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El control de los eventos geomorfológicos catastróficos

Resumen: Los eventos geomorfológicos catastróficos son aquellos que implican grandes pérdidas humanas y materiales. Pueden clasificarse de acuerdo con el grado de ocurrencia anual en frecuentes, ocasionales y esporádicos. Los frecuentes incluyen principalmente a las inundaciones y a las nocivas consecuencias de los procesos geomórficos asociados (erosión, movimientos de masas, sedimentación)...

Publicación enviada por Jesús Enrique Santiago




 


Resumen
Los eventos geomorfológicos catastróficos son aquellos que implican grandes pérdidas humanas y materiales. Pueden clasificarse de acuerdo con el grado de ocurrencia anual en frecuentes, ocasionales y esporádicos. Los frecuentes incluyen principalmente a las inundaciones y a las nocivas consecuencias de los procesos geomórficos asociados (erosión, movimientos de masas, sedimentación). Los eventos ocasionales son los que ocurren con menor frecuencia que los anteriores, tales como los terremotos y erupciones volcánicas. Y los eventos esporádicos son los que poseen una menor probabilidad de ocurrencia, como son los impactos de cuerpos extraterrestres. Los eventos naturales más frecuentes tienden a ser más controlables mediante obras de ingeniería como, por ejemplo, represas, muros y canales. Pero aún no existen las maneras de controlar procesos como las erupciones volcánicas y los terremotos, con los que apenas se toman las precauciones necesarias. Con los eventos esporádicos se cuenta con la tecnología para evitarlos, pero aún el planeta carece de un sistema de defensa ante el impacto de meteoros.

Introducción
El presente trabajo tiene por objetivo, primeramente, definir los eventos geomorfológicos catastróficos, y, en segundo término, describir las distintas formas de controlarlos, desde las más simples hasta las más sofisticadas. Se hace además un análisis sucinto sobre los eventos de este tipo difíciles de ser controlados y sobre los modos en que las comunidades pueden salvarse ante el poder destructivo de sus manifestaciones. Para tales efectos se han utilizado referencias clásicas sobre la ciencia que estudia los procesos que dan lugar a las formas del relieve terrestre, así como de una serie de informaciones de gran interés y actualidad tomadas de Internet. La importancia de considerar este tipo de problemas es que anualmente representan grandes pérdidas humanas y materiales, sin discriminar a ningún país, pero afectando principalmente a las naciones más pobres.

Definición de los eventos geomorfológicos catastróficos
Dentro de la variedad de eventos geomorfológicos catastróficos, es decir, aquellos que tienden a ocasionar grandes pérdidas materiales y humanas, se observa de forma general que hay tres grandes grupos según el grado de ocurrencia: 1) frecuentes, 2) ocasionales y 3) esporádicos.

Los eventos frecuentes son los que ocurren en múltiples lugares de la superficie terrestre a lo largo del año; dentro de tales podemos señalar principalmente las crecientes fluviales y los procesos de carácter nocivo como la erosión, los movimientos de masas de las vertientes y la sedimentación. Es de destacar que el agente más importante en este caso es la precipitación, la que pasa a alimentar las cuencas de drenaje e, inclusive, a formar parte de las aguas de infiltración, lo cual, puede acarrear, en caso de lluvias intempestivas, grandes movimientos de tierras como son las coladas de barro o lavas torrenciales. Las fuertes precipitaciones pueden tener su origen en eventos meteorológicos de diversa intensidad tales como las tormentas o huracanes que en ocasiones logran penetrar hacia tierra firme. Como un ejemplo concreto, la tragedia del estado Vargas (costa central de Venezuela) a finales de 1999, tuvo lugar gracias a un “coletazo” de una tormenta sobre aguas del Caribe. Las fuentes oficiales indican la pérdida de aproximadamente 16.000 vidas; sin embargo, otras fuentes afirman que pudieron ser más de 25.000 muertos (Bolívar Films, s/f).

Los eventos ocasionales son aquellos que pueden presentarse cada año, pero en menor cantidad de localidades, como es el caso de los terremotos. Es posible que parte de ellos tengan manifestación al paso de varios años, como sucede con las erupciones volcánicas violentas. En la ocurrencia de algunos de estos fenómenos pueden desencadenarse también procesos como las inundaciones y los movimientos en masa de las vertientes. Un maremoto o también una erupción volcánica, por ejemplo, pueden dar lugar a una inundación a través de la formación de un tsunami u ola gigante, la cual será capaz, dependiendo del tamaño, de penetrar varios kilómetros desde la línea costera hacia tierra firme. Tristemente célebre fue el resultado del maremoto y las consiguientes olas gigantes que devastaron el sureste de Asia a finales del año 2004, donde los tsunamis acabaron con la vida de más de 11.500 personas (elperiodicoextremadura.com, 2004).

El terremoto registrado más fuerte de la historia, con 9,5 puntos en la escala de Richter, ocurrió en Chile en el año 1960 (5.000 muertos); mientras que el más mortífero sucedió en el mar Mediterráneo, norte de Egipto, en el año 1201, el cual causó la muerte de 1.100.000 personas (anfrix.com, 2007).

Las sacudidas de un terremoto, además de hacer colapsar las estructuras creadas por el hombre, pueden desencadenar potentes movimientos de tierras, principalmente en terrenos montañosos constituidos por rocas fracturadas, idealmente preparadas para su desplazamiento ladera abajo. El rebosamiento de una laguna o embalse en una montaña a causa de deslizamientos de tierras y/o de hielo, puede ser motivo de una potente avalancha a lo largo de un valle. La erupción de un volcán coronado de hielo puede ser igualmente la causa de una colada de barro, tal como sucedió en el poblado colombiano de Armero en el año 1985, el cual quedó sepultado con una capa de barro de varios metros de espesor cegando la vida de aproximadamente 25.000 personas (wikipedia.org, 2009.a).

Los volcanes se hacen más peligrosos cuando el tipo de actividad es altamente explosiva, tal como los tipos peleano y vulcaniano, según la clasificación de Lacroix (Derruau, 1991). Algunas manifestaciones de los volcanes, como la mera emisión de cenizas depositadas hacia sotavento, pueden ser motivo de incomodidad y desalojo de comunidades enteras. La explosión de una isla volcánica puede desencadenar un tsunami de nocivas consecuencias para las comunidades humanas que habitan en las costas. La ignorancia de las comunidades que habitaban en torno a volcanes próximos a hacer erupción en tiempos pasados, traía como consecuencia la ocurrencia de miles de víctimas. Quizás dentro de los casos más famosos están las tragedias de Pompeya y Herculano en el año 79 D.C., con unas 15.000 muertes (Ruiz, 2006); y no muy lejos de la actualidad, la destrucción de San Pedro, Martinica, en el año 1902, con unos 30.000 fallecidos (Derruau, Op. cit.).

Los eventos esporádicos son aquellos que poseen una muy baja probabilidad de ocurrencia; tales como los procesos extraterrestres señalados por Thornbury (1969), los cuales son creadores de astroblemas o cráteres meteóricos, muy escasos sobre la superficie de la tierra debido al papel de los procesos externos como la meteorización, la erosión y los movimientos de tierras; sin dejar de lado el efecto protector de la atmósfera, donde los meteoros más pequeños, por fricción, se encienden y evaporan. La tierra es susceptible de sufrir impactos de cuerpos extraterrestres como cometas, asteroides y meteoroides (bloques pequeños). Uno de los cráteres meteóricos más famosos es el Barringer, ubicado en Arizona (Estados Unidos), creado por el impacto de un objeto de unos 50 metros de diámetro. Este cráter posee un diámetro de 1.200 metros y 170 metros de profundidad (Thornbury, Op.cit.).

Se atribuye al impacto de un asteroide la extinción de los dinosaurios a finales del Cretáceo; se estima incluso que para entonces se extinguió el 60% de las especies del planeta (www.redesgeo.org, 2009). Esto se debe a una serie de consecuencias como: terremotos, incandescencia de la atmósfera alrededor del foco, ondas expansivas, levantamiento y lluvia de escombros, supertsunamis, oscurecimiento y disminución global de las temperaturas. El único evento de este tipo que reporta la muerte de un número desconocido de personas (nativos nómadas), ocurrió en Tunguska, al oriente de Siberia, en el año1908, tras la explosión o desintegración en el aire de un objeto rocoso cuyo diámetro se estima de 20 metros, arrasando con 2.000 km² de vegetación boscosa. Se calcula que durante el fenómeno se produjo una energía equivalente a 1.000 bombas nucleares de Hiroshima (felixtapia.org, 2008). Según estimaciones de la NASA, este tipo de impactos tienen la probabilidad de ocurrir una vez cada 100 años.

La hipótesis del científico Gregory Ryskin sugiere la posibilidad de que algunas veces se produzcan erupciones cataclísmicas de gas metano acumulado en ambientes submarinos de aguas tranquilas. Estas explosiones, según dicho autor, han podido en tiempos remotos ser responsables de extinciones masivas como la del Cretácico superior (Rizzo, 2008).

El control de los eventos geomorfológicos catastróficos
Los eventos frecuentes como las crecientes de los ríos y los procesos geomorfológicos asociados (erosión, transporte y sedimentación), han sido desde tiempos remotos controlados por métodos sencillos como la simple construcción de muros de contención, algunas veces elaborados con materiales poco consistentes como empalizadas o, si no, a través del uso de fragmentos rocosos, ladrillos o con otros materiales. Junto a los muros o empalizadas puede también sembrarse algún tipo de plantas que estabilicen el suelo y protejan la estructura de la erosión creada por la corriente. Una de las formas más costosas requiere de la utilización de estructuras de cemento y acero, rigurosamente diseñadas por profesionales de la ingeniería civil, atendiendo aspectos como los caudales y niveles máximos de los cuerpos de agua de acuerdo con los períodos de retorno. La canalización de un río es una tarea aún más costosa que la mera construcción de muros, ya que esto implica que el agua circule por un cauce artificial de cemento u otros materiales. Además, un canal artificial requiere de un constante mantenimiento a causa de factores como la sedimentación en el fondo, lo que pudiera implicar en el futuro una circulación deficiente del agua (Fig. 1).


Fig. 1. Distintas formas para controlar las inundaciones: 1) Reforestación, 2) represas, 3) canalización y 4) malecones; estos últimos se aplican para evitar el desborde de los ríos, así como para amortiguar la violencia del oleaje durante las tormentas. Imágenes tomadas de: log.reforestamosmexico.com, covenpre.org, saitec.es y blogcimarron.com

Los interfluvios carentes de vegetación pueden traer como consecuencia un rápido escurrimiento en forma de arroyada y, a la vez, un rápido incremento del caudal de un río determinado, lo que ocasiona la inundación de los sectores bajos de la cuenca de drenaje correspondiente. Este problema puede ser solventado mediante la reforestación, ya que a través de la vegetación se incrementa la infiltración de las aguas de lluvia y, simultáneamente, se reduce notablemente la formación de aguas de escorrentía (Strahler y Strahler, 1989); se reduce también la erosión o pérdida de suelo y se disminuye la carga de sedimentos que viaja a través de los ríos.

Otro método que sirve para retrasar la escorrentía y evitar así el flujo excesivo de sedimentos hacia los sectores bajos de las cuencas de drenaje, consiste en la construcción de represas, lo cual puede generar otros beneficios como agua para la agricultura, para el consumo en los centros poblados o para producir electricidad..

Igualmente, los procesos de movimientos de tierras pueden controlarse estabilizando las vertientes mediante métodos económicos como la reforestación; aunque hay veces que se requiere de la construcción de muros de contención o de la aplicación de espesas capas de cemento, como sucede sobre algunos cortes de carreteras que presentan alta inestabilidad.

En muchos casos es difícil detectar la ocurrencia de un movimiento de tierras, puesto que bajo la superficie puede haber aspectos geológicos desconocidos, tales como litologías con propiedades plásticas y/o planos de estratificación o fracturas inclinadas de forma paralela a la vertiente. Esta situación se complica si en el sitio ocurren sismos, lluvias irregulares y actividades antrópicas descontroladas.

Cuando no hay maneras de controlar la arremetida de un evento natural poderoso, una de las formas de evitar las pérdidas humanas es mediante los llamados de alerta de la población. Para esto las comunidades deben estar preparadas sobre qué es lo que deben hacer ante la inminencia de hechos como las inundaciones y los flujos de detritos. Al respecto, si se hubiera seguido este principio, las inundaciones no hubiesen cobrado tantas vidas en el estado Vargas (Venezuela) a finales de 1999.

Los eventos catastróficos ocasionales son difíciles de controlar con la tecnología del presente. A lo sumo, lo que puede hacerse es aprender a vivir junto a ellos tratando de disminuir sus efectos nocivos. El escritor de ciencia ficción y divulgador científico Isaac Asimov, planteaba la idea de “lubricar la tierra”; es decir que mediante la lubricación de las fallas se podría evitar la ocurrencia de desplazamientos bruscos entre bloques rocosos y, a la vez, los terremotos. En la imaginación las soluciones pueden ser simples, pero en la realidad pueden acarrear bastantes complicaciones. Para el caso de los terremotos, hasta ahora ha sido difícil pronosticarlos. Pero al menos se cuenta con la distribución geográfica de la sismicidad, lo cual no deja de ser útil a la hora de planificar el uso de la tierra, con particular interés en la localización y el diseño de obras de infraestructura.

Los tsunamis, ocasionados por maremotos o por erupciones volcánicas, son fenómenos que apenas pueden controlarse mediante la construcción de murallas lo suficientemente altas y resistentes ante el impacto de olas gigantes promedio (para olas más altas no habría ningún remedio). Uno de los problemas ante estas soluciones es el costo, principalmente para aquellos países carentes de recursos económicos. Como otra salida al problema, la ocurrencia de maremotos con epicentros lejanos, brinda la oportunidad de dar voces de alarma en las poblaciones costeras; pero, en caso de epicentros cercanos, las dichas voces no servirían de nada.

Tal vez Japón sea el país más preparado en la construcción de obras antisísmicas, así como en la educación de la población a la hora de ser afectada por los terremotos. Sin embargo, en el año 1995, la ciudad de Kobe fue afectada por un sismo de 6,8 grados en la escala de Richter, ocasionando más de 6.000 muertos y un altísimo costo en pérdidas materiales (wikipedia.org, 2009.b). Una de las consecuencias más nefastas fueron los incendios.

De la misma manera, son muy difíciles de controlar las erupciones volcánicas. Sin embargo, en Italia ha habido veces en que se han bombardeado los cráteres de volcanes en erupción, con la finalidad de evitar el taponamiento y las consiguientes explosiones, lo cual hasta cierto punto es una emulación de lo que hace en su planeta uno de los personajes creados por el escritor francés Antoine de Saint Exupery. Hoy en día, a diferencia de los tiempos de la destrucción de San Pedro (Martinica), se cuenta con la tecnología para anticipar la pronta ocurrencia de una erupción violenta, lo cual da pie para que las comunidades aledañas sean evacuadas. Gracias a eso las erupciones del Saint Helen (EUA) y del Pinatubo en Filipinas no acarrearon pérdidas humanas significativas como en los casos más antiguos.

La tecnología del futuro se concentrará seguramente en ver cómo se facilita el escape al exceso de energía confinado bajo los volcanes de actividad explosiva, lo que hace suponer la abertura de un número determinado de conductos que hagan las veces de las llamadas chimeneas adventicias.

Por otra parte, a pesar de que se cuenta con suficientes conocimientos y tecnología, hasta ahora la humanidad carece de un sistema de defensa para evitar los eventos catastróficos esporádicos como son los impactos de meteoros. Los observatorios espaciales de distintas partes del mundo se han dado a la tarea de monitorear el espacio en busca de objetos extraterrestres peligrosos. Una gran cantidad de dichos objetos han sido ubicados y definidas sus trayectorias, sin embargo nadie da por seguro de que el planeta esté completamente libre de la incursión de algún meteoro.

El asteroide más importante al respecto se conoce con el nombre de Apophis, de unos 250 metros de diámetro. Se estima que para el año 2029 se acercará a la tierra a unos 30.000 km de distancia, pero que para el año 2036 habrá ciertas posibilidades de impacto (Bisi, 2009); incluso se ha definido de forma aproximada la ruta probable de la colisión sobre la tierra, de la que quedaría un cráter del tamaño de Uruguay (Fig. 2). La idea para evitar esta posibilidad consiste en enviar naves espaciales que se encarguen de desviar la trayectoria de dicho cuerpo celeste. La Agencia Espacial Europea ha seleccionado a través de un concurso el Proyecto Don Quijote (EFE, 2004), el cual plantea el envío de una misión consistente de dos naves, una de las cuales se estrellará contra el asteroide con el fin de empujarlo y modificar su trayectoria, mientras que la otra nave se encargará de registrar los efectos tras el impacto de la primera (Fig. 3). También han salido a relucir a través de los medios de comunicación otra serie de ideas interesantes con el mismo objetivo.


Fig. 2. Ruta estimada del posible impacto del asteroide Apophis en el año 2036. Nótese que podría impactar sobre Venezuela y Colombia al norte de Suramérica. Tomado de Bisi (2009).


Fig. 3. Visión artística del objetivo del Proyecto “Don Quijote”: una nave se estrella contra el asteroide Apophis para desviarlo, mientras que la otra nave registra los hechos. Tomado de: s3.amazonaws.com

Conclusiones
1. Hasta los momentos, el hombre tiene una mayor capacidad de control para los eventos geomorfológicos catastróficos más frecuentes; sin embargo, en muchos casos, el control es difícil debido a aspectos como la magnitud de los fenómenos y a las dificultades, en muchos casos, para pronosticarlos.
2. La tecnología del presente no alcanza para controlar algunos de los eventos geomorfológicos catastróficos, principalmente aquellos que tienen su origen en el interior de la tierra (terremotos y erupciones volcánicas). Lo que hasta ahora se puede hacer es aprender a vivir junto ellos como para disminuir las pérdidas humanas y materiales.
3. A pesar del conocimiento y de la tecnología espacial del presente, el ecosistema terrestre se halla expuesto ante la repentina arremetida de algún cuerpo extraterrestre de dimensiones peligrosas; por lo cual se hace necesaria la creación de un sistema que haga las veces de escudo antimeteoros del planeta.

Referencias
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http://felixjtapia.org/blog/2008/06/30/a-un-siglo-de-la-explosion-en-tunguska-los-cientificos-se-preocupan-por-el-asteroide-apofis/ A un siglo de la explosión de Tunguska los científicos se preocupan por el asteroide Apophis. [Consulta: 2009, agosto 6].

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Ruiz, H. (2006). Pompeya. Volcanes: fugas de fuego primigenio. Disponible: http://www.portaleureka.com/content/view/258/65/lang,es/ [Consulta: 2009, agosto 4].

Rizzo, H. (2009). Metano: la gran mortandad. Disponible: http://www.astroseti.org/imprime.php?num=636 [Consulta: 2009, agosto 8].

Strahler, A. y Strahler, N. (1989). Geografía Física. Ed. Omega, 3ra Ed. Barcelona.

Thornbury, W. (1969). Principles of geomorphology. John Wiley & Sons, 2nd Ed. New York.

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