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Resumen: Nacimos pobres. Con el rictus de resignacion bordado en la cara. Mi padre era hachero, bebedor y de un genio hosco. Mi madre, una medio mulata cuya unica aspiracion era dejar de tener hijos por la gracia de Dios...
Publicación enviada por María del Carmen Baroni
Nacimos pobres. Con el rictus de resignación bordado en la cara. Mi padre era
hachero, bebedor y de un genio hosco. Mi madre, una medio mulata cuya única
aspiración era dejar de tener hijos por la gracia de Dios. Éramos muchos
hermanos. Ya no me acuerdo cuántos; y es que un buen número murió a poco de
nacer. Sí recuerdo que en los largos inviernos y en las noches que el agua caía
a cántaros, dormíamos como podíamos, amontonados, sobre cueros desparramados en
el único cuarto de tierra apisonada; que era uno de los dos que tenía el rancho,
porque el otro era la cocina, donde siempre había fuego prendido y un caldero
que se hacía más negro según pasaban los años.
Mis hermanos más pequeños iban y venían en el patio raleado que se abría desde
la única puerta de la casa. Algunos gateaban; otros se acostaban juntos sobre
los espejos de hierbas, mirando al cielo y reinventando continuamente juegos que
consistían más que nada en revolcarse o pegarse, con la imaginación prendida en
recreaciones de ladrones, aparecidos o cucos monstruosos. Estaban casi siempre
sucios, pero eso no les importaba. En los veranos, cuando el calor selvático nos
anestesiaba la razón, caíamos donde el sueño nos apuraba, y nos quedábamos
tirados en cualquier sombra, con la única preocupación de ponernos a distancia
de las moscas. Nuestra vida se sucedía según las estaciones, que sabemos que
están, que existen, pero que van desplegándose lentamente una tras otra, y que
su aparición no es un día determinado, sino una sucesión de minúsculos
movimientos de la naturaleza que las van ocultando y descubriendo,
alternativamente. Nos acostumbramos a esa modorra de nuestra existencia, sólo en
algún punto trastornada por las idas y venidas de mi padre al monte. En esas
ocasiones, que ocurrían con regularidad cada fin de semana, la tranquilidad
quedaba a expensas del ánimo que en él despertaba el alcohol. No es que nos
maltratara decididamente, pero según la borrachera que le tocara en suerte,
gritaba, maldecía en general, a todo el mundo, salmodiaba cosas inteligibles
durante horas o dormía como un muerto y en este único caso, todos nosotros
respirábamos aliviados y seguíamos ocupándonos de nuestros asuntos. Así, todo
seguía su curso. Mi madre paría, lloraba a sus hijos muertos y se ocupaba como
podía, de los que seguían vivos. Yo siempre fui el mayor, hasta que nació Inés.
Fue la última de la retahíla de hijos que mi madre estaba dispuesta a dar.
Después de ese parto, su cuerpo pareció amartillarse en la negación de dar más
vidas y se secó, como único acto de rebeldía frente a lo que no sabía cómo
evitar.
Por esa época yo empecé a ir al monte con mi padre y recuerdo a mi hermana como
en postales sucesivas pero distintas: berreando en la cunita de caña por la que
habíamos pasado todos nosotros, gateando sobre los cueros dispersos en el piso,
dando sus primeros pasos de la mano de quien anduviera cerca de ella, y a partir
de un día, no se cuándo, la ví, casi mujer, envuelta en un halo que se me antojó
extraño, nada familiar. Ella se dio cuenta de mi descubrimiento y eso nos
acercó. Como si un hilo finísimo nos hubiese conectado, empezamos a sentir una
especie de comunicación profunda que, aún siendo tan distintos y tan distantes
uno del otro, nos mantenía en la certeza de estar intuyéndonos.
Ninguno en la familia era conversador. Ni siquiera recuerdo a los más chicos
hablando demasiado. El monte hace taciturno al humano. Y en esa consonancia con
la naturaleza, nuestro código no era precisamente la palabra, sino otras cosas:
los imprescindibles monosílabos, los gestos y en particular, la mirada. Eso fue
precisamente lo que me conectó con Inés y lo que me distanció a la vez, como a
todos los demás. Inés no era bella, más bien tenía rasgos muy comunes, de esos
que no distinguen a una mujer de ninguna otra. Pero sus ojos eran la viva
expresión de una persona adulta, resuelta, intensa. No me avergüenza decir que
me infundía respeto, que las más de las veces su mirada penetrante me hacía
bajar la mía hasta un punto imaginario del suelo. Aún así, me solazaba en la
cálida contemplación de su alma insondable. A su vez, ella, comprendiendo mi
ofuscación, me sonreía como a un niño que anhela la atención de los mayores. A
veces, sin embargo, me miraba como pidiéndome auxilio, como si su instinto de
supervivencia estuviera atenazado por fuerzas oscuras que trataban de
arrastrarla hacia algún abismo. En esas ocasiones yo sentía que acudía a mí como
el hermano mayor. Y por un momento me enorgullecía esa sensación de que me viera
por encima de sus pesares. Pero inmediatamente caía en la cuenta de que mis
posibilidades de llegar al fondo de aquellas turbulencias secretas era
imposible.
Una noche no la ví más. Se había ido sin decir palabra. Perturbado por su falta,
salí a buscarla. Recorrí las aguadas, los senderos del obraje y más allá de los
límites del quebrachal donde es preciso abrir picadas. Pregunté a los hachadores
y a los puesteros que encontraba a mi paso. Unos creían haberla visto correr
hacia la laguna como escapando de un perseguidor; otros, hacia la cañada. Iba y
venía siguiendo pistas imprecisas. Loco de furia y de desasosiego me senté junto
a un alambrado que coronaba el único camino que llevaba al norte, y de repente,
mientras trataba de normalizar el aliento desordenado por el cansancio, me di
cuenta de que estaba enamorado. Y me perdí. A partir de allí inicié un viaje sin
retorno, un viaje a tiempos laberínticos de la conciencia. Ya no pensé en el
rancho, los padres, ni Dios, ni nada. Caminar fue mi voluntad y sacrificio,
siguiendo un espejismo de rastros y olores. Poseído por el deseo infernal de
encontrarla, me interné en el brutal desenfreno de vivir azuzándola en cada
árbol, cada camino, cada tranquera. “-Inés, Inés, Inés…”- El tiempo transcurría
sin que me percatara de ello. Pasaron años. Recorrí miles de kilómetros como un
pordiosero, afiebrado, llagado, balbuciente. A cambio de un plato de comida
junté leña, coseché algodón, fabriqué hornos de barro, removí la tierra, hice
huertas y fosos, cavé tumbas, despeñé solares. No tuve nombre, ni pasado, ni
destino. Olvidé de dónde había venido y cuál era el lugar al que quería ir. No
supe qué hacer con mi propio cuerpo. Y no lo sentí más. Me volví liviano,
espiralado. Escuché voces, crujidos, ecos y rumores de almas sin reposo. Tuve
miedo y grité. Alguien a mi lado me habló: “-Hace tiempo que esperamos que
reacciones. Tranquilo. No estás solo. En este lugar todos expiamos los amores
condenados. La Inés que clamabas con ardor, es el ángel travestido que enreda a
los elegidos.”
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