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Las relaciones Paterno – Filiales. Regulación normativa y prácticas cotidianas: Una visión desde la Psicología.

Resumen: Las relaciones familiares son un producto de las relaciones sociales históricamente condicionadas. El significado y el contenido de las relaciones de parentesco, las reglas matrimoniales y las estructuras del hogar tienen una manifestación que varía de acuerdo a la sociedad y al nivel de desarrollo socioeconómico de ésta. Por tales motivos resulta necesario mirar desde la historia un fenómeno o proceso de la realidad para un acercamiento a la verdadera naturaleza del mismo.

Publicación enviada por Lic. Claudia Lazcano Vázquez y Otras Autoras




 


Profundas transformaciones políticas, económicas y sociales han tenido lugar en la sociedad cubana con la Revolución triunfante en enero de 1959, que se propuso desde sus inicios como uno de sus pilares fundamentales, la idea de alcanzar la igualdad formal entre los miembros de la nueva sociedad, sin discriminación por sexo, raza, etc.

De esta manera, y con la voluntad política del Estado -plasmada en la legislación vigente- se intenta desde entonces, hacer realidad tales derechos humanos; empeño este del que deriva el lugar alcanzado por la mujer cubana en la igualación jurídica con el hombre, en sus diferentes áreas de desempeño.

En el ámbito del derecho de familia, se otorgan a la mujer y al hombre, similares derechos y deberes, intención que queda recogida en el actual Código de Familia (Ley No. 1289 del 14 de Febrero de 1975), que regula jurídicamente esta institución y tiene entre sus objetivos el de “Contribuir al fortalecimiento del matrimonio legalmente formalizado o judicialmente reconocido, fundado en la absoluta igualdad de derechos de hombres y mujeres; así como al más eficaz cumplimiento por los padres de sus obligaciones con respecto a la protección, formación moral y educación de los hijos (…)” 

Quedando así registrado en dicho código, en los artículos del 24 al 28, los derechos y deberes de los cónyuges.

Sin embargo, todavía en amplios sectores de la sociedad cubana, las valoraciones tradicionales sobre el papel del hombre y la mujer en la familia, sus asignaciones, áreas de responsabilidad y roles a desempeñar, continúan siendo dicotómicos y excluyentes, sustentando una serie de prácticas discriminatorias en el seno de la familia. 

Ello se asienta en el imaginario social y las representaciones sociales existentes sobre lo masculino y lo femenino, lo que ejerce una importante influencia en la construcción de la masculinidad y la feminidad, que al ser asumido y transmitido a través de la socialización de género desde la más temprana infancia, como lo correcto y socialmente aceptado para mujeres y hombres; influye en que se mantengan por más tiempo el ejercicio de los roles convencionales o tradicionales, aún cuando a nivel de las normativas, el cambio ya haya tenido lugar. 

No obstante, es indudable que el Derecho al constituirse como un conjunto de normas y disposiciones que rigen las relaciones sociales, constituye un factor determinante para la igualdad o desigualdad entre hombres y mujeres; y durante muchos siglos las leyes han mantenido normas prohibitivas y discriminatorias contra la mujer (…). (Staff, M., p. 7) 

Es por ello que resulta una exigencia para el Derecho, contrastar y reorganizar el sistema jurídico y sus implicaciones ético – morales. Se impone la necesidad de revisar no solo los textos legales, sino también la relación que estos guardan con las prácticas cotidianas. En tanto el código de familia, si bien tiene una expresión jurídico - formal y ejerce una influencia concreta en nuestras prácticas familiares cotidianas, no constituye su única determinante. 

Resulta muy importante y por ende se impone, mirar las regulaciones normativas del Código de Familia desde la Perspectiva de Género, y con ello identificar, visibilizar, y deconstruir el sexismo como práctica discriminatoria, y en consecuencia estudiar el sistema jurídico de manera integral, tomando en cuenta todos los componentes que lo caracterizan, dígase el normativo, compuesto por los elementos que comprenden las normas escritas; el estructural que se refiere a los procedimientos para la aplicación de las leyes y las entidades encargadas de aplicarlas; y el cultural , que incluye los usos y las costumbres, así como el conocimiento que la sociedad tiene de las leyes. (Staff. M., p. 4) 

Es por ello que nos proponemos con el presente trabajo realizar un análisis valorativo acerca de la manera en que se representan y asumen hombres y mujeres, su deber de “cooperar mutuamente en la educación, formación y guía de los hijos”, lo que queda recogido en el artículo 26 de nuestro Código de Familia.

Familia, Género y Derecho. Una historia necesaria...
Las relaciones familiares son un producto de las relaciones sociales históricamente condicionadas. El significado y el contenido de las relaciones de parentesco, las reglas matrimoniales y las estructuras del hogar tienen una manifestación que varía de acuerdo a la sociedad y al nivel de desarrollo socioeconómico de ésta. Por tales motivos resulta necesario mirar desde la historia un fenómeno o proceso de la realidad para un acercamiento a la verdadera naturaleza del mismo.

Abordar las relaciones paterno - filiales para una comprensión desde el Derecho, de las inequidades de género, nos lleva a la historia del sistema jurídico en nuestro país y sus disposiciones normativas para los cónyuges y sus hijos. Sistema jurídico históricamente sustentador de las desigualdades de género.
La igualdad jurídica normativa de deberes y derechos filiales ha sido una conquista real al implantarse en el actual código de la familia promulgado en 1975, sin embargo aún quedan brechas entre lo ideal deseado y su expresión en la realidad.

Durante siglos, las leyes han promulgado normas discriminatorias y sexistas que han separado aun más los espacios del “ser y actuar” masculinos y femeninos. La mujer en le ámbito familiar ha estado supeditada al poder de la potestad marital sustentador de la cultura patriarcal. El sistema jurídico nuestro, heredero del derecho canónico, ha concebido el modelo de supeditación de la mujer al ordenamiento patriarcal. Se mantuvo por mucho tiempo la interpretación de la condición femenina como inferior biológica, moral y mentalmente; incapaz de razonar, de crear y ocupar una posición reconocida socialmente. La mujer sometida a la voluntad de algún hombre ya sea el padre, el hermano y luego su esposo quienes poseían el poder jurídico y moral para cuidarla y sancionarla en caso de cometer errores. 

El derecho a la maternidad y la paternidad es posiblemente uno de los derechos más humanos de todos los derechos; parte de una necesidad social inherente al ser humano: la reproducción. De este modo las leyes que regulan la familia y la reproducción no crean el derecho en sí de filiación, sino que pautan el significado social y personal del ejercicio de la maternidad y la paternidad.

Desde la primera legislación en la Cuba Colonial, la institución del matrimonio ocupó un lugar privilegiado en las leyes, al igual que la tutela o curatela para la protección de los hijos legítimos no sujetos a la Patria Potestad por fallecimiento del padre.

El paradigma del matrimonio tenía un profundo sentido religioso sacramental, perpetuo, indisoluble, dando lugar a la llamada familia monogámica patriarcal en la cual la supremacía del hombre se concretaba en el Dogma de la Patria Potestad que establecía en su contenido una organización jerárquica que concebía como natural la creencia de la “mujer incapaz y menor de edad”. Se privaba a la mujer del derecho pleno de su libertad como individuo, de disponer de sus bienes, del derecho humano de educar a sus hijos, del derecho a tener derechos ante los tribunales y ante la familia, no era considerada persona y por tanto no podía participar en la toma de decisiones.

En materia de derecho de familia el código civil español de 1888 que empezó a regir en Cuba en 1889 regulaba las relaciones jurídicas derivadas del matrimonio: la filiación y la Patria Potestad. 

Entendemos filiación como una institución que delimita -desde lo jurídico- con perfiles particulares las relaciones entre procreantes y procreados. (Mesa, O., 2001).

En este código civil español se reconocían distintas clases de filiación, y se regulaba la misma separando hijos legítimos e hijos ilegítimos. Así mismo, existían notables desigualdades en el ejercicio de la patria Potestad, reconociéndose el privilegio del padre, y solo de modo supletorio en defecto del padre era reconocida la madre. 

Pautándose el camino de inequidades donde lo relativo a la condición femenina está devaluado o se halla en defecto, y lo asociado a la condición masculina es lo socialmente valorado y primario. Creencias estas compartidas como algo positivo, normal, y que son generadoras de fuertes mecanismos ideológicos que se reproducen hasta nuestros días y permean el imaginario colectivo, de difícil y lenta transformación.

No es sino hasta la Constitución de 1940 de carácter liberal burgués, y la ley de Equiparación Civil de la Mujer de 1950, que se reconoce el sistema de codirección matrimonial, sustentado en la absoluta igualdad jurídica de los cónyuges, la cooperación mutua en el desenvolvimiento de hogar, así como la igualdad de deberes y derechos con los hijos legítimos e ilegítimos. Ley que constituye un importante intento de legitimar la posición legal de la mujer, y desmontar el sistema tradicional a favor del marido en el ejercicio de la autoridad absoluta matrimonial y filial.

“ El matrimonio... descansa en la igualdad absoluta de derechos y deberes de los cónyuges, los que deben atender el mantenimiento del hogar y a la formación integral de los hijos mediante el esfuerzo común, de modo que éste resulte compatible con el desarrollo de las actividades sociales de ambos” 

La sociedad conyugal es una unidad de voluntades. Para que exista matrimonio es decisivo el consentimiento de las partes al iniciar la unión, así como resulta un efecto inmediato de ese acuerdo la cooperación mutua en las tareas del hogar y en la educación y la formación de los hijos. Desde el acto de la unión conyugal existe una representación de la vida en común, de las relaciones de convivencia, repartición de roles, incluso de la concepción en la tenencia de los hijos y su educación. Todos poseemos un aprendizaje del ejercicio de la maternidad-paternidad permeado por nuestros esquemas valorativos y nuestras vivencias significativas en los distintos espacios de integración como individuos: jurídico, político, social, comenzando por los saberes familiares aprendidos.

El Código de la Familia establecido en 1975 y refrendado por la Constitución de la República estableció como un derecho inalienable la igualdad jurídica de los cónyuges invalidando formalmente la autoridad hegemónica masculina.

Estableció además que todos los hijos son iguales, con iguales deberes y derechos antes sus progenitores. Con la seguridad del registro de los nacimientos se regulan los principios que rigen las relaciones filiatorias. 

Se garantiza además dentro de los postulados del Código de la Familia actual, los procedimientos para la determinación de la paternidad que antes no se concebían y descansaba sobre el convencimiento moral privilegio del hombre.

No sabemos si el alcance del código de la familia de 1975 y el actual con los cambios normativos añadidos a la luz de nuevos enfoques haya tenido en consideración la visión de género con todas las implicaciones que conlleva como teoría de cambio que instaura un orden mas equitativo para los géneros. De todas formas nuestras visiones e interpretaciones del Código de la familia y el artículo en análisis estarán permeados por nuestro acercamiento y formación desde el género y para el alcance de sus supuestos teóricos y fácticos. 

La construcción de la subjetividad femenina y masculina. El papel de la familia como institución socializadora. 
Resulta indiscutible el hecho de que dentro de las vivencias más significativas del ser humano está lo relacionado con el mundo familiar. Todo aquello que implique a la familia ya sea de origen o de procreación, resulta ser de primer orden en la subjetividad individual.

Existe una comprensión casi generalizada en las Ciencias Sociales al asumir dos enfoques que conceptualizan a la familia. Esta se concibe como Institución Social y como Grupo social.

La comprensión de la familia como institución social presupone entender el orden familiar como una estructura cuya integración depende de una reglamentación jurídica y moral: de deberes y derechos que se distribuyen desigualmente entre los miembros parientes y que regulan las conductas y determinan las jerarquizaciones de roles y status. (Fleitas, R., 2003)

La familia como grupo social es un sistema pequeño de relaciones interpersonales con un orden autónomo. Determinada por factores que rigen su desarrollo interno: comunicación, roles, conflictos, socialización, disfunciones internas, símbolos compartidos. Es decir todos los factores psíquicos sociales que interfieren en el proceso de construcción de las relaciones familiares.

Ambos enfoques explican de manera integral el funcionamiento y estructura de la familia. En dependencia del objeto de estudio, las Ciencias Sociales en particular se identifican con uno u otro, sin olvidar la relación funcional que guardan ambos. El Derecho por ejemplo se apoya en el modelo de familia como institución social en tanto asume la legitimación de ésta como estructura social desde la regulación normativa de las relaciones familiares en la promulgación de leyes y normas.

Cuando se somete a un juicio comparativo ambos enfoques se percibe que uno responde a lo legislado, normado desde los social y las instituciones, pautando determinadas conductas aceptadas y esperadas que están relacionadas con el ideal de familia para la sociedad, y el otro enfoque, se ubica más cerca de la dinámica familiar, al interno del grupo, centrándose en la conformación de las identidades individuales, lo cotidiano en la asunción y reproducción de lo normado, en sentido general el espacio de las vivencias significativas y saberes transmitidos por línea familiar.

El derecho está definido como el conjunto de disposiciones que determinan las relaciones jurídicas sociales a través de la creación del mecanismo legislativo. Las leyes son válidas (no son neutrales) ejercen una influencia en la subjetividad y por tanto de manera diferenciada en hombres y mujeres que las asumen de acuerdo a su formación histórica desigual.

¿Podemos hablar entonces de una comprensión equitativa de las leyes que rigen los comportamientos masculinos y femeninos? ¿Vivirán y reproducirán los deberes y derechos de igual manera hombres y mujeres?
El proceso de interiorización del contenido y significado de una norma es mucho mas lento que el propio cambio en la normatividad o legislatura, en tanto el sistema jurídico se compone no solo del elemento normativo sino que cuenta con un componente estructural y cultural, con una implicación subjetivo individual. 

Las desigualdades en el orden estructural y cultural en la asunción de deberes y derechos filiales es expresión de un pasado legislativo que legitimó la desigualdad jurídica y que como medio de ordenamiento social fomentó una ideología de género discriminatoria y violenta. Clara manifestación en los modelos de relación de pareja predominantes y las inequidades en la distribución del tiempo y los roles al interno del hogar, donde intervienen convenciones, consensos, representaciones subjetivas de cada miembro con dependencia de su identidad personal y de género. Desde este presupuesto la asunción de roles, y su desempeño exitoso se ha construido críticamente sobre el rol sexual. 

Hombres y mujeres se interrelacionan ocupando posiciones diferentes y excluyentes. EL “ser madre/ser padre” son roles que se encuentran atravesados por las expropiaciones que históricamente se les han realizado a los hombres y las mujeres, que en definitiva son los padres y las madres. En este caso nos estamos refiriendo a aquellos comportamientos, actitudes propias del ejercicio de los roles femeninos y masculinos y que marcan el espacio “exclusivo” en la formación de la identidad.

El origen de estos modelos se centra fundamentalmente en las demarcaciones sociales y culturales que regulan la conducta de hombres y mujeres, establecidas y reproducidas a través de la socialización, y que han convertido la dicotomía sexual en dicotomía social. Por tanto, éestas expropiaciones se basan en convenciones sociales dicotómicas que se han transmitido como naturales, y que preparan a hombres y mujeres en áreas de actuación diferentes y excluyentes. 

De este modo se le asigna a la mujer el espacio privado como su espacio de realización personal y de ejercicio de su “poder” y a los hombres el espacio público.

De esta manera, a la mujer se le ha expropiado durante siglos el desarrollo o la concepción de proyectos de vida asociados al espacio público, el modelo de feminidad a través del cual se construye el “ser mujer” en las sociedades patriarcales se erige y guarda relación con el ejercicio de la maternidad y por tanto la educación, cuidado y atención de los hijos, ancianos, familiares, enfermos. El cuidado se configura como parte indisoluble del “rol de mujer”. El hogar para la mujer es su máxima responsabilidad, espacio que no debe desplazar ni abandonar. El reconocimiento y prestigio social de las mujeres continúa centrado (aún con su inserción cada vez mas creciente en la vida social) ante todo, en el buen desempeño de los roles de madre, esposa e hija. Ello justifica y legitima el mito de la mujer = madre.

La capacidad intelectual es otra expropiación femenina. El poder de la mujer es el de los afectos, la sensibilidad, mientras que el poder del hombre es la razón. Se considera que los análisis, reflexiones y valoraciones de las mujeres están mediados en demasía por el factor afectivo lo que las limita a pensar racionalmente y entorpece su capacidad para tomar decisiones de manera objetiva, acertada y justa. 

Ello conlleva además a que se les haya expropiado la capacidad para experimentar respeto por lo propio. El bienestar femenino depende del bienestar de los otros, fundamentalmente hijos y familiares, la realización personal femenina está situada fuera de ella, no reconoce generalmente qué ha ganado, qué ha perdido y sus posibilidades desde “el ser mujer”. 

La independencia- autonomía constituye otra expropiación. La mujer es reconocida a través de los otros. Se les educa en la necesidad de encontrar y conservar su media naranja que puede completarla, representarla y cuidarla. Ello legitima en las mujeres la necesidad del sacrificio, muchas veces en detrimento de su propia felicidad y salud, para cumplir con las exigencias de ser madre, esposa, y cuidadora del hogar y los hijos. Las mujeres generalmente asumen su tiempo de descanso para dedicarse al otro y esto es percibido como una representación positiva de los requerimientos propios, relacionados con su doble presencia.

Al hombre por su parte, se le ha expropiado el ejercicio de una paternidad cercana donde prime la comunicación afectiva con los hijos, pues se considera que la función del padre y su labor educativa radica precisamente en la capacidad que tenga de ser prohibitivo, rudo, capaz de imponer respeto. Las cargas culturales promueven para el hombre una paternidad representativa (autoridad, sostenedor del hogar) y periférica (a distancia). (Arés, P., p.4). La responsabilidad con los hijos en asuntos de la crianza como cuidar, enseñar a valerse por sí mismos y la afectividad quedan en manos de la madre. 

Por lo que también se les expropia el poder de los afectos, espacio de “poder” exclusivamente femenino. Como consecuencia su ámbito de realización personal es el público, expropiándoseles el desarrollo de proyectos de vida asociados al espacio privado y su participación en las tareas hogareñas, en este sentido se les niega la posibilidad de concebir proyectos vinculados al espacio privado, a la pareja, el hogar o la educación y cuidado de familiares, ancianos o enfermos. Al género masculino se le asigna el rol de abastecedor, por lo que debe trabajar y velar porque estén satisfechas las necesidades “económicas” de su familia.

No obstante, resulta indiscutible que se han producido importantes transformaciones al interno de la familia contemporánea, y con ello de los modelos de relación de pareja y de la maternidad – paternidad, a partir de la incorporación de la mujer al trabajo remunerado, y de su creciente inserción en el espacio público.

Sin embargo, consideramos que la formación identitaria continúa siendo dicotómica, excluyente, con su consecuente expresión en el ejercicio de los roles de padre y madre, no pudiendo esperarse entonces una justa y equiparada realidad. Este es sin dudas un espacio de conflictos y jerarquías dolorosas. La obligación mutua en el cuidado, formación y educación de los hijos en el hogar es todavía un supuesto a alcanzar....... 

Representación subjetiva de hombres y mujeres acerca de sus deberes en la educación, guía y formación de los hijos. 
Una investigación realizada entre los años 2003 y 2006, con 30 sujetos, 15 mujeres y 15 hombres, entre las edades de 20 a 50 años, el 60% de ellos con hijos, a los que se le aplicó la técnica de los Diez Deseos , la que junto a la realización de una entrevista retest , nos permitió constatar las principales necesidades, responsabilidades y áreas fundamentales de proyección de mujeres y hombres, así como realizar las siguientes reflexiones: 

1. En el caso de los 5 primeros deseos, el por ciento más significativo de mujeres los ubica asociados al ámbito familiar, seguido de necesidades o aspiraciones de tipo personal y laboral en los deseos 6 y 7, reiterándose en la mayoría de las mujeres los deseos vinculados al ámbito laboral en las posiciones 8 a la 10 (ver anexos, tabla No. 1). Ello confirma que para ellas el área de mayor significación, la que sienten que exige de ellas mayor responsabilidad, y en el cual centran sus principales aspiraciones e intereses es el área familiar. En la mayoría de las mujeres de la muestra, 8 de sus 10 deseos se encontraban vinculados de alguna manera con la esfera familiar.

2. En el caso de los hombres, el por ciento más significativo ubica su primer deseo asociado al ámbito laboral, (lo que se reitera en la posición 3) seguido de necesidades o aspiraciones de tipo material. En la posición 4 se ubican con iguales por cientos necesidades de tipo familiar, personal y material y en la posición 5 necesidades de índole personal y familiar también en igual por ciento. En los deseos 6 al 10 se reiteran unos y otros indistintamente, incluso en una misma posición generalmente se ubican varias áreas de interés. (ver anexos, tabla No. 1).
Ello demuestra que en el caso de los hombres se manifiesta un espectro más amplio de intereses, sus necesidades y aspiraciones son más diversas. Existe mayor diversidad y movilidad en sus motivaciones. 

3. Aun cuando ambos géneros se proyectan hacia un mismo ámbito, o tipo de necesidad, y el lugar que ocupen en su jerarquía de necesidades sea similar, así como la formulación del deseo de manera explícita sea igual o por lo menos semejante, su proyección es diferente, o sea, varía el contenido de sus necesidades o aspiraciones, la forma de proyectarse su satisfacción, y las razones que la motivan. En ambos casos la diferencia refleja las expropiaciones que se realizan en el ejercicio de la masculinidad y la feminidad, y en consecuencia la dicotomía en el ejercicio de los roles. Veamos por ejemplo:
· En el caso de las mujeres, las principales aspiraciones e intereses que se ubican en los primeros lugares de su jerarquía motivacional están asociadas al área familiar, estas se reflejan a través de deseos como “lograr un buen matrimonio, lo que equivale a encontrar un buen padre para sus hijos, que las ayuden y quieran, que acepten y quieran además, a sus hijos de matrimonios anteriores; ser orgullo para sus padres; aportar bienestar a su familia, que su madre, padre (o algún otro familiar) se recuperen de determinadas enfermedades; salud para sus familiares; buenas relaciones intrafamiliares (con suegra u otros familiares) y unidad; que los hijos no las dejen de querer; estabilidad matrimonial; tener hijos; dedicarse más a los hijos; etc.”
En el caso de los hombres las principales aspiraciones e intereses en el área familiar se reflejan a través de deseos como “encontrar una buena mujer, de la casa, estable, fiel, que los atienda, quiera y comprenda; poder darle otro hijo a su mujer; ayudar más económicamente a su familia, que esta lo comprenda; que sus hijos salgan a él (capaz e inteligente); tener una vejez acompañado de su pareja y/o hijos; pasear más con su familia; que su hermano tenga éxito en el deporte, que los familiares con los cuales no tiene buenas relaciones de marchen de la casa (hijo y yerna), etc.”
Estos ocupan en el caso de los hombres la posición 4 en su jerarquía de motivos.

· Para los hombres, las aspiraciones relacionadas con la esfera laboral ocupan la primera posición en su jerarquía de necesidades, y se refieren a “sus aspiraciones de superación o desarrollo profesional, dígase realizarse profesionalmente, ascender de puesto de trabajo, conocer un poco todo lo relacionado con su desempeño laboral, cambiar de trabajo hacia otro que les reporte mayores beneficios económicos y/o de realización personal, ser reconocido en su trabajo por sus resultados y/o conocimientos, terminar los estudios satisfactoriamente y ubicarse en un buen puesto, etc.”
Mientras que para las mujeres las aspiraciones relacionadas con la esfera laboral ocupan la posición 6 (junto a las de tipo personal) y se encuentran relacionadas con “ganarse la confianza del jefe; superarse profesionalmente y/o obtener buena evaluación en el trabajo para darle satisfacción sus padres, para ser ejemplo ante los hijos y familia, y para proporcionarle más económicamente a esta; terminar los estudios para casarse; que el colectivo de trabajo se mantenga unido, etc.” 

· Para los hombres las principales aspiraciones o necesidades de tipo material se manifiestan a través de sus deseos de “tener una casa propia, según explican para poder tener mujer; de construir para independizarse, o de permutar; se refieren también a su aspiración de tener un carro; de viajar; tener computadora; determinados electrodomésticos; así como tener bastante dinero o que este no les falte”
En el caso de las mujeres sus principales aspiraciones o necesidades de tipo material se manifiestan a través de sus deseos de “construir o reconstruir su casa para darle mayor bienestar y comodidad a sus hijos y otros familiares; que su esposo viaje al extranjero y le envíe dinero u otros bienes para mayor desenvolvimiento y comodidad familiar, viajar ellas para poder terminar de construir su casa, etc.”

· Las necesidades de tipo personal en el caso de los hombres se reflejan a través de su deseo de “tener salud para poder seguir trabajando y lograr las metas que se propongan; vejez saludable; lograr mayor independencia emocional; capacidad para ayudar a los amigos; que estos estén siempre junto a él; mantener buenas relaciones interpersonales, conocer personas con poder; tener muchas mujeres; lograr determinados cambios personológicos (mayor autoconocimiento, más habilidades sociales, etc.), aprender a bailar; tener tranquilidad (lo que traducen en una mujer tradicional, fiel, de la casa, etc.); ser correspondido por sus acciones; divertirse más; hacer ejercicios, etc.”
Para las mujeres sus necesidades de índole personal se encuentran relacionadas con “poder ayudar a los otros (familia, amigos, etc.); lograr hacer buenas amistades; mantener relaciones interpersonales satisfactorias; muchas desean tener salud para poder educar a sus hijos, para verlos crecer y prepararse; no entristecerse por pensar en la pérdida de sus seres queridos; rehacer su vida de pareja con el consentimiento de los hijos; ser comprendida por su familia; ser buena cristiana y que su familia lo acepte; cambios personológicos (mejor carácter, confianza en sí misma, etc.) para con ello darle felicidad a su familia y pareja, no perder nunca los valores que posee, etc.” 

4. La mujer a trascendido al ámbito doméstico y ha adquirido nuevas responsabilidades en el espacio público a partir de su creciente incorporación al trabajo remunerado sin embargo, no ha cedido (o lo ha hecho muy discretamente) su carga de trabajo y responsabilidad en el espacio familiar, como principal responsable de las tareas domésticos y la educación y cuidado de los hijos y otros familiares; y sus necesidades o aspiraciones de cualquier tipo se encuentran vinculadas de una u otra forma a ello. Mientras que los hombres muestran en su jerarquía motivacional una mayor diversidad de intereses, necesidades o aspiraciones.

5. Para las mujeres la satisfacción de las necesidades de “los otros”, esencialmente de los hijos y otras personas vinculadas a su medio familiar, resulta ser la fuente principal de su bienestar personal; recibir la aprobación por el buen desempeño del rol de madre, responsable de la educación afectiva, formación y guía de los hijos resulta indispensable. En tanto para los hombres, el bienestar personal se encuentra más centrado en sí mismos, mayormente vinculado a la obtención de logros individuales en las diferentes áreas en las que se desenvuelven, y asociado también a su capacidad para ofrecer recursos materiales a su familia, en lo cual radica para ellos, su responsabilidad en la educación, formación y guía de los hijos. 
En ambos casos se aprecia cómo el desempeño cotidiano de hombres y mujeres y el desarrollo de sus responsabilidades en la educación, formación y guía de los hijos se encuentra atravesado por los aprendizajes de género. Es tangible la presencia de una construcción de la masculinidad y la feminidad a la que se le han realizado importantes expropiaciones y que reflejan en su quehacer cotidiano. 

6. El sistema de valores y actitudes que regulan el comportamiento de mujeres y hombres, y sobre los que se asienta la constitución de la subjetividad femenina y masculina continúa centrado en el androcentrismo, que promueve una dicotomía en las áreas de acción y realización para ambos géneros.

Reflexiones finales…
Aunque en el sistema jurídico normativo la expresión de igualdad en cuanto a derechos y deberes para hombres mujeres es muy clara, así lo demuestra nuestro Código de Familia, donde queda plasmado, “El matrimonio se constituye sobre la base de la igualdad de derechos y deberes de ambos cónyuges”, al parecer esta es un ideal por alcanzar, y así lo demuestra la cotidianidad de muchas familias cubanas. Aún y cuando ambos poseen iguales derechos y deberes, a nivel individual continúan estructurándose de manera diferente y mutuamente excluyente sus áreas de responsabilidad, de acción y realización. 

Teniendo en cuenta estos elementos y con relación a la máxima de igualdad de deberes y derechos de ambos cónyuges y en el cuidado del hogar y formación de los hijos, podemos percibir la desigualdad que prevalece en la práctica, aún y cuando el sistema jurídico lo instituya como ley. 

El sistema de saberes, símbolos, costumbres, conocimientos sobre las leyes, sigue permeado por los aprendizajes discriminatorios y sexistas que separan los modos de ser mujer-madre y hombre-padre. 

Si bien resulta importarte que desde el Derecho de Familia se adopten las medidas pertinentes para eliminar todo vestigio de discriminación, se sancionen las prácticas sexistas y se promueva la equidad entre los géneros, ello no es suficiente para que cambien las prácticas individuales, sino que se necesitan de esfuerzos conscientes y mancomunados en pos de que ellas sean lo suficientemente conocidas, y se instauren a nivel personológico como convicciones que regulen el comportamiento y no queden a nivel de lo discursivo.

Utilizar el Enfoque de Género como herramienta de análisis del fenómeno jurídico permite comprender que las leyes no son neutrales y por lo tanto no tienen iguales efectos en hombres y mujeres pues la historia nos ha demostrado que sólo formalmente somos iguales ante la ley. (Staff, M., p. 8)

De este análisis se deriva la creciente necesidad de abordar esta problemática desde un Enfoque multisectorial e interdisciplinario, que permita perfeccionar la legislación vigente, y lograr una mayor sensibilización y capacitación a los diferentes profesionales del Derecho, dígase jueces, fiscales, abogados, etc., todos los encargados de interpretar las leyes y administrar justicia, basado en una conciencia de género no discriminatoria. Así como a otros profesionales que ejercen importante influencia social.

Se impone además, actuar desde la Perspectiva de Género, en aras de la transformación de nuestra sociedad hacia una más justa y equitativa.

ANEXOS
Tabla No. 1 
No. Deseo Asociadasámbito laboral Asociadasámbito familiar Personales Materiales Otras

Leyenda:
M = Mujeres 
H = Hombres 


BIBLIOGRAFIA
Arés, Patricia. Artículo: Virilidad. ¿Conocemos en costo de ser hombre?. Disponible en Formato digital. 
Fleitas Ruiz, Reina. El pensamiento sociológico sobre la familia, el parentesco y el matrimonio, en La familia y las Ciencias Sociales. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Juan Marinello. La Habana, 2003.
Código de Familia vigente. Disponible en Formato digital. 
Mesa Castillo, Olga. Derecho de Familia. El matrimonio V parte, Derechos y Deberes Conyugales. Ed. Félix Varela. La Habana, 2001.
Mesa Castillo, Olga. Regulación Normativa de la Filiación en el Estado Cubano. En Temas de Derecho de Familia. Ed. Félix Varela, La Habana.
Staff Wilson, Mariblanca. La perspectiva de Género desde el Derecho. Disponible en: http://www.legalinfo-panama.com/disclaimer.htm.respons_autor

AUTORAS: 

LIC. CLAUDIA LAZCANO VÁZQUEZ.
LIC. JANETTEE MARÍA GARCÍA.
Lic. KATIA ODUARDO GRIMAL 


Febrero, 2006.
“Año de la Revolución Energética en Cuba”

[1] Véase el Código de Familia Vigente.
[2] Artículos 36 y 11 de la Constitución de la República de Cuba. 
[3] Promulgación de la Ley No 51 del 15 de julio 1985 “Ley de registro del estado civil”. Esta ley establece en sentido general que la filiación de los hijos solo es probada con la certificación de la inscripción del nacimiento hecha dentro de la 72 horas posteriores al nacimiento y en l unidad de salud antes de su egreso.
[4] Esta técnica les fue aplicada como parte de una batería de pruebas psicológicas, con el objetivo de realizarles un diagnóstico personológico. Esta técnica tiene como objetivo diagnosticar las necesidades del sujeto en orden jerárquico, y brinda información referente a sus motivaciones, nivel de aspiraciones y proyección futura. La consigna que se le da a los sujetos para la realización de la técnica les plantea “Escribir en orden de prioridad sus 10 mayores deseos, comenzando por el de mayor importancia o significación, hasta los de menor. Recordándole ser lo más sincero posible para lograr el fin propuesto”. Su calificación consta de dos momentos, uno cuantitativo y otro cualitativo.
[5] Es una entrevista que se realiza luego de la aplicación de una técnica (en este caso la de los Diez Deseos) con la finalidad de profundizar en aquellos aspectos que sean importantes para la investigación (o diagnóstico), por su relevancia, reiteración, por resultar contradictorios, o para conocer cómo se estructuran a nivel individual, de qué manera regulan el comportamiento y su significación. Esta entrevista complementa la calificación de la técnica aportando los elementos de tipo cualitativos.



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