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Resumen: Gustavo Adolfo Claudio Dominguez Bastida (Sevilla, 17 de febrero de 1836 – Madrid, 22 de diciembre de 1870), mas conocido como Gustavo Adolfo Becquer, fue un poeta y narrador espanol, perteneciente al movimiento del Romanticismo, aunque escribio en una etapa literaria perteneciente al Realismo...
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Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida (Sevilla, 17 de febrero de 1836 –
Madrid, 22 de diciembre de 1870), más conocido como Gustavo Adolfo Bécquer, fue
un poeta y narrador español, perteneciente al movimiento del Romanticismo,
aunque escribió en una etapa literaria perteneciente al Realismo. Por ser un
romántico tardío, ha sido asociado igualmente con el movimiento posromántico.
Aunque, mientras vivió, fue moderadamente conocido, sólo comenzó a ganar
verdadero prestigio cuando, tras su muerte, fueron publicadas muchas de sus
obras.
Sus más conocidos trabajos son sus Rimas y Leyendas. Los poemas e historias
incluidos en esta colección son esenciales para el estudio de la Literatura
hispana, siendo ampliamente reconocidos por su influencia posterior.
Biografía
Nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836, hijo del pintor José Domínguez
Insausti, que firmaba sus cuadros con el apellido de sus antepasados como José
Domínguez Bécquer. Su madre fue Joaquina Bastida Vargas. Por el lado paterno
descendía de una noble familia de comerciantes de origen flamenco, los Becker o
Bécquer, establecida en la capital andaluza en el siglo XVI; de su prestigio da
testimonio el hecho de que poseyeran capilla y sepultura en la catedral misma
desde 1622. Tanto Gustavo Adolfo como su hermano, el pintor Valeriano Bécquer,
también adoptaron Bécquer como primer apellido en la firma de sus obras.
Fue bautizado en la parroquia de San Lorenzo Mártir. Sus antepasados directos,
empezando por su mismo padre, José Domínguez Bécquer, fueron pintores de
costumbres andaluzas, y tanto Gustavo Adolfo como su hermano Valeriano
estuvieron muy dotados para el dibujo. Valeriano, de hecho, se inclinó por la
pintura. Sin embargo el padre murió el 26 de enero de 1841, cuando contaba el
poeta cinco años y esa vocación pictórica perdió el principal de sus apoyos. En
1846, con diez años, Gustavo Adolfo ingresó en el Colegio de San Telmo de
Sevilla (institución mixta que acogía también huérfanos de cierto nivel), donde
recibe clases de un discípulo del gran poeta Alberto Lista, Francisco Rodríguez
Zapata, y conoce a su gran amigo y compañero de desvelos literarios Narciso
Campillo. Al año siguiente, el 27 de febrero de 1847, los hermanos Bécquer
quedaron huérfanos también de madre, y fueron adoptados entonces por su tía
materna, María Bastida y Juan de Vargas, que se hizo cargo de sus siete
sobrinos, aunque Valeriano y Gustavo se adoptaron desde entonces cada uno al
otro y de hecho más tarde emprendieron muchos trabajos y viajes juntos.
Suprimido por Isabel II en 1847 el Colegio de San Telmo (que en 1849 pasaría a
ser palacio de los duques de Montpensier), Gustavo Adolfo quedó desorientado.
Fue entonces a vivir con su madrina Manuela Monnehay Moreno, joven de origen
francés y acomodada comerciante, cuyos medios y sensibilidad literaria le
permitían disponer de una mediana pero selecta biblioteca poética. En esta
biblioteca empezó Gustavo Adolfo a aficionarse a la lectura. Inició entonces
estudios de pintura en los talleres de Antonio Cabral Bejarano, y más tarde en
el de su tío paterno Joaquín Domínguez Bécquer, que le pronosticó «Tú no serás
nunca un buen pintor, sino un mal literato», aunque le estimuló a los estudios y
le pagó los de latín. Tras ciertos escarceos literarios (escribe en El trono y
la nobleza de Madrid y en las revistas sevillanas La Aurora y El Porvenir), en
1854 marchó a Madrid con el deseo de triunfar en la literatura. Sufrió una gran
decepción y sobrevivió en la bohemia de esos años. Para ganar algún dinero el
poeta escribe, en colaboración con sus amigos (Julio Nombela y Luis García
Luna), y bajo el seudónimo de Gustavo García, comedias y zarzuelas como La novia
y el pantalón (1856), en la que satiriza el ambiente burgués y antiartístico que
le rodea, o La venta encantada, basada en Don Quijote de la Mancha. Ese año fue
con su hermano a Toledo, un lugar de amor y de peregrinación para él, a fin de
inspirarse para su futuro libro Historia de los templos de España. Le interesan
por entonces el Byron de las Hebrew Melodies o el Heine del Intermezzo a través
de la traducción que Eulogio Florentino Sanz realiza en 1857 en la revista El
Museo Universal.
