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Investigar la ciudad para entenderla y vivirla

Resumen: La ciudad es una idea que vamos convirtiendo en referencia de lo que hacemos, somos y soñamos. Es algo más que un simple objeto que permite relaciones, movimientos y tiempos. Es que no obedecemos a una planeación ni a un mero ejercicio de normas sino a una condición de ciudadanía, a un Laberinto sentimental (en la teoría de José Antonio Marina) donde la otredad es la referencia obligada para entender nuestra espacialidad y temporalidad, ya que, sobre el aquí (en esto que establece los niveles de realidad), está presente el yo mismo (el self) y su relación inevitable con la diferencia.(V)

Publicación enviada por José Guillermo Ángel R.




 


Revista de Comunicación Social.

(Un ensayo sobre la complejidad y la ilusión)

“Al revestirse de significados la realidad se vuelve interesante, atractiva, repelente y, sobre todo, innumerable. Hay muchas cosas que ver, oír, hacer y contar...”.

                                                   José Antonio Marina. El laberinto sentimental.

“En la plaza de los mercaderes de ahumados, una mujer en cinta aborda a Jayyám. Apenas tiene quince años y lleva el velo levantado. Sin una palabra, sin una sonrisa en sus labios ingenuos, le quita de las manos un puñado de almendras tostadas que acaba de comprar. El paseante no se asombra, es una antigua creencia en Samarcanda: cuando una futura madre encuentra en la calle a un forastero que le agrada, debe atreverse a compartir su alimento, así el niño será tan hermoso como él, tendrá su misma silueta esbelta y los mismos rasgos nobles y regulares”.

Amín Maalouf. Samarcanda.   

Entrada en la ciudad:

La ciudad es una idea que vamos convirtiendo en referencia de lo que hacemos, somos y soñamos. Es algo más que un simple  objeto que permite relaciones, movimientos y tiempos. Es que no obedecemos a una planeación ni a un mero ejercicio de normas sino a una condición de ciudadanía, a un Laberinto sentimental (en la teoría de José Antonio Marina) donde la otredad es la referencia obligada para entender nuestra espacialidad y temporalidad, ya que, sobre el aquí (en esto que establece los niveles de realidad), está presente el yo mismo (el self) y su relación inevitable con la diferencia. La ciudad, entonces, es un acontecimiento donde nos encontramos con un yo que se construye en  relación con el otro y lo otro. De aquí la necesidad de tolerar la ciudad, es decir, de conocerla en todos sus resquicios y manifestaciones, en la variedad de sus ciudadanos y en la historia que ha hecho posible que compartamos un lugar, unos conocimientos, una serie de movimientos y unos tiempos diversos. Estar en la ciudad implica compartir.

 En Carne y piedra,  Richard Sennett establece la necesaria relación entre el cuerpo y lo construido para ese o por ese cuerpo. Pero no en calidad de un cuerpo que es sólo espectador o intérprete sino interventor de la espacialidad construida y en permanente cambio, ya que el sujeto es quien hace de la ciudad un espacio habitable o, en caso de que el sujeto no tenga conciencia de ciudadanía (sentirse ciudadano), un lugar de conflicto. No es la carne (el sujeto) la que se enfrenta a la piedra sino la que convive en la piedra y con la carne de otro,  comunicándose con otro, sintiendo al otro y creando con la ayuda del otro. La ciudad, entonces (y reiterando) ,es un espacio de comunicación y, como tal, hay que saber muy bien con qué nos comunicamos, a qué nivel y buscando qué. Por esta razón hay que investigar la ciudad, conocerla, hacerla partícipe de nosotros.

La ciudad investigada.

Investigar, en términos de Karl Popper, implica develar la mentira que cubre a la verdad. Según este filósofo judeo-austriaco, partimos de lo falso, de lo que no es, pero que ya nos señala un camino. Esto indica  que la primera evidencia, lo que vemos y sentimos, no es (lo que en términos kantianos sería la necesidad del algo más). Y si es, es apenas una prueba circunstancial, un efecto y no la causa, la primera apariencia pero no el fin de lo aparente. Así, eso que por primera vez interpretamos, eso de lo que somos espectadores primeros, es sólo una falacia. Hay un algo más y ese algo más ya es el camino real de investigación. Es lo que Derridá ha llamado el pre-nombre, la imagen del detrás, la primera incertidumbre de la certidumbre. Es la poesía, lo que hay detrás de lo que nombra y es nombrado, eso que Borges intuyó como la real escritura, la que determina la razón y no el sumario de eso que encontramos sin saber qué es. O lo que es peor, que creamos (o creemos) sin acertar a saber si es un monstruo, como el del doctor Frankenstein, o algo ya sabido y descontextualizado.

