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La política exterior Soviética: Años 30 y Años 40

Resumen: La política exterior soviética durante los años ’30 y ’40 del siglo XX ha sido largamente debatida y sujeta a controversias. Gracias a la apertura de archivos soviéticos y nuevas investigaciones, que no exculpan a Stalin, ha sido posible establecer que las potencias occidentales tuvieron un comportamiento de lo más ambiguo durante la Segunda Guerra Mundial.

Publicación enviada por Dr. Marcos Cueva Perus




 


Resumen
La política exterior soviética durante los años ’30 y ’40 del siglo XX ha sido largamente debatida y sujeta a controversias. Gracias a la apertura de archivos soviéticos y nuevas investigaciones, que no exculpan a Stalin, ha sido posible establecer que las potencias occidentales tuvieron un comportamiento de lo más ambiguo durante la Segunda Guerra Mundial. En efecto, se mantuvieron a la expectativa con la esperanza de que Alemania le diera un golpe demoledor a la Unión Soviética. Por su parte, Moscú jugó la carta defensiva y pagó el costo más alto por la guerra. Pese a que se han aportado nuevos datos, muchos de ellos anecdóticos, las nuevas investigaciones no han desmentido mucho de lo que se sabía desde finales de la conflagración mundial: que ésta, en buena medida (si se exceptúa el Pacífico Asiático), tuvo por objetivo liquidar a la Unión Soviética y creó complicidades para intentarlo.

Hasta la fecha, y sobre todo por la figura despótica de Stalin, no ha sido del todo fácil reconstituir la política exterior soviética durante los años ’30 a ’40 del siglo XX. En la medida en que el modo comunista de ver las cosas quedó a fin de cuentas silenciado y denigrado, durante mucho tiempo perduraron dos corrientes de interpretación (si se deja a un lado el dogma oficial soviético): en la izquierda, la idea de una “gran traición estalinista” a una causa que habría podido encarnar Trotski; y en la historiografía occidental, la tendencia a identificar a los regímenes soviético y nacional-socialista alemán. Es únicamente de manera reciente, a partir de la “perestroika” y de los años ’90, con la apertura de numerosos archivos en Moscú, que los historiadores han podido tener una idea más clara de las cosas, aunque algunos, como el militar Dmitri Volkogonov, parecieran haber aprovechado la oportunidad para hacer su agosto y distorsionar aún más los hechos. Curiosamente, y a pesar de las revelaciones sobre el terror en los años ’30, las nuevas investigaciones, por lo menos las más serias, no han arrojado con frecuencia conclusiones demasiado distintas a las extraídas en el pasado por los comunistas. Es igualmente llamativo que mucho de lo que se presenta como novedad ya haya sido trabajado en Occidente –por Isaac Deutscher, por ejemplo- inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial (Deutscher terminó su biografía política de Stalin en 1949). Finalmente, con ocasión del 60 aniversario (2005) de la victoria sobre el fascismo, algunos historiadores rusos, como Valentin Falin, consiguieron poner al descubierto (en entrevistas para la agencia de noticias RIA NOVOSTI) elementos que la argumentación occidental se ha negado sistemáticamente a tomar en consideración.

En los años ’30, es difícil evaluar de qué manera los soviéticos y Stalin, concentrados en la política interna, se representaban la exterior, y es indudable que se había instalado cierta sensación de encierro que pudo haber contribuido al terror interno. A grandes rasgos, desde Lenin, el marxismo soviético había quedado convencido de que tarde o temprano las potencias imperialistas volverían a las andanzas, como en la Primera Guerra Mundial, para intentar repartirse el mundo y enfrentarse entre sí. Al mismo tiempo, y pese a los servicios de inteligencia, el mismo encierro pareciera haber provocado en Moscú cierto desconocimiento de lo que ocurría en el exterior. ¿Calculó en algún momento Stalin que las potencias occidentales pelearían entre sí sin atreverse a atacar a una Unión Soviética que se había convertido en una potencia industrial a pasos agigantados? A juzgar por algunos datos del historiador británico Robert Service y de los ex disidentes soviéticos Roy Medvedev y Zhores Medvedev, es algo que no puede excluirse, y en el mismo sentido apuntan algunas anotaciones de Deutscher. Errores de cálculo no faltaron: cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Stalin parecía haber contado en realidad con un ataque alemán contra la Unión Soviética hasta después de que ocurrió (en 1942 o 1943, y no en 1941), y habría quedado sorprendido con la escasa resistencia de Francia y Gran Bretaña ante las primeras ofensivas hitlerianas en el Oeste europeo. De la misma manera, otros hechos sorprendieron al déspota de origen georgiano. No había pensado que Alemania consiguiera una victoria tan rápida en Polonia en 1939.

Las pruebas de fuego previas a la conflagración mundial se produjeron en España, y en la consigna, para los partidos comunistas aliados de Moscú, de formar “frentes populares” para resistir a lo que desde 1933 ya era un claro ascenso del fascismo. Son dos aspectos de la política exterior soviética que han sido frecuentemente criticados desde el izquierdismo, al igual que el asesinato de Trotski en México. La política de los frentes populares no tuvo mayor éxito ni significado, y el mismo Stalin parece haber percibido la debilidad del movimiento comunista internacional. El asunto de España es mucho más espinoso, y hasta la fecha los hay que, ya en el extremo, han llegado a atribuir el derrumbe final de los republicanos en la guerra civil a algo así como una “traición soviética”. De seguirse a Robert Service, cierto es que Moscú parece haber hecho varios cálculos ante la situación española entre 1936 y 1939. En un principio, la Unión Soviética decidió apoyar a los republicanos, mientras Franco recibía ayuda de la Alemania hitleriana y de la Italia de Mussolini. Cuando algunos soviéticos y miembros de la Internacional Comunista (como Palmiro Togliatti) llegaron a España, Service consigna que la situación ya era caótica, aunque las cosas se agravaron hasta cierto punto con la decisión de Moscú de emprenderla, dentro de la izquierda en Cataluña, contra los anarquistas, los anarcosindicalistas y los trotkistas, que se habían reagrupado en el Partido Obrero de Unidad Marxista (POUM) y que defendió George Orwell, como mucho más tarde el cineasta de extrema izquierda Ken Loach (algo a destiempo). La Unión Soviética había decidido ayudar en la medida de sus posibilidades, de la misma manera en que al final de la contienda muchos refugiados españoles fueron recibidos en Moscú. Por contraste, Francia y Gran Bretaña se declararon neutrales. Stalin habría preferido –siempre según Service- una política cauta, para no arrojar a británicos y franceses en brazos de Franco a nombre del anticomunismo. A pesar de ello, Deutscher sugiere que Moscú, a través de los comunistas franceses, intentó que Francia interviniera de un modo u otro a favor de la República española. En realidad, ya para aquél momento, ni Gran Bretaña ni Francia parecían decidirse a encarar la creciente amenaza fascista. 

Durante un buen trecho de los años ’30, hay varios indicios de que, para salir del aislamiento, la Unión Soviética buscó acercarse sobre todo a Francia. Fuera de defender el “socialismo en un solo país”, no parece tan seguro que Moscú tuviera una idea muy precisa de cómo moverse en el exterior, y en particular ante el ascenso fascista. Hasta aquí, lo cierto es que algunas grandes figuras de la guerra civil española, como Dolores Ibárruri, encontraron asilo en la Unión Soviética (el hijo de la “Pasionaria”, como se conoció a Ibárruri, murió en la batalla de Stalingrado).

Durante mucho tiempo, e incluso en libros escolares o en documentales fìlmicos, se difundió la especie de que había sido el invierno el que, como a Napoleón, había derrotado a las fuerzas alemanas en la Unión Soviética. La documentación reciente ha permitido establecer que, pese a la batalla de Stalingrado, las cosas no ocurrieron exactamente como lo han sugerido las frecuentes versiones occidentales.

En efecto, viendo venir la agresión alemana, las fuerzas soviéticas parecen haber dudado entre ofrecer una batalla decisiva en la frontera occidental o contar con las reservas de la retaguardia, algo por lo que, por las razones que sean, se habría inclinado Stalin. Hitler y los suyos, que para ello utilizaban numerosas provocaciones, buscaron atraer al ejército soviético hacia Occidente para, mediante una guerra relámpago, asestarle un golpe demoledor. Este golpe en realidad no se produjo: desde antes del invierno (que desde luego los nacional-socialistas habían querido evitar), las tropas soviéticas, aunque probablemente desorientadas, ofrecieron una importante resistencia, retrasando cualquier posibilidad alemana de una victoria rápida. Como lo han consignado los historiadores Zhores Medvedev y Roy Medvedev, para julio de 1941 (la agresión comenzó el 21 de junio del mismo año), durante los días calurosos y secos del verano, los soviéticos ya habían contenido los objetivos de la Operación alemana Barbarroja gracias a fuertes combates en Odesa y Smolensk, por ejemplo. Hitler había subestimado el potencial militar de la Unión Soviética, y seguiría haciéndolo hasta el final. Es en esta perspectiva que las versiones occidentales más socorridas han demostrado ser hasta cierto punto parciales. Las fuerzas alemanas no marcharon sin obstáculo alguno hasta la llegada del llamado “general invierno” y la derrota crucial de Stalingrado. Incluso se toparon desde antes con una fuerte resistencia en Moscú, capital que Stalin se negó a abandonar.

El historiador ruso Valentin Falin ha aportado datos interesantes sobre el modo en que las potencias occidentales hicieron sus propios cálculos a partir de la ofensiva alemana en el Este. Churchill y Roosevelt pensaron que la Unión Soviética no aguantaría más de seis semanas, y que las tropas germanas llegarían hasta los Urales. Cuando Hitler se adentró en territorio soviético, el frente europeo occidental quedó debilitado, sobre todo en el año 1942. Estados Unidos y Gran Bretaña podrían haber aprovechado esta debilidad para intervenir, ya que los alemanes no tenían defensas permanentes en la costa Atlántica. Sin embargo, los “aliados” prefirieron mantenerse a la expectativa, esperando que los hitlerianos desgastaran a los soviéticos. Para Falin, la guerra pudo haber terminado en 1943, sobre todo después de la batalla de Kursk, en territorio soviético. De manera sorprendente, Churchill y Roosevelt se reunieron ese año para considerar la opción de retirarse de la coalición antialemana y unirse a los generales nazis para una guerra conjunta contra la Unión Soviética. Estos mismos generales acariciaron la idea de disolver el frente europeo occidental para que, al entrar por ahí, las tropas aliadas llegaran hasta Europa Oriental y detuvieran a los soviéticos en las fronteras de 1939. Ciertamente, las tropas estadounidenses y británicas no llegaron a territorio europeo sino hasta 1943-1944, cuando los alemanes ya habían sido derrotados en el frente del Este y los soviéticos avanzaban hacia el Oeste. Hitler, o incluso quienes llegaron a conspirar contra él, habrían calculado también pactar con los “aliados” para detener a los soviéticos en Europa Oriental. Mucho se ha dicho sobre el hecho de que el Ejercito Rojo no quiso ayudar a los insurgentes de Varsovia –probritánicos- contra los alemanes. Falin recuerda otro hecho, algo comparable: cuando las tropas estadounidenses se acercaron a París, se quedaron esperando a que eventualmente los alemanes contuvieran a la resistencia, que era en buena medida comunista. Es sólo al ganar ésta la contienda, al precio de entre 3 mil y 5 mil vidas, que los estadounidenses optaron por tomar la capital francesa. Hay algo peor: si en vez de hacer cálculos antisoviéticos y anticomunistas los aliados anglosajones hubieran intervenido antes, buena parte de lo ocurrido en Auschwitz –que se agravó en 1944- se habría podido a lo mejor evitar. En todo caso, las estadísticas de Falin son claras: 93% de las pérdidas del ejército alemán ocurrieron en el Frente del Este, y apenas 7 % en Europa Occidental, el norte de Africa y el océano Atlántico.

Si bien aportan elementos de gran importancia, los argumentos de Falin tampoco son del todo nuevos. Stalin llegó a temer, y no sin cierta razón, que los aliados llegaran a un acuerdo de paz con Alemania durante la guerra, de tal forma que los nazis pudieran concentrarse en el frente del Este. En los primeros días de la guerra germano-soviética, según lo consignara Deutscher, un miembro del gobierno británico, Lord Brabazon de Tara, exhortó públicamente a Occidente a mantenerse al margen del conflicto, hasta que soviéticos y alemanes se desgastaran mutuamente. El funcionario terminó por dimitir, pero sus declaraciones no cayeron en saco roto, y el Kremlin las entendió bien. Desde antes, Churchill ya había manifestado un desprecio por “los rusos” mucho más llamativo que su supuesta aversión al nacional-socialismo alemán. En la línea de Falin, Deutscher observó cómo, en 1942, Churchill se negó a abrir un frente de guerra en la costa Atlántica, lo que habría aliviado la carga que recaía sobre los soviéticos. No sin razón, éstos se sintieron solos en la contienda (algo que expresó sin tapujos el escritor Alexei Tolstoi), con el agravante de que, antes de Stalingrado, los alemanes habían penetrado en el Caúcaso y estaban por llegar al estratégico Volga. El interés de Churchill parecía ser otro, por lo menos en la interpretación que Deutscher le atribuyó a Stalin: propiciar la incursión occidental en los Balcanes para evitar que en el futuro los soviéticos pudieran ser los primeros en llegar a la región. No deja de ser significativa la andanada que Deutscher le atribuye a Stalin, en el sentido de que la sencillez de los soviéticos era tomada en Occidente como equivalente de la tontería (“aún cuando los rusos son un pueblo sencillo, el Occidente comete con frecuencia el error de considerarlos tontos”).

Durante mucho tiempo, y sin que el “misterio” se haya resuelto del todo hasta hoy, los historiadores especularon sobre el sentido del vuelo individual que, en 1941, realizó el alto jerarca nazi Rudolf Hess hasta suelo inglés, donde fue capturado. ¿Tuvo o no Hess la aprobación de Hitler? En todo caso, el mismo Hess pareciera haber buscado un compromiso con los británicos, para tener paz en el frente occidental y que Berlín pudiera concentrarse en la Operación Barbarroja contra la Unión Soviética. De manera muy rápida, tanto Alemania como Inglaterra negaron la especie de que Hess había buscado alguna forma de conciliación. Al término de la guerra, es igualmente cierto que muchos alemanes no entendían porqué, con la resistencia, Francia le había “dado la espalda” a los nazis, siendo que éstos habían ofrecido hacerle a Occidente el trabajo sucio: intentar liquidar al sovietismo.

Desde otra perspectiva, la de la izquierda y la de la supuesta identificación entre los llamados “totalitarismos” alemán y soviético, se ha querido considerar con frecuencia que el pacto Molotov-Ribbentrop de 1939 fue una “traición”. Para hacer una consideración de este tipo, es necesario olvidar que, antes del acuerdo germano-soviético, el Pacto de Munich ya había mostrado la otra cara de la moneda. Las dos grandes potencias occidentales europeas, Gran Bretaña y Francia (con Chamberlain y Daladier a la cabeza), autorizaron en la práctica, en 1938, la ocupación alemana de Checoslovaquia, que se llevó a cabo con el pretexto de defender a los germanos de los Sudetes. A pesar de una oferta de ayuda, los checoslovacos, según Robert Service, se negaron a recibir poyo soviético. De acuerdo con Deutscher, la Unión Soviética, que se negó a reconocer al territorio checoslovaco como protectorado nazi, habría estado dispuesta a ir a la guerra, siempre y cuando los franceses cumplieran con sus propias obligaciones bélicas, lo que no fue el caso. Más adelante, Stalin todavía propuso una alianza entre la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia para proteger de cualquier agresión nazi a todos los países comprendidos entre el Báltico y el Mar Negro. Los occidentales rechazaron cualquier coalición formal. A partir de entonces, no era un secreto que Berlín se interesaba por proseguir contra Polonia, aunque éste país estuviera supuestamente protegido por garantías militares de británicos y franceses. Al “adelantar” el espacio soviético hacia Occidente, con el Pacto Molotov-Ribbentrop, Moscú no hizo, en parte, más que recuperar territorios que le habían sido arrebatados durante la Guerra Civil (1919-1921), cuando Polonia se hizo de algunas regiones de Ucrania, Bielorrusia y Lituania. Por otra parte, el “reparto” germano-soviético permitió crear un colchón amortiguador que hizo que ciudades como Leningrado quedaran mejor protegidas. Zhores Medvedev y Roy Medvedev han sugerido que, luego de lo ocurrido en Austria y Checoslovaquia, la Unión Soviética ya no podía confiar en que Gran Bretaña y Francia frenaran a las fuerzas hitlerianas en Polonia. En cierto modo, con el pacto germano-soviético, Moscú hizo que Berlín optara por lanzarse primero contra Francia y Gran Bretaña, antes que contra la Unión Soviética. Si se vuelve sobre la narrativa occidental de los acontecimientos, es preferible pensar que ésta no deseó simplemente que alemanes y soviéticos se enfrentaran entre sí sin la menor intervención de Londres o París. 

Incluso la historiografía rusa más reciente, pese a ciertos oportunismos, ha sugerido en reiteradas ocasiones que Gran Bretaña y Francia parecieran haberse instalado en la duplicidad antes del estallido de la guerra, con la esperanza de que el nacional-socialismo embistiera únicamente contra los soviéticos y los derrotara. Todavía en la Conferencia de Teherán, en diciembre de 1943, Moscú seguía temiendo otra traición occidental, aunque Stalin, después de la apabullante victoria en Stalingrado, ya estaba en condiciones de negociar desde una posición de fuerza. A duras penas, cuando la suerte de la guerra ya estaba decidida, pudo acordarse de que el desembarco aliado en la costa Atlántica –a través del Canal de la Mancha-, que debió hacerse en el verano de 1943, ya no demorara mucho más. Lo que esto demuestra es que Stalin no parecía dispuesto a adueñarse de toda Europa, sino que buscaba finalmente la paz.

Existen pruebas –aportadas por ejemplo por un historiador británico minucioso, Ian Kershaw- de que por lo menos Londres había estado en tratativas con los nazis, dejando a Alemania rearmarse, desde temprano en los años ’30. De este modo, no sólo el caso Hess resultó a la larga sospechoso. Según el estudio de Kershaw, hubo altos funcionarios británicos (en particular Lord Londonderry, primo de Churchill y ministro de gobierno de la Fuerza Aérea) que, antes de la guerra, trabaron amistad con Hitler, aunque no se llegara a desentrañar si por iniciativa propia o por una apenas disimulada orden oficial. En estas circunstancias, no es de extrañar que, hasta el final de la conflagración, el recelo imperara entre Churchill –fundamentalmente anticomunista, a diferencia de Roosevelt, quien afirmaba no entender nada de los rusos- y Stalin. Por otra parte, hacia el término de la guerra (ya en 1945), los alemanes estuvieron mucho más dispuestos a rendirse a Occidente (como lo hizo el mariscal de campo Kesselring en Italia, en marzo de 1945) que ante la Unión Soviética, algo que indignó a Stalin. Como lo consigna Deutscher, en los últimos días de la guerra, masas de soldados alemanes huyeron del Este hacia el Oeste para entregarse a los británicos y los estadounidenses. Casi hasta el último momento, los representantes alemanes buscaron el armisticio con Occidente, pero no con Moscú.

De manera sorprendente, los teóricos del “totalitarismo”, con Hannah Arendt a la cabeza, nunca se preocuparon por tratar el problema de Japón. Antes de que estallara la guerra contra los alemanes, la Unión Soviética temía que se abriera un frente de conflicto contra Tokio en el Extremo Oriente. Los nipones no habían ocultado su intención de lanzarse contra Moscú, y por algo habían firmado con Alemania e Italia, desde 1936, un acuerdo que no dejaba lugar a dudas sobre sus objetivos: el Pacto Antikomintern (que más tarde se convirtió en el Pacto Tripartito), obviamente dirigido contra la Internacional Comunista y la Unión Soviética. A finales de los años ’30, los japoneses ocuparon Manchuria, se apoderaron de varias provincias chinas y se prepararon con el ejército Kanto para atacar a la Unión Soviética, multiplicando las provocaciones. Entre julio y agosto de 1938 hubo una batalla en las cercanías del lago Jasán, y en mayo de 1939 las tropas de Tokio se adentraron en Mongolia. Hasta el otoño de 1939 hubo fuertes combates con los soviéticos a lo largo del río Jalkin-Gol, y los nipones fueron derrotados. Estos también habían preparado una base en las islas Kuriles. 

El viraje se produjo con el pacto germano-soviético, que nadie esperaba: ni Japón, pero tampoco Gran Bretaña ni Francia. Tokio no había sido consultado por Berlín. Poco tiempo después, ya entrada la guerra, Gran Bretaña y Francia se mostraron incapaces de proteger sus posesiones en Asia, en particular en el sudeste y en Indochina. Japón prefirió lanzarse sobre éstas presas, además de seguir con la invasión de China, antes que abrir un frente arriesgado con la Unión Soviética. En abril de 1941, y a pesar de que, con todo descaro, Ribbentrop le hubiera asegurado que Hitler se reservaba el derecho de violar el pacto germano-soviético, el canciller nipón, Yosuke Matsuoka, firmó un acuerdo de neutralidad con Moscú. Para sorpresa esta vez de Alemania, cuando ésta atacó territorio soviético, Tokio prefirió esperar y seguir fiel al acuerdo de neutralidad. La Unión Soviética, segura de que la guerra se acercaba, no hizo sino jugar sus intereses a la defensiva. A raíz del acuerdo con Japón, muchas tropas destacadas en el Extremo Oriente soviético pudieron desplazarse al frente occidental. Con todo, el oriental no fue descuidado del todo, y varias ciudades (como Jabárovsk, Vladivostock y Blagoveshchensk) quedaron convertidas en un fortín, defendible frente a cualquier posibilidad de ataque sorpresa nipón. En 1941, cuando aún confiaba en la victoria, Alemania no pidió a Japón ayuda contra la Unión Soviética, pero sí lo hizo en el otoño de 1942. Los japoneses no se atrevieron a atacar con el ejército soviético en el Extremo Oriente soviético. Para Zhores Medvedev y Roy Medvedev, el artífice soviético de este doble movimiento –la garantía de seguridad en Extremo Oriente y la disponibilidad de tropas de reserva para el frente occidental- fue el general Iosiv Apanasenko, ignorado por la historia militar oficial en Moscú. Hasta aquí, puede afirmarse que en la política exterior soviética hacia Alemania y Japón no hubo mayor engaño ni traición. Moscú nunca se propuso atacar a ninguno de estos países, sino ganar tiempo, resistir y actuar en un plano que puede interpretarse sin problema como legítima defensa.

Ello no impide que se hayan producido errores de cálculo, y uno de ellos fue hasta cierto punto el breve conflicto con Finlandia, donde la actuación del Ejército Rojo dejó mucho qué desear. Los fineses, en el plano diplomático, se encontraban cercanos a Alemania. Moscú decidió crear un gobierno provisional finlandés (comunista, en el exilio) y atacar en 1939 para crear una República Soviética Finlandesa, pero, contra lo esperado, el Ejército Rojo nunca llegó a Helsinki, la capital del país nórdico. Parece claro que Stalin sobrevaloró la situación. Un tratado de paz se firmó en marzo de 1940. De todos modos, como lo ha reconocido Robert Service, Moscú logró lo que se había propuesto, aún a un precio en vidas bastante alto: hacer avanzar la frontera soviética con Finlandia cientos de millas al norte de Leningrado, de tal forma que esta ciudad quedara más protegida. En este contexto, la actitud de la Sociedad de Naciones fue deplorable, ya que expulsó a la Unión Soviética, pero jamás se había atrevido siquiera a condenar el ataque de la Alemania nacional-socialista contra Praga.

En Occidente, y sobre todo después del derrumbe de la Unión Soviética, es frecuente que se le haya atribuído a Stalin el “genocidio” de poblaciones enteras antes y después de la guerra. Como otras, ésta es una observación que amerita ser revisada, sobre todo que ha sido interpretada como una prueba más de una supuesta política imperial incapaz de resolver el problema de las nacionalidades (que hoy se confunde con el de las “etnias”). Al estallar la Segunda Guerra Mundial, muchos líderes soviéticos seguían teniendo sin duda en mente lo que había ocurrido años antes, durante la Guerra Civil, cuando algunas nacionalidades se habían unido a los “blancos” antibolcheviques. No es muy ilógico que, durante la segunda conflagración mundial, Moscú haya llegado a temer que los alemanes del margen izquierdo del Volga llegaran a colaborar con el ocupante nacional-socialista. Al ser deportados al Asia Central (sobre todo a Kazajstán), sin embargo, no lo fueron en condiciones infrahumanas, encontraron tierras para cultivar, con frecuencia cerca de Alma-Ata, y no fueron mayormente molestados por los kazajos.

Con otros grupos nacionales las cosas no ocurrieron del mismo modo, aunque tampoco pueda hablarse, como lo hace Donald Rayfield, de “genocidio”. Cuando los invasores alemanes llegaron hasta el Caúcaso, Moscú temió que algunas nacionalidades antiguamente antibolcheviques se unieran al ocupante. Es así que comenzó una campaña de deportaciones masivas que, en la medida en que llegaron a depender de Beria, no estuvieron exentas de brutalidad y arbitrariedad. La represión soviética se abatió así sobre los karachais, y luego sobre los kalmukos, que fueron esparcidos desde el Artico hasta el Este de Siberia. También quedaron sujetos a deportaciones masivas los chechenos y los ingushes, nacionalidades emparentadas que habían ofrecido resistencia a Moscú desde los tiempos del Imperio zarista. Si no hubo “genocidio”, pese a condiciones de deportación desastrosas, es en la medida en que no se produjeron asesinatos en masa, internamientos en campos de concentración y mucho menos políticas de exterminio sistemático como la de los nacional-socialistas contra los judíos. Curiosamente, el mismo Rayfield que habla de “genocidio” reconoce lo siguiente: los ideólogos hitlerianos habían declarado que chechenos, circasianos y otras nacionalidades del Caúcaso eran protoarios, por lo que se les había prometido reconocerlos como seres humanos –a diferencia de los rusos- e incluso darles autonomía política. Lo anterior no excluye, aunque cabe hablar de una mera hipótesis dados los sesgos de Rayfield, que al organizar las deportaciones los georgianos obedientes a Stalin hayan actuado con prejuicios atávicos contra los montañeses del Caúcaso.

De todas maneras, en el frente y contra los alemanes no pelearon solo rusos, sino que también lo hicieron por ejemplo tártaros de los Urales (a diferencia de los de Crimea, también acusados de haber colaborado con los alemanes) y soldados provenientes de varias repúblicas soviéticas de Asia Central, codo a codo, y sin demasiadas discriminaciones. Es el tipo de pruebas que desafortunadamente pasa por alto una obra como la de Rayfield, empeñando en establecer a veces el máximo de similitudes entre Stalin y Hitler. En otros términos, la población rusa no parece haber ejercido xenofobia alguna contra otros habitantes de la Unión Soviética. Cierto es que algunas nacionalidades deportadas, como los balkares, fueron en cambio discriminadas en sus lugares de refugio, como las estepas kirguizas.

Otro episodio menos conocido de las deportaciones es el que tuvo lugar en el Extremo Oriente, frente al peligro de guerra con Japón. En 1937, cuando los nipones ya se habían adentrado en China y en la península de Corea, los coreanos residentes en Vladivostok y la frontera coreana, así como en otras zonas del Extremo Oriente, fueron llevados a Kazajstán y Uzbekistán. Dichos coreanos habían dado su apoyo a la Revolución Bolchevique, los había que se habían convertido a la religión ortodoxa y, sobre todo, que habían huido de los japoneses. Al ser trasladados al Asia Central, un poco al modo de los alemanes del Volga, fueron bien recibidos y se adaptaron a los cultivos de algodón, sandías y arroz. No hubo mayor brutalidad en esta “deportación”, aunque ciertamente se buscó que a la larga los coreanos se asimilaran a la población local. No se practicó la exclusión, y basta recordar cómo, muchas décadas más tarde, la gimnasta soviética Nelly Kim habría de brillar con luz propia en unas Olimpiadas, sin haber renegado por completo de sus orígenes coreanos.

El último episodio importante de la política exterior soviética en los años ’40 tuvo que ver, sin duda, con la carrera por el arma nuclear. Estados Unidos la utilizó en 1945 contra Japón, en Hiroshima y Nagasaki. Desafortunadamente, las interpretaciones sobre los motivos estadounidenses para utilizar el arma han llegado a ser divergentes, y algunas han sostenido que fue una forma de amedrentar a la Unión Soviética. El hecho es que, contra lo que sostiene por ejemplo Service, los nipones habían informado de su decisión de rendirse antes de que las bombas fueran lanzadas. Si esto es corroborable, no fueron entonces los dos hongos atómicos los que llevaron a la capitulación de Tokio, aunque la aceleraran. En todo esto, la Unión Soviética tuvo poco qué hacer y qué ver. En parte a instancias de Estados Unidos, Moscú le declaró la guerra a Japón y ocupó Manchuria (en manos niponas desde 1933), algunos territorios perdidos durante la guerra ruso-japonesa de 1905 (como el sur de Sajalín y Puerto Arturo) y las islas Kuriles, cuyo estatuto hasta hoy no ha quedado del todo claro, en la medida en que Tokio las ha seguido reclamando para sí de manera intermitente. Es poco probable que Stalin haya querido ampliar alguna “influencia imperial” en Asia. Del propio texto de Service se desprende que la principal preocupación de Moscú fue crear un “colchón” que protegiera a los soviéticos en caso de cualquier rearme japonés. Hasta hoy, algunos rusos han querido recordar cómo, en cierto modo, al luchar en Mongolia los soviéticos devolvieron algo de lo recibido en un pasado remoto, y cómo contribuyeron –de lo que da cuenta el “vals militar de Manchuria”- a la liberación de China. Lo anterior puede apreciarse en un filme como “Urga”, del realizador Nikita Mijalkov. Resulta difícil pensar que, de ser un país supuestamente “totalitario”, la Unión Soviética se haya lanzado –en acuerdo con los aliados- a una guerra contra una nación de la misma índole, Japón.

La carrera por el arma nuclear había comenzado mucho antes de 1945, e involucraba a Alemania, que no la obtuvo, a Gran Bretaña y a Estados Unidos. Los servicios de inteligencia soviéticos detectaron tan pronto como en 1942 –cuando la suerte de la guerra no estaba decidida- la trama de dicha carrera. El descubrimiento fue posible gracias a los secretos que algunos informadores de talla enviaron a Moscú. Desde Gran Bretaña, influyeron el físico nuclear Klaus Fuchs (que había abandonado Alemania en 1933) y John Cairncross, secretario de uno de los ministros del Gabinete de Guerra, Lord Hankey. Desde Estados Unidos, Bruno Pontecorvo, un inmigrante italiano que había colaborado estrechamente con el eminente científico Enrico Fermi (el primero en construir un reactor nuclear), también mandó información valiosa a los soviéticos. Al acumularse los informes, numerosos científicos de la Unión Soviética se pusieron manos a la obra, de tal forma que, pese a numerosas dificultades, el país consiguió su propia bomba atómica en 1949. No parece que Moscú haya abandonado a su suerte a quienes, sin ser exactamente espías sino comunistas convencidos, contribuyeron a que la Unión Soviética entrara en la carrera nuclear. Fuchs, descubierto en 1950 y encarcelado por un tiempo en Gran Bretaña, terminó por marcharse a la República Democrática Alemana, donde dirigió el Instituto de Física Nuclear de Berlín. Pontecorvo, antes de ser descubierto, huyó a la Unión Soviética a través de Finlandia en 1950, y fue reconocido como académico de prestigio en el país que lo acogió. Cairncross no cayó sino hasta mucho más tarde, en los años ’80, delatado por un ex agente soviético.

Contra lo que sostiene Service, Roy Medvedev y Zhores Medvedev han sugerido que el papel del siniestro Lavrenti Beria no fue demasiado relevante en la organización de la academia y la infraestructura necesarias para sostener la carrera nuclear. Es irrefutable, en cambio, que el esfuerzo soviético tuvo un aspecto brutal. En efecto, en las instalaciones destinadas a construir el arma nuclear en la Unión Soviética fueron utilizados numerosos prisioneros, en condiciones las más de las veces inhumanas. Entre ellos se contaban quienes, por el solo hecho de haberse rendido a los alemanes durante la guerra, fueron considerados “sospechosos”, o en todo caso cobardes; había también miembros de algunas nacionalidades castigadas durante el conflicto (como tártaros de Crimea), y lo cierto es que, para que nadie pudiera tener conocimiento de lo que era –lógicamente- considerado como un secreto de Estado, luego de concluidos los trabajos casi forzados muchos prisioneros fueron deportados para siempre a regiones muy remotas, como Magadán. En Occidente llegó a tenerse conocimiento de lo que ocurría con los soviéticos que habían caído en manos de los alemanes, y que incluso habían estado en campos de concentración. Al término de la guerra, lejos de ser recibidos como héroes, fueron efectivamente deportados y obligados a trabajos forzados.

En la interpretación de la actitud de Stalin durante la guerra, con frecuencia se le ha reprochado al déspota georgiano el haber recurrido no al sovietismo, sino al nacionalismo ruso. ¿Podía ser de otra manera? En la memoria soviética, ciertamente, el conflicto quedó como “Gran Guerra Patria”, y es así cómo se lo conmemora hasta la actualidad en Rusia. Con todo, no está excluido que, a diferencia de los años posteriores a la Guerra Civil de 1919-1921 y de los años ’30, después de la Segunda Guerra Mundial el generalísimo Stalin haya cometido un error de serias consecuencias posteriores, aunque fue sin duda Rusia la que pagó el precio más caro por la agresión nazi. El problema se remonta lejos, a cuando Lenin todavía vivía y se oponía al chovinismo ruso, aunque también criticara las “taras del asiatismo” en el antiguo imperio zarista. Lenin no apreciaba en lo más mínimo dicho chovinismo, lo atribuía al “típico burócrata ruso” y decía de éste que era bribón y bravucón, según un texto recogido por Zhores Medvedev y Roy Medvedev. A juzgar por un retrato como el que hace Nikita Mijalkov del “homo sovieticus” (dispuesto a la estafa) en el filme “Urga”, no parece que Lenin se haya equivocado. A raíz de la guerra, la brutalidad –con la costumbre de la venganza- de los georgianos pudo haber sido remplazada por cierta mezcla de altanería y torpeza en líderes como Jrushev y Brejnev, ya muerto Stalin. En todo caso, a raíz de de la Gran Guerra Patria se rectificó la política oficial soviética hacia la Iglesia Ortodoxa y se le permitió a ésta subsistir a partir de 1943, algo que es hasta hoy motivo de debate entre los comunistas rusos: su líder, Guennadi Ziuganov, ha sido partidario de otorgarle un lugar de importancia a dicha Iglesia, mientras que otros consideran que en el pasado prebolchevique no sirvió más que para asegurar la servidumbre. Fue también a raíz de la guerra que, en el otoño de 1943, Stalin decidió cambiar el himno nacional soviético, arrumbando a La Internacional (en la composición del nuevo himno participó Serguei Mijalkov, padre de Nikita Mijalkov, como habría de hacerlo mucho después con el presidente Vladimir Putin). Lo que puede decirse de esta “rusificación” es que tuvo efectos contradictorios, ya que a la larga le dio a la población un orgullo necesario, pero en otros (la burocracia) desembocó en la soberbia y en algunos más en el chovinismo.

La historiografía occidental, como la rusa de un Dmitri Volkogonov, dieron cuenta de que, al comenzar el ataque alemán en junio de 1941, Stalin sufrió una crisis de abatimiento, lo que resulta por lo demás explicable. Sin embargo, gracias a la investigación de Zhores Medvedev y Roy Medvedev, ahora se sabe –de hecho ya lo habían probado las memorias del héroe militar soviético Zhukov- que el georgiano ni siquiera dejó a la Unión Soviética sin mando por cerca de diez días. Por el contrario, se encargó de manera rápida de asumir las responsabilidades del caso, aún a riesgo de tomar decisiones unilaterales y cometer errores.

Finalmente, si se contrasta la información de Falin con la narrativa de un Rayfield, no parece seguro que la Unión Soviética haya querido construirse un “imperio” en Europa Oriental, a modo de trofeo, y tampoco que haya buscado mantener a toda costa la división de Alemania. Desde este punto de vista, los Acuerdos de Yalta pudieron haber resultado temporales, de no ser porque, desde finales de los años ’40 y a instigación de la maquinaria bélica estadounidense, Occidente se apresuró a “contener” una supuesta “amenaza roja”. Según Falin, ésta nunca fue tal. Para Stalin, que lo dejó entrever en distintas conversaciones con personajes internacionales, los países del Este europeo debían seguir por la línea de los “frente populares” y lograr la desnazificación (algo también confirmado por Deutsher), sin que se les impusiera el comunismo, e incluso Alemania debía saldar cuentas con una revolución democrático-burguesa que nunca se hizo desde Bismarck hasta Hitler. Algunos partidos comunistas aprovecharon la situación para hacerse del gobierno, pero las dificultades no tardarían en aparecer. A lo sumo, a finales de los años ’40 –que es el periodo tratado aquí-, la Unión Soviética pudo beneficiarse del uranio extraído de Alemania Oriental y Checoslovaquia para las investigaciones nucleares que culminaron con la creación de la bomba en 1949. Preocupada como estaba por que una agresión no se volviera a repetir, Moscú se inclinaba por una fórmula de neutralidad como la que en algún momento buscó Checoslovaquia, y que Finlandia optó por seguir (Noruega intentó hacerlo). Según Falin, era una solución de “tipo finés” la preferida de Stalin, y no la imposición del comunismo en todo el Este europeo. Se trata aquí de informaciones que desmienten de manera categórica la narrativa occidental que se construyó después, y que en realidad presentó las cosas al revés. No es que Occidente haya “respondido a la amenaza roja”, sino que la Unión Soviética, más bien, tuvo que guardar el “colchón” de Europa Oriental ante el arranque de la Guerra Fría. La cronología no miente: el Pacto de Varsovia fue creado después de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Desde Yalta, el mismo Stalin ya había dejado en claro el peligro que se avecinaba, al declarar que los vencedores no tardarían en rivalizar entre sí.

Desde que concluyó la Guerra Fría, entre 1989-1991, para los historiadores ha sido una bendición disponer de los archivos soviéticos, aunque hay quienes los utilizaron para hacer carrera y ganar cátedras en Rusia enlodando al pasado. No es, desde luego, que la política de Stalin no haya sido brutal y no haya estada exenta de errores. Sin embargo, la apertura de dichos archivos ha permitido, más allá de los detalles y hasta de las anécdotas, corroborar en gran medida lo ocurrido: las potencias occidentales (en particular Gran Bretaña y en menor medida Francia) se comportaron frente al nazismo y el comunismo de la manera más ambigua. Las pruebas aportadas sugieren que la noción de “totalitarismo” no es la más adecuada para dar cuenta de lo que en realidad ocurrió. En el peor de los casos, existen suficientes argumentos como para pensar que los occidentales prefirieron uno de los “totalitarismos” al otro, y que por lo mismo prolongaron de manera innecesaria una contienda que pudo haber terminado en 1943 y salvar numerosas vidas.

BIBLIOGRAFIA
-Deutscher, Isaac. (1965). Stalin. Una biografía política. México: Era.
-Kershaw, Ian. (2006). Un amigo de Hitler: una crónica reveladora de las ambiguas relaciones de Inglaterra con Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial. México: Océano.
-Medvedev, Zhores A. y Medvedev, Roy A. (2005) El Stalin desconocido. Barcelona: Crítica.
-Rayfield, Donald. (2003). Stalin y los verdugos. México: Taurus
-Service, Robert (2006) Stalin. Una biografía. Madrid: Siglo XXI.

AUTOR
Dr. Marcos Cueva Perus
Instituto de Investigaciones Sociales
Universidad Nacional Autónoma de México
E-mail: cuevaperus@yahoo.com.mx
Página web: www.marcoscuevaperus.com



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