Fue precisamente en ese año, 1857, cuando apareció la tuberculosis que le habría
de enviar a la tumba. Tuvo un modesto empleo dentro de la Dirección de Bienes
Nacionales y perdió el puesto, según cierta leyenda, por sorprenderlo su jefe
dibujando. Su pesimismo va creciendo día a día y sólo los cuidados de su patrona
en Madrid, de algunos amigos y de Valeriano le ayudaron a superar la crisis. Ese
año empieza un ambicioso proyecto inspirado por El genio del Cristianismo de
Chateaubriand: estudiar el arte cristiano español uniendo el pensamiento
religioso, la arquitectura y la historia: «La tradición religiosa es el eje de
diamante sobre el que gira nuestro pasado. Estudiar el templo, manifestación
visible de la primera, para hacer en un sólo libro la síntesis del segundo: he
aquí nuestro propósito». Pero sólo saldrá el primer tomo de su Historia de los
templos de España, con ilustraciones de Valeriano.
Hacia 1858 conoció a Josefina Espín, una bella señorita de ojos azules, y empezó
a cortejarla; pronto, sin embargo, se fijó en la que sería su musa irremediable,
la hermana de Josefina y hermosa cantante de ópera Julia Espín, en la tertulia
que se desarrollaba en casa de su padre, el músico Joaquín Espín, maestro
director de la Universidad Central, profesor de solfeo en el Conservatorio y
organista de la Capilla Real, protegido de Narváez. Gustavo se enamoró (decía
que el amor era su única felicidad) y empezó a escribir las primeras Rimas, como
Tu pupila es azul, pero la relación no llegó a consolidarse porque ella tenía
más altas miras y le disgustaba la vida bohemia del escritor, que aún no era
famoso; Julia dio nombre a una de las hijas de Valeriano. Durante esta época
empezó a escuchar a su admirado Chopin.
Después, entre 1859 y 1860, amó con pasión a una «dama de rumbo y manejo» de
Valladolid, que durante muchos años se identificó con Elisa Guillén, un
personaje que hoy se sabe inexistente.1 Pero la amante, fuera quien fuera, se
cansó de él y su abandono lo sumió en la desesperación. El 19 de mayo de 1861 se
casó precipitadamente con Casta Esteban y Navarro, de la que tuvo tres hijos.2
Los expertos no se ponen de acuerdo en cuál de ellas pudo ser su musa más
constante, o si ninguna de ellas, concibiendo algún tipo ideal de mujer[.
En 1860 publica Cartas literarias a una mujer en donde explica la esencia de sus
Rimas que aluden a lo inefable. En la casa del médico que lo trata de una
enfermedad venérea, Francisco Esteban, conocerá a la que será su esposa, Casta
Esteban y Navarro. Contrajeron matrimonio en el 19 de mayo de 1861. De 1858 a
1863, la Unión Liberal de O'Donnell gobernaba España y en 1860, González Bravo,
con el apoyo del financiero Salamanca, funda El Contemporáneo, dirigido por José
Luis Albareda, en el que participan redactores de la talla de Juan Valera. El
gran amigo de Bécquer, Rodríguez Correa, ya redactor del nuevo diario, consiguió
un puesto de redactor para el poeta sevillano. En este periódico, y hasta que
desaparezca en 1865, hará crónica de salones, política y literatura; gracias a
esta remuneración viven los recién casados. En 1862 nació su primer hijo,
Gregorio Gustavo Adolfo, en Noviercas (Soria) donde posee bienes la familia de
Casta y donde Bécquer tuvo una casita para su descanso y recreo. Empieza a
escribir más para alimentar a su pequeña familia y, fruto de este intenso
trabajo, nacieron varias de sus obras.