El hombre se hace preguntas con relación a su tiempo y espacio. Se pregunta por su vida (relación contexto-entorno) y luego la relaciona con otras vidas (espacios vividos) pasadas, presentes o (por vivir) futuras. La pregunta nace del hoy (lo contemporáneo), la hipótesis del ahora y del  esto que me aflige, entendiendo por afligir aquello que me toca. José Ortega y Gasset, determinaba la realidad como eso que está ahí, que tiene una lectura de acuerdo con las circunstancias del espectador, es decir, con su historiografía, su educación sentimental y con los saberes adquiridos para transformar esa realidad. De esta manera, lo que me toca, se convierte en un sentir holístico pues no es una relación uno-uno sino una interacción uno-todo.

 La ciudad, este espacio donde aparece el concepto de civilización (de civitas: ciudad), es un sistema que se hace necesario leer para darle un carácter a lo político y al espacio público, que es donde el ciudadano es libre porque intercambia lo que hace. En este espacio, como sostiene Hannah Arendt, existe un ejercicio de la libertad y del trabajo libre, donde la propuesta dignifica el vivir y se opone radicalmente al trabajo servil, donde no hay proposición sino obediencia. De esta manera, el ciudadano que intercambia (bienes, servicios, conocimientos, sentimientos, propuestas morales, acciones políticas) y toma sus propias decisiones de acuerdo con la interacción  que realiza, es el que hace posible el espacio público que, en definitiva, es la ciudad viva y mutante, el opuesto a esa ciudad cerrada donde el ejercicio de lo privado crea monstruos, debido a que en el espacio privado no se dan acciones acordes con la realidad sino deseos y fabulaciones.

Para investigar una ciudad, entonces, es necesario, primero, interpretar, argumentar y proponer una espacialidad pública donde el sistema de intercambio y de discusión sean los elementos que constituyan la condición de ciudadanía y el sentido que esa ciudad tiene. Para esto, es imprescindible leer la ciudad como sistema, ya desde la relación sujeto-objeto (donde el ser humano interpreta y usa la construcción urbana), ya en la interrelación sujeto-sujeto (donde nos comunicamos y desconstruímos los conceptos a fin de darles más vitalidad).

La ciudad como sistema:

Un sistema es aquella estructura donde todos los elementos están interconectados y son interdependientes. Dicho de otra manera, es un pequeño universo donde cada componente tiene un sentido, una dirección y un fin determinado. Esta estructura conforma un tejido donde la acción y la reacción son permanentes. De acuerdo con el pensamiento orgánico, la ciudad es un cuerpo que requiere nutrirse  y salir de los desechos que esos nutrientes le dejan; también crece generando un orden adaptable a lo que sucede, sean cambios morales o de acomodación al entorno. Y a sí mismo se degenera cuando asume condiciones que afectan el organismo que la constituye. Pero, sea de manera positiva o negativa,  la ciudad sigue siendo un sistema, y como tal hay que leerla, teniendo en cuenta que la lectura principal nace del sujeto, del que la vive, interpreta y mueve. La segunda lectura, la del objeto, es una resultante de la primera (la lectura del sujeto) , que se acomoda a la acción en términos de reacción y adaptación. Si leyéramos la ciudad bajo las premisas de Darwin, la veríamos como un cuerpo sobre el cual otros se adaptan transformando ese espacio primario (el de los objetos) en algo donde se dan todo tipo de manifestaciones, dado que las cosas son por el uso y no por su destinación. A este respecto, habría que recurrir a la tesis de Wittgenstein: “El mundo no está compuesto de cosas sino de hechos”, de conexiones entre lo que hay con relación  a lo que hay que hacer. Y esos hechos no son unidades únicas sino un compuesto de hechos atómicos, es decir, de hechos cambiantes y nacidos del hecho original o como iniciadores de ese hecho. No hay entonces voluntad en el hecho sino obligación (afectos y afecciones, diría Spinoza) de llevarlo a efecto.

 La ciudad que se investiga, con base en lo anterior, debe ser indagada permanentemente, al ritmo de cada tiempo y de cada sujeto nuevo, de lo que hay y sucede, de los nuevos entramados y, a la vez, de las rupturas que se presentan en el tejido que la conforma. La ciudad sistema, para ser investigada, exige de conceptos, valores, percepciones y prácticas detectadas, ya para negociar con ellas (anularlas, legitimarlas), ya para ampliarlas de acuerdo con lo encontrado. Es decir,  primero tenemos que tener una conciencia de la ciudad, un concepto o conceptos que no nos generen dudas. Esto implica saber qué son y para qué sirven los servicios públicos, las instituciones públicas, los diferentes estratos, los centros de conocimiento, los de producción, los de comercio y la manera como se habita la ciudad. En este punto, la  vivencia ciudadana da la referencia de uso de lo urbano, sus niveles de seguridad, proyección y tejido conceptual, o sea, nivel de conciencia de esa ciudad. Como dice Borges en la Fundación mítica de Buenos Aires, la ciudad tiene su construcción total desde el inicio y sólo en la medida en que tenemos conciencia de ella, las cosas aparecen. Así, la ciudad sería un descubrimiento antes que una construcción por partes, un develar las mentiras que cubren esa verdad inmensa que es lo ciudadano, esto que nos permite vivir sin miedo.

 La ciudad, en su calidad de sistema, debe tener como fase preliminar un marco teórico que permita concretar puntos y factores de evaluación. Así, no se trata de encontrar cosas en la ciudad sino de comparar lo que se encuentra a fin de determinar el hecho concreto, eso que ha pasado y pasa. Y si bien es cierto que no hay un modelo de ciudad básico, sí existen constituciones (esta es la teoría de ciudad básica en Aristóteles) que permiten visualizar lo que debería ser la ciudad con relación a lo que es y encontramos en ella. La constitución, esto que es la base del pacto social, plantea la ciudad deseada, la que de acuerdo con unos parámetros que se definen en deberes y derechos, podemos crear. Y es esa constitución la que nos provee de los conceptos de ciudad y ciudadanía, la que nos dice qué debemos buscar para ver hasta qué punto se ha cumplido lo pactado. También está en esa constitución los valores, es decir, los ideales de ciudad y ciudadano, esto que se construye con base en una urbanidad (comportamiento ciudadano). De esta manera, hay modos de comparación, dado que la ciudad sigue siendo un ideal antes que una obligación con la que se carga, o una orden dada, como a veces parece cuando se analizan los planes territoriales y las planificaciones urbanas.          

 En todo sistema, siempre hay un espacio para percibir, es decir, para ver lo que pasa y la manera de ajustarse. Y estas percepciones, lo que cambia y moldea la moral (las costumbres), permiten asistir a la mutación de la ciudad, a las nuevas acciones y reacciones, al ajuste de la política o a su desgaste y desbarajuste. Como todo ser vivo, el mundo urbano sufre cambios permanentes y nosotros, los ciudadanos, nos vemos afectados por ellos directa o indirectamente. Y no porque toquen a nuestra puerta o lo digan los medios, sino porque somos seres complejos que estamos en contacto con otros y con la otredad, con la normatividad y con las reacciones pasivas o activas frente a variables no previstas. El hecho de que seamos complejos y habitemos la complejidad (ciudad y ciudadanos nos mantenemos conectados) lleva a catalogar las percepciones como un elemento confiable para ver qué pasa y, en este aggionarmento, asimilar lo nuevo que aparece y lo antiguo que se desactualiza o perece. Y frente a lo que nace y muere, se dan las prácticas ciudadanas, los movimientos y entendimientos de ciudad, los ritmos que se imponen y lo urbano que se manifiesta en actitudes, aptitudes y respuestas a los niveles de modernismo (progreso) y modernidad (entendimiento de ese progreso).

  Tomando los conceptos físicos sobre el origen del universo (el Big-Bang), diríamos que la ciudad es como una explosión que se mantiene vigente, que no para y que mientras avanza crea sus propias gravitaciones y así ya no es homogénea sino heterogénea. Y así, en ese sistema donde todo se une, también vemos delimitaciones, límites, barreras, en las que el ciudadano se clasifica y, de acuerdo con la clasificación, interviene o no las distintas órbitas. Hablaríamos, entonces, de ciudades dentro de la ciudad, de átomos que, aunque conforman una molécula (el total de la ciudad), siguen conservando unas características propias y, en calidad de unidades cerradas, incluyen a unos y excluyen a otros. Y esta inclusión y exclusión es multidireccional, es decir, no es propio de apenas unos conglomerados sino de todos los que son y se sienten conglomerados, estén arriba o abajo en la escala social. Por esta razón es tan necesario detectar las prácticas que se dan en el sistema, pues la práctica (o mejor, la concepción de la práctica) es la que crea la barrera. Y si bien la barrera termina siendo intervenida por otros ajenos al grupo, en esta intervención se da el conflicto, lo que pone al sistema en un movimiento caótico y necesario para que aparezca una nueva ciudad o al menos una ciudad diferente para cada generación, con una  nueva línea de oficios y actitudes políticas.

  Parodiando a Savater, si me preguntan qué opino de la ciudad, diría, ¿de cuál ciudad me habla? ¿De la ciudad de los jóvenes que montan