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Escuela y sociedad

Resumen: La educación, uno de los fenómenos humanos más complejos, se halla continuamente como centro o diana de críticas, análisis, debates, evaluaciones... que no hacen sino confirmar la complejidad de la misma y la manipulación interesada con la que muchos hablan sobre ella...

Publicación enviada por Luis Fernando López Silva




 


La educación, uno de los fenómenos humanos más complejos, se halla continuamente como centro o diana de críticas, análisis, debates, evaluaciones... que no hacen sino confirmar la complejidad de la misma y la manipulación interesada con la que muchos hablan sobre ella.

Hoy día, donde los sistemas escolares están entroncados en el principio de las escuelas eficaces (impulsadas tras el Informe Coleman) enfocada a los resultados, quisiera recordar este famoso Informe sobre la igualdad de oportunidades educativas, haciendo eco de sus conclusiones sobre el nulo o mínimo influjo de la escuela, el profesor y la enseñanza en el rendimiento de los alumnos frente a otras variables sí muy troqueladoras como el nivel socioeconómico y cultural de los estudiantes y sus familias, la etnia, los conocimientos previos del alumnado y las nuevas redes sociales de información y comunicación (televisión, Internet…)

A raíz de estas conclusiones aun sin interpretarlas con su máximo rigor, muchos políticos de la educación deberían releerse este informe y decidir y actuar en consecuencia, ausentando las muchas reformas educativas que al partido político de turno le conviene y, sí ejercer una verdadera y continua presión de cambio justo y desarrollo económico y social en la sociedad.

El problema del fracaso escolar, fundamentalmente, no se juega en las escuelas y no deseo exonerar a la escuela de toda responsabilidad, porque la escuela sí importa, sino que se juega mayoritariamente en el seno de la misma comunidad, basamento dónde se estructuran las interpretaciones y relaciones humanas.

Entonces, por mucho que reformemos y reestructuremos nuestros sistemas escolares a base de leyes y decretos y, nada hagamos por el cambio hacia sociedades más equitativas, comprensivas y cultas, todo será tiempo, esfuerzo y dinero perdido. Y la escuela tiene mucho que decir y hacer aquí.

Los políticos deberían ser los primeros en acoger este giro y proyectar políticas pedagógicas que enseñen el rumbo hacia una cohesión social justa y tolerante por convicción ciudadana.

Desde siempre, Familia, Iglesia y Estado han tratado de reivindicar la educación como una agencia particular para su propia supervivencia, convencidos del gran poder socializador de la educación. Pero no obstante, todas estas instituciones socializadoras han pretendido por un lado la integración social, y por otro, la autonomía individual, fines claves de la educación, aunque siempre desde sus visiones particulares. Por ello, es preciso un pacto educativo transversal que recorra, armonice y de cabida a todas las partes que influencian la educación, estableciendo un marco educativo democrático y atemperador de las corrientes doctrinales que tanto daño hacen a la educación que enseña a pensar.

Entretanto, la educación es un término tan vaporoso y manipulado a través del tiempo que mucha de la jerga educativa que se usa hoy día en los departamentos escolares se ha vaciado de sentido, perdiendo el rumbo natural y el volumen de memoria colectiva que la educación necesita para aposentarse en las almas humanas. Nuestras sociedades cambiantes y ultrarrápidas ayudadas por la tecnología no tienen momento de reposo y el olvido de la cultura es la moneda de cambio más frecuente, sin tener en cuenta que la cultura representa una forma común de percibir e interpretar la realidad en la que estamos inmersos. De este modo, la educación encarna la esperanza de contener ese olvido cultural y regenerarlo a través de la palabra.

La educación como integración social contiene a su vez otras dimensiones como son la reproducción social versus la innovación. Estas dos funciones necesarias para la educación han de conjugarse inteligentemente, ya que la tradición hay que transmitirla para asegurar la identidad histórica humana, al par que introducir elementos innovadores para no convertirse en sociedades inoperantes y caducas.

Así, la pérdida de capital cultural en nuestras escuelas e instituciones sociales es otro de los motivos del fracaso escolar, ya que existe una falta de comprensibilidad de los aprendizajes recibidos, que en parte se deben al cada vez menor dominio de las técnicas instrumentales básicas (leer, escribir y calcular) por parte de los alumnos y que encadena otros motivos de frustración escolar que repercuten directamente sobre la baja cualificación profesional y la felicidad socio-personal de los sujetos.

Por otro lado, la ideología utilitarista de los contenidos escolares expresados vía currículum acercan cada vez más la educación a una dinámica mercantil, por otro lado necesaria para optar a una oferta de empleo, tras la merma continua de los puestos de trabajo a escala mundial y la primordial necesidad de ingresar dinero para atender las necesidades básicas. De esta manera, los principios y fines clásicos de la educación están sufriendo una transformación de dimensión antropológica y social sin precedentes, que está anulando la capacidad crítica, la voluntad altruista, la tolerancia, el humanismo ilustrado y el concepto de interés público y general que emana de toda buena y digna educación que pretenda enseñar el concepto educativo de “bienser”.

No en vano, el denominado “Plan Bolonia” que pretende una reforma de la universidad a nivel europeo se halla en una encrucijada de varios enfoques; por un lado, seguir la dictadura de la pragmacia tecnocapitalista imperante, empeñada en expedir títulos profesionales a base de aprobar asignaturas de tipo libresco; por otro lado, impulsar una universidad que se abra al mundo de la cultura, fomente la libertad de pensar y para pensar, es decir, perseguir el ideal de la Ilustración en todas la dimensiones humanas; o bien, una síntesis de los enfoques anteriores, una conjugación inteligente que incluya el necesario paradigma utilitarista junto con el paradigma crítico-cultural para que ambos contrarresten sus visiones más doctrinarias y alcancen puntos comunes para forzar una evolución social justa y solidaria.

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