Pero en 1863 padeció una grave recaída en su enfermedad, de la que se repuso,
sin embargo, para marchar a Sevilla con su familia. De esa época es el retrato
hecho por su hermano que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Trabaja con su hermano Valeriano, cuya relación con Casta no era buena, debido a
que ella no soporta su carácter y su constante presencia en casa. González
Bravo, amigo y mecenas de Gustavo, le nombra censor de novelas en 1864 y el
escritor vuelve a Madrid, donde desempeña este trabajo hasta 1867 con
veinticuatro mil reales de sueldo. En este último año nace su segundo hijo,
Jorge Bécquer.
En 1866 ocupa de nuevo el cargo de censor hasta 1868; es este un año tétrico
para Bécquer: Casta le es infiel, su libro de poemas desaparece en los
disturbios revolucionarios y para huir de ellos marcha a Toledo, donde permanece
un breve tiempo. En diciembre nace en Noviercas su tercer hijo, Emilio Eusebio,
dando pábulo a su tragedia conyugal, pues se dice que este último hijo es del
amante de Casta. Es más, Valeriano discute con Casta continuamente. Sin embargo,
los esposos aún se escriben. Pasa entonces otra temporada en Toledo, de donde
sale para Madrid en 1870 a fin de dirigir La Ilustración de Madrid, que acaba de
fundar Eduardo Gasset con la intención de que lo dirigiera Gustavo Adolfo y
trabajara en él Valeriano como dibujante. En septiembre, la muerte de su
inseparable hermano y colaborador le sume en una honda tristeza. En noviembre
fue nombrado director de una nueva publicación, El Entreacto, en la que apenas
llega a publicar la primera parte de un inconcluso relato.
Posiblemente a causa de un enfriamiento invernal en la primera quincena de
diciembre, su ya precario estado de salud se agrava, y muere el 22 de dicho mes,
coincidiendo con un eclipse total de sol. En los días de su agonía, pidió a su
amigo el poeta Augusto Ferrán que quemase sus cartas («serían mi deshonra») y
que publicasen su obra («Si es posible, publicad mis versos. Tengo el
presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo»); pidió también
que cuidaran de sus hijos. Sus últimas palabras fueron «Todo mortal». Fue
enterrado al día siguiente en el nicho nº 470 del Patio del Cristo, en la
Sacramental de San Lorenzo y San José, de Madrid. Más adelante, en 1913, los
restos de los dos hermanos fueron trasladados a Sevilla, reposando primero en la
antigua capilla de la Universidad,4 y desde 1972 en el Panteón de Sevillanos
Ilustres.5 Hay un monumento en recuerdo de Gustavo Adolfo en el centro de
Sevilla.
A la salida del funeral celebrado por Bécquer, el pintor Casado del Alisal
propuso a varios de los asistentes la publicación de las obras del malogrado
escritor. Para estudiar los detalles de esta edición se celebró a la una de la
tarde del 24 de diciembre de 1870 una reunión en su estudio de pintura. Así se
acordó una suscripción pública para recaudar fondos. Ese propósito despondía a
dos motivos: por un lado honrar al amigo fallecido y por otro ayudar
económicamente a la mujer e hijos de Bécquer. Bécquer le debe a Casado del
Alisal su gloria literaria ya que sus obras podrían haber sido olvidadas de no
ser por la decisión de Casado, tal y como corrobora Rafael Montesinos en su
libro Bécquer, Biografía e Imágen.
Ferrán y Correa se pusieron de inmediato a preparar la edición de sus Obras
completas para ayudar a la familia; salieron en 1871 en dos volúmenes; en
sucesivas ediciones fueron añadidos otros escritos.
Análisis de su obra
Cuando escribe Bécquer está en pleno auge el Realismo, cuando otros autores
adscritos a esta tendencia (Campoamor, Tamayo y Baus, Echegaray) se reparten el
favor del público. La poesía triunfante está hecha a medida de la sociedad
burguesa que consolidará la Restauración, y es prosaica, pomposa y falsamente
trascendente. Pero una notable porción de líricos se resistió a sumarse a esa
corriente, y además hallaban vacía y retórica la poesía de la lírica
esproncediana, la del apogeo romántico, que aún encontraban cultivada con gusto
general en autores como José Zorrilla. El Romanticismo que les atrae ya no es el
de origen francés o inglés, sino alemán, especialmente el de Heine, al que leen
en traducción francesa —en especial la de Gérard de Nerval— o española —de
Eulogio Florentino Sanz, amigo de Bécquer—. Estos autores forman el ambiente
prebecqueriano: Augusto Ferrán, Ángel María Dacarrete y José María Larrea. Todos
estos poetas buscaban un lirismo intimista, sencillo de forma y parco de
ornamento, refrenado en lo sensorial para que mejor trasluzca el sentir profundo
del poeta. Es una lírica no declamatoria, sino para decir al oído.
Las Rimas de Bécquer iban a ser costeadas y prologadas por su amigo, el ministro
de la Unión Liberal de O'Donnell, Luis González Bravo, pero el ejemplar se
perdió en los disturbios revolucionarios de 1868. Algunas sin embargo habían
aparecido ya en los periódicos de entonces entre 1859 y 1871: El Contemporáneo,
El Museo Universal, La Ilustración de Madrid y otros. El poeta, con esta ayuda,
con la de su memoria y la de sus amigos reconstruyó el manuscrito, que tituló
Libro de los gorriones y se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid. Más
tarde lo editarán sus amigos con un prólogo de Rodríguez Correa en dos volúmenes
con el título de Rimas y junto a sus Leyendas en prosa, en 1871, para ayudar a
la viuda y sus hijos. En sucesivas ediciones se amplió la selección. A partir de
la quinta la obra consta ya de tres volúmenes. Iglesias Figueroa recogió en tres
tomos Páginas desconocidas (Madrid: Renacimiento, 1923), con otra porción
sustancial del corpus becqueriano. Gamallo Fierros editó además en cuatro
volúmenes sus Páginas abandonadas. Jesús Rubio ha editado dos álbumes de Julia
Espín con textos y dibujos de Gustavo dedicados a su musa, a la que no olvidaría
nunca. Se trata de ochenta y cuatro composiciones breves, de dos, tres o cuatro
estrofas, muy raramente más, por lo general asonantadas con metros muy variados,
de acuerdo con la poesía romántica.
Bécquer solía repetir la frase de Lamartine de que «la mejor poesía escrita es
aquella que no se escribe». Es así en sus setenta y seis cortas Rimas breves
como arpegios, ya que concentró en ellas la poesía que hubiera querido verter en
numerosos poemas más extensos que no escribió. El influjo de Bécquer en toda la
poesía posterior escrita en castellano es importante, esbozando estéticas como
el Simbolismo y el Modernismo en muchos aspectos. Frente al Romanticismo
altisonante y byroniano de un José de Espronceda, Bécquer representa el tono
íntimo, al oído, de la lírica profunda. Su «Himno gigante y extraño» rompe con
la tradición de la poesía civica y heroica de Manuel José Quintana y los colores
vistosos y la historia nacional de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, o José
Zorrilla, para meditar profundamente sobre la creación poética, el amor y la
muerte, los tres temas centrales de las Rimas. Manuel Altolaguirre afirmó que la
poesía de Bécquer es la más humana del Romanticismo español. Esta rara
originalidad le valió el desprecio de Núñez de Arce, quien, acaso por su
ideología liberal contraria al tradicionalismo becqueriano, calificó sus Rimas
de «suspirillos germánicos». Pero Bécquer meditó profundamente sobre la poesía e
intentó reflejar el concepto inasible que tenía de la misma en las Cartas
literarias a una mujer, en forma de un largo comentario a la Rima XXI, concluida
en el verso «poesía eres tú». Un tú que podía ser también dañoso y cruel, como
demuestra la rima descubierta por José María Díez Taboada (véase bibliografía):
Serpiente del amor, risa traidora,
verdugo del ensueño y de la luz,
perfumado puñal, beso enconado...
¡eso eres tú!
Los modelos poéticos de Bécquer fueron varios; en primer lugar, Heine; W. S.
Hendrix señaló además a Byron y Dámaso Alonso a Alfred de Musset; también el
conde Anastasius Grün, y sus amigos poetas españoles, en especial Augusto Ferrán.
De todos hay rastros en su poesía.
Su idea de la lírica la expuso en la reseña que hizo del libro de su amigo
Augusto Ferrán La soledad:
Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte,
que se engalana con todas las pompas de la lengua que se mueve con una
cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a
su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su
hermosura. Hay otra, natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa
eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye; y desnuda de
artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las
toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía. La
primera tiene un valor dado: es la poesía de todo el mundo. La segunda carece de
medida absoluta; adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona:
puede llamarse la poesía de los poetas. La primera es una melodía que nace, se
desarrolla, acaba y se desvanece. La segunda es un acorde que se arranca de un
arpa, y se quedan las cuerdas vibrando con un zumbido armonioso. Cuando se
concluye aquélla, se dobla la hoja con una suave sonrisa de satisfacción. Cuando
se acaba ésta, se inclina la frente cargada de pensamientos sin nombre. La una
es el fruto divino de la unión del arte y de la fantasía. La otra es la centella
inflamada que brota al choque del sentimiento y la pasión. Las poesías de este
libro pertenecen al último de los dos géneros, porque son populares, y la poesía
popular es la síntesis de la poesía.
Pero, aparte de su importante lírica, Gustavo Adolfo Bécquer fue también un gran
narrador y periodista. Escribió veintiocho narraciones del género leyenda,
muchas de ellas pertenecientes al género del relato gótico o de terror, otras,
auténticos esbozos de poesía en prosa, y otras narraciones de aventuras. María
Rosa Alonso encontró en ellas siete temas principales:
- el oriental y exótico
- la muerte y la vida de ultratumba
- el embrujamiento y la hechicería
- el tema religioso
- las inspiradas en el Romancero
- las de tendencia animista.
Bécquer demuestra ser un prosista a la altura de los mejores de su siglo, pero
es de superior inspiración e imaginación y un maestro absoluto en el terreno de
la prosa lírica. En sus descripciones se echa de ver el profundo amor del poeta
por la naturaleza y el paisaje castellano. Escribió además las Cartas desde mi
celda en el Monasterio de Veruela, a las faldas del Moncayo adonde fue a
reponerse de su tuberculosis o tisis, enfermedad entonces mortal; sus cartas
desbordan vitalidad y encanto. No se ha estudiado todavía su obra periodística.
Bécquer es, a la vez, el poeta que inaugura —junto a Rosalía de Castro— la
lírica moderna española y el que acierta a conectarnos de nuevo con la poesía
tradicional. Las Rimas se encuadran dentro de dos corrientes heredadas del
Romanticismo: la revalorización de la poesía popular (que la lírica culta había
abandonado en el siglo XVIII) y la llamada «estética del sentimiento». El ideal
poético de Bécquer es el desarrollar una lírica intimista, expresada con
sinceridad, sencillez de forma y facilidad de estilo. Bécquer y sus Rimas son el
umbral de la lírica en español del siglo XX. Rubén Darío, Miguel de Unamuno, los
hermanos Antonio y Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Federico
García Lorca, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso y otros lo han
considerado como figura fundacional, descubridora de nuevos mundos para la
sensibilidad y la forma expresiva.
Bécquer como dibujante
Desde niño estuvo rodeado de lienzos y dibujos de su padre lo que hizo que
también se interesara por la pintura. Dijo que la pintura es un medio de
expresión hacia lo inefable, superando a la escritura.
Entre sus amistades siempre se le apreció su madera de dibujante y colaboró
varias veces con su hermano Valeriano. Destaca su gran técnica y refleja su
mundo interior. La vida y la muerte están entrelazados en la mayoría de sus
dibujos de sus serie Les morts pour rire. Bizarreries. Las escenas dibujadas
provocan la risa, el reírse de la muerte.
También realizó dibujos en donde representa sus mundos imaginarios reflejados en
sus Rimas y Leyendas.
Julia Espín también abarca gran parte de la obra pictórica de Bécquer,
reflejándola en distintas situaciones.
Obra
- Historia de los templos de España, Madrid, 1857, publicada sólo el tomo I.
- Cartas literarias a una mujer, 1860–1861, publicadas en El Contemporáneo.
- Cartas desde mi celda, Madrid, 1864, son nueve, publicadas en El
Contemporáneo, y reunidas posteriormente en la edición de Fortanet con el título
Desde mi celda.
- Libro de los gorriones, 1868, manuscrito.
- Obras completas, Madrid, Fortanet, 1871, 2 volúmenes.
Leyendas
- El caudillo de las manos rojas, 1858.
- La vuelta del combate, 1858. (Continuación de: El caudillo de las manos
rojas).
- La cruz del diablo, 1860.
- La ajorca de oro, 1861.
- El monte de las ánimas, 1861.
- Los ojos verdes, 1861.
- Maese Pérez, el organista, 1861.
- Creed en Dios, 1862.
- El rayo de luna, 1862.
- El Miserere, 1862.
- Tres fechas, 1862.
- El Cristo de la calavera, 1862.
- El gnomo, 1863.
- La cueva de la mora, 1863.
- La promesa, 1863.
- La corza blanca, 1863.
- El beso, 1863.
- La Rosa de Pasión, 1864.
- La creación, 1861.
- ¡Es raro!, 1861.
- El aderezo de las esmeraldas, 1862.
- La venta de los gatos, 1862.
- Apólogo, 1863.
- Un boceto del natural, 1863.
- Un lance pesado.
- Memorias de un pavo, 1865.
- Las hojas secas.
- Historia de una mariposa y una araña.
- La mujer de piedra, inacabada.
- Amores prohibidos.
- El rey Alberto.
Teatro
- La novia y el pantalón
- La venta encantada
- Las distracciones
- La cruz del valle
- Tal para cual
- Hoy salió sol
Artículos
- Crítica literaria
- El maestro Herold
- La soledad
- El Carnaval
- La Nena
- Las perlas
- La mujer a la moda
- La pereza
- La ridiculez
- Caso de ablativo
- El grillito cantor
Notas
- Durante un cuarto de siglo (y en algunos casos hasta ahora mismo) se ha venido
identificando a la misteriosa dama de Valladolid con ese nombre. Ello porque el
crítico literario F. Iglesias Figueroa consiguió engañar durante décadas a los
estudiosos de Bécquer al publicar, entre 1923 y 1929, trece supuestas nuevas
rimas del poeta donde se la mencionaría, y hasta alguna carta de un amigo en la
que citaba a la amante con ese nombre. Ya en 1950 J. Frutos Gómez de las
Cortinas dio la voz de alarma sobre el posible fraude, en "La formación
literaria de Bécquer", Revista Bibliográfica y Documental IV, ene-dic 1950,
págs. 77 a 99, según el cual 10 de las 13 rimas serían apócrifas. Pero el golpe
de gracia lo daría en 1970 Rafael Montesinos, en "Adiós a Elisa Guillén", Ínsula
nº 289, 15-12-1970, págs. 10-12, y en otros trabajos posteriores. Sobre todo
ello véase, por ejemplo, el artículo de M. Palenque en Memorias, Consejo
Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1979, págs. 77 y ss..
- Casta Esteban publicó en 1884 una colección de doce cuentos, Mi primer ensayo.
Colección de cuentos con pretensiones de artículos, agregando a su firma su
condición de viuda del poeta. Algunos de ellos se consideran autobiográficos, y
en uno posiblemente refleja una infidelidad de ella estando aún casada. Cf. C.
A. Rizos Jiménez, "Sobre un ensayo de ensayo: Mi primer ensayo de Casta
Esteban", Scriptura 14, 1998 (Ejemplar dedicado a: El ensayo contemporáneo),
págs. 65-72.
- http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01472846433594995554480/p0000007.htm
- http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01472846433594995554480/20152_p060.jpg
- Es una curiosidad que desde hace muchos años el monumento funerario bajo el
que descansan ambos hermanos recibe cientos de mensajes que depositan allí
anónimos admiradores del poeta, especialmente adolescentes (reportaje de la
Universidad de Sevilla, 15–9–2010).
- Edición digital en CVC Consultado el 15 de julio de 2012
- La poética dialógica de Bécquer
Bibliografía
- GONZÁLEZ ARIZA, Fernando (2007). Bécquer, el romántico. Madrid. Editorial:
Nivola. Colección Sabelotodos. ISBN 978-84-96751-11-8
- ROBLES, Francisco (2004). Poesía eres tú: Bécquer, el poeta y su leyenda.
Editorial: Signatura de Poesía. ISBN 84-96210-27-8
- DÍEZ TABOADA, José María, (1981) «Textos olvidados de Gustavo Adolfo Bécquer;
una nueva rima y una nueva versión», Revista de Literatura, XLIII, 86, pp.
63–83.
- PAGEARD, Robert, (1990) Bécquer, leyenda y realidad, Madrid: Espasa-Calpe.
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