- Qué mujer para inconstante. Me pide que lea el poema y se queda dormida antes de que éste termine. 
Se apaga la luz en la sala.

-VII-


Una cabaña en la selva ecuatorial, vista interior: a un costado, una puerta y una ventana. Al fondo, la refrigeradora, un lavamanos, una cesta para la ropa sucia y otra para la ropa limpia.

En el lado opuesto al de la puerta han instalado la cama y el espejo de cuerpo entero.

Ingresa Margarita mojada y desnuda.

Margarita.- Hogar, dulce hogar. ¿Qué hora es? (Mira el reloj en la pared). Las nueve de la mañana. Todavía es temprano. (Toma una toalla y se seca). El agua estuvo deliciosa.
Margarita elige la ropa que va a usar y va colocándose las prendas, parsimoniosamente, mientras se contempla al espejo, con coquetería.

Margarita.- A ver… a ver. ¿Qué tengo por aquí? Unas medias rosadas… ¡Qué color para patético! Unas medias blancas… ¡Horripilantes! Unas medias negras… ¡Claro! Esto está muy bien. Sostenes negros, por supuesto. ¿Pero dónde están los sostenes negros? Aquí, aquí están. Un calzoncito negro también. Desde luego que sí… (Pausa). Pero qué estúpida soy. ¿Acaso estoy en Paris? Me sofocaría el calor. ¿Quién es tan loco como para ponerse interiores negros en plena selva? (Ríe). ¡Yo! 
Margarita se levanta, quita la manta que cubre el espejo y le habla. 

Margarita.- Hola, preciosas. ¿Cuándo piensan dar el salto hacia la jungla? “Ellos” las están esperando… El día es perfecto. ¡Vamos, lindas, no sean remolonas! No tienen todo el tiempo del mundo... ¡Están guapas! ¿Qué vestido voy a elegir hoy? Éste, por supuesto. Es fresco, suave, terso, elástico, como la piel de una venadita. ¡Huy! Discúlpame, querida hermana. He herido nuevamente tus sentimientos. No debí mencionar eso… Se supone que es un secreto entre nosotras tres. (Se pone el vestido y habla nuevamente con el espejo). Ahora, dime tú, picarona… Sí, tú… ¿Dónde estuviste anoche? Vamos… ¡Cuéntame! Tú sabes que yo… soy como una tumba… jamás revelaría tus íntimos secretos… (Se escuchan pasos y silbos. Alguien se acerca a la cabaña). ¡Esperen! Debe ser él. 
Margarita cubre el espejo con la manta. Entra el Jerome, con su atuendo de caza: botas gorra, chaleco porta municiones y escopeta de dos cañones. 

Jerome.- Ya llegué. ¿Hay alguien en casa? (Cuelga la escopeta en una percha. Descubre a su Margarita). Hola, linda. ¡Qué guapa estás hoy! ¿No hay un besito para mí? 

Margarita.- Te esperé toda la noche.

Jerome.- Fui a cazar. Tú sabes muy bien que fui a cazar. Te lo dije…

Margarita.- Hacía frío.

Jerome.- ¿No puede un hombre salir libremente de caza? Traje una venadita.

Margarita.- (Visiblemente asustada). ¿Una vena…? ¿Qué?

Jerome. Sí, una venadita. Está afuera. ¡Ven para que la veas! He tenido que cargarla yo mismo, desde el lago. Por eso me he demorado.

Margarita.- Ayer, por la tarde, fui hasta el río. Estaba manso, tranquilo…

Jerome.- Espera Margarita. Luego me lo cuentas. (Toma un enorme cuchillo y se apresta a salir). Primero debemos descuartizar al animal, salarlo y adobarlo para que su tierna y apetitosa carne no se estropee. (Sale. Desde afuera). Cariño: creo que curtiré su piel, es hermosa, es perfecta.
Margarita va hacia el espejo. Lo descubre.

Margarita.-
¿Lo oyeron? ¡Cazó una venadita! Pobre animal. No me atrevo siquiera a mirar esos tiernos despojos… ¿Herida yo? No. Estoy bien. No logró herirme. (Se topa el cuerpo, para comprobar que nada tiene, que nada le ha pasado a ella). Estoy aterrorizada. Dijo que la va a descuartizar. ¿Y ustedes? ¿Cómo se sienten? ¿Están bien? Tranquilícense, queridas, lo del lago fue solo un sueño… mejor dicho… una insólita pesadilla… Sí, sí, es mejor que nos calmemos todos. ¿Un poco de café? Claro, sí… No he desayunado todavía.
Margarita cubre el espejo. Después va hacia la refrigeradora. La abre. Saca algunas botellas, unas cajas de plástico. Rebusca de arriba hacia abajo.

Margarita.- ¡Maldita sea! ¿Y cómo voy a desayunar en esta mugrosa cabaña? ¡No tenemos huevos. No queda un solo miserable huevo en esta refrigeradora y él se va de caza… (Saca la cabeza por la ventana y grita). ¡Jerome! ¡Jerome, escucha! Debes ir al pueblo.

Jerome.- ¿Otra vez al pueblo? ¿Qué te hace falta?

Margarita.- ¡Huevos! Se han terminado los huevos.

Jerome.- ¿Y los que ponen nuestras gallinas no te gustan? ¿Tienes algún problema con esos huevos? Espera un momento. Voy a ver qué consigo.
Margarita cierra la ventana. Está pálida por lo que ha visto. Va hacia el espejo, lo descubre.

Margarita.- (A los seres que se hallan dentro, en el espejo). Si ustedes lo vieran. ¿Cómo puedo explicarles? Es una verdadera carnicería. Resulta espantoso. Hay sangre por todo lado. Ha manchado de sangre la camisa, el pantalón y las botas. ¿Y sus manos? ¿Qué podría decirles de sus manos? La ha descuartizado. Ha cercenado su cabeza, ha cortado sus patas. Ha abierto su vientre…
Entra Jerome con una cesta repleta de huevos. Margarita pega un salto y cubre el espejo.

Jerome.- Huevos. Huevitos frescos. Huevos de gallinas felices…
Jerome abre la refrigeradora y va guardando parsimoniosamente los huevos.

Margarita.- ¡Ya no quiero huevos!

Jerome.- ¿Ya no?

Margarita.- Ni siquiera me has preguntado si he desayunado. ¡Mira cómo estás? Hecho una mugre. Ensucias el piso con esas botas inmundas. Anda y báñate. Cámbiate de ropa.
Jerome va al lavabo. Se lava las manos y la cara. Se quita la camisa y la coloca en una cesta.

Jerome.- ¿Dónde están mis camisas limpias? (Pausa). ¿No vas a contestarme, querida? (Rebusca en la cesta de plástico). Ah… estaban aquí mismo. Discúlpame, querida. (Se pone la camisa limpia). Soy tan desordenado… (Pausa). ¿Qué tienes? ¿Qué te pasa? ¿No quieres hablar con tu maridito? ¿Me estás aplicando la ley del hielo? Eras más graciosa cuando me contestabas con tus extrañas voces… (Pausa). Tú querías atragantarte de venado. Sí, sí. Tú fuiste la de la idea. “Tengo ganas de un venadito a la braza” –dijiste. En los supermercados no venden venados, ni capirá, ni saíno, ni guanta, ni perdices. Bien lo sabes. 

Margarita.- Era tan solo un decir…

Jerome.- ¿Un decir? Me matabas todas las noches con la misma cantaleta. “Quiero vivir en la mitad de una selva”. “Tengo derecho a pasar unas vacaciones en la amazonía ecuatorial…”. ¿No te acuerdas de la última vez? Yo dormía tranquilamente. Deben haber sido las tres de la mañana. De pronto me despertaron tus gritos histéricos. Jamás podré olvidar tus ojos extraviados, tu rígido rostro, tus labios fruncidos, deformados, como si fueran el hocico de alguna bestezuela. Cuando me acerqué para abrazarte, para tranquilizarte aullaste con furia. Aullaste, sí. Ese no fue un grito de súplica, fue el grito de un jaguar, o el de un puma carnicero: “Quiero vivir en el bosque, en un impenetrable bosque, donde pueda hartarme de guantas, de dantas y guatusas, de capirá y de saínos”. 

Margarita.- ¿Y has cumplido tú mis deseos? ¿Has satisfecho mis aspiraciones? ¡No he visto todavía la cerda de una danta, ni la pluma de una codorniz?

Jerome.- Hago lo que puedo.

Margarita.- Eres un inútil.

Jerome.- Abandoné mi empresa, estoy lejos, a miles de kilómetros de París. He vivido contigo en esta maldita selva durante tres años. ¡Qué vacaciones! ¡Qué vacaciones nos hemos dado! ¡Construí esta cabaña para ti!

Margarita.- Es incómoda, le falta estilo.

Jerome.- Está bien. Está bien. Si te has aburrido, podemos regresar. (Saca un teléfono celular y marca). Hola… Sí, hola… soy yo… Sí, muy bien, todo va muy bien… Deseamos pedirte unas reservaciones de vuelo… Claro, para dos personas… para Margarita y para mí…
Margarita va hacia el espejo. Lo descubre. Se horroriza.

Margarita.- (Grita). ¿Dónde están? ¿Dónde se han ido? ¿Y ese charco de sangre? ¿Entonces no fue un sueño? ¡Hermanas! ¡Mis pobres hermanitas! (Llora).

Jerome.- (A Margarita). ¡Espera, Margarita! No me dejas escuchar. Estoy haciendo reservaciones… (Al teléfono). Te repito. Dos pasajes, en el vuelo más próximo. La cosa se ha vuelto intolerable… Tenemos que regresar cuanto antes… Espero tu llamada… Gracias.

Margarita.- No podemos regresar.

Jerome.- ¿Cómo? ¿Por qué estás llorando?

Margarita.- Digo que ya no podemos regresar…

Jerome.- No te entiendo.

Margarita.- Ayer, por la tarde, mientras tú ibas de caza, fui al río. (Pausa). Discúlpame, querido. No pude evitarlo. La tarde era tan pesada, tan calurosa, húmeda, pegajosa, repugnante.

Jerome.- Te comprendo. Este lugar ya no es para nosotros. Fue una locura venir, internarnos en esta selva impenetrable. No debí dejarte sola. El río está tan distante. Pudo atacarte alguna fiera…

Margarita.- No resistí a la tentación…

Jerome.-
¿Te desnudaste?

Margarita.- Quedé como dios me mandó al mundo.

Jerome.- ¿Te vio alguien?

Margarita.- ¿Desvarías? ¿Quién pudiera haberme visto en medio de esta jungla impenetrable. Cuando llegué había ya caído la noche. Solo la luz lánguida de la luna alumbraba la superficie tersa de las aguas.

Jerome.- ¿Y qué pasó?

Margarita.- Entré al río. Me sumergí hasta el fondo. Ah… qué placer… qué sensación más plena sentí al nadar libre y salvajemente en ese espejo de luz que me acogía íntegramente, tal y como soy, sin preguntarme nada. De pronto, el ruido de las hojas y las ramas, al ser trituradas por las pisadas furtivas de algún hombre o de alguna fiera, me advirtieron del peligro. Quedé paralizada por el miedo. Las hojas de los árboles cercanos se movieron bruscamente, como si alguien estuviera ocultándose, para atacarme de pronto. Salí del agua. Quise vestirme y salir corriendo, pero no encontré mi ropa. Quedé atónita, confundida. Todo me parecía una angustiosa pesadilla. Escuché el primer disparo. No, no estaba herida… Entonces corrí, corrí hasta la cabaña…

Jerome.- Dios, no puede ser.

Margarita.- Corrí como una venadita, levantando en el aire muy alto mis ágiles patas. Hundí en el suelo mis pezuñas. Grité tu nombre y se me quedó el grito atrancado en mi largo cuello. Soy yo, te decía, no me mates, mi amor. No dispares… Tú no Escuchaste. Jamás me escuchaste…


-
VIII-

Margarita desnuda; pintada con rayas negras y rojas; engalanada con esmero los colgantes y coloridos collares, con las pulseras de piedritas, que al chocar entre sí, producen un sonido seco, parecido al de los cascabeles; ceñida en cinturones de conchas de colores; danza y sonríe feliz en algún lugar boscoso, exuberante y tropical, a la luz de la luna, mientras flota al viento su cabellera entretejida de exóticas plumas.
 
Se diría que trata de imitar los gráciles movimientos de una venadita.

Una música monótona, rítmica, cargada de nostalgias antiguas, acompaña los sensuales movimientos de la mujer. Hay predominio de los tambores, las trompetas de arcilla y las flautas verticales (jetú).

Ingresa furtivamente Jerome, semidesnudo, ataviado con plumas de colores. Su cuerpo y su rostro, al igual que el de algunos aborígenes amazónicos, está adornado de rayas negras y rojas. Sopla un jetú de unos 85 cm de largo, y recita a intervalos sus líneas.

Margarita.- Dice la historia que un día,
o mejor, alguna noche,
cuando la selva, en derroche
de sombras, languidecía,
Al río llegó sedienta
una hermosa venadilla.
Se acercó presta a la orilla,
bebió, según se nos cuenta
hasta saciar ese fuego
que tanto la consumiera.
Pero una bala certera
quebrantóla en su sosiego,
y al estar desprevenida,
bajo la luz de la luna,
ya sin ninguna fortuna
perdió en el punto la vida.
Y el jaguar que iba a su lado
Y el jaguar que iba con ella
Huyó sin que quede huella
Ni rastro del condenado.
Jerome se aleja.

Margarita.- (Recita).
¿Quién ha contado ese cuento
tan sin gracia ni sazón?
Sirva como información
saber que el instante cruento
fue fugaz, como un suspiro
sin saber por que razones
o bajo qué condiciones
se produjera aquel giro.

Nadie sabe con certeza
lo que es verdad o mentira:
el que está cuerdo delira
y es el loco, en su agudeza
que con su intuición asombra.

Esta selva tiene pumas,
y del río en las espumas

La luz se convierte en sombra
Estaba la venadita
dentro del sutil espejo
que de la luna el reflejo
formara por ley fortuita…

Se escucha el chillido de los micos. Margarita se sobresalta. El grito del jaguar rompe todo equilibrio. Margarita huye. Escapa mientras eleva al aire sus elásticas piernas y brazos. Se escuchan varios disparos. 
Oscuridad en la sala.--


-
IX-


Al fondo se distingue una torre. En la entrada hay un cartel en el que se lee: “La Tour de l’Esquillon”
Entran Margarita y Jerome. Él por la derecha y ella por la puerta del hotel.

Jerome.- ¡Margarita! ¡Margarita, al fin te encuentro!

Margarita.- ¡Jerome!

Jerome.- ¿Dónde te has metido? Estuve buscándote por toda la Riviera, desde Menton a Saint-Tropez.

Margarita.- Acabo de salir de la habitación, querido. Como no te encontré pensé que me habías abandonado. Hace una hora que te estoy esperando… 

Jerome.- ¿Me quieres?

Margarita.- Te quiero, sí. ¿En plena luna de miel me preguntas esas cosas?

Jerome.- Tuve un extraño sueño…

Margarita.- ¿Sobre una pobre venadita?

Jerome.- ¡Sí! ¿Cómo lo sabes?

Margarita.-
¿Cómo sé qué?

Jerome.- Lo de la venadita.

Margarita.-
¿No lo recuerdas? Me leíste anoche un poema… dijiste que era anónimo… que tenía ritmo…

Jerome.- ¿Fue anoche?

Margarita.-
Sí, anoche. Vamos, date prisa. “Ellos” están esperándonos.

Jerome.- ¿“Ellos” han venido? Entonces vamos. No podemos hacerles esperar.
Oscuridad en la sala.

Pieza teatral, 
Escrita por Zamacuco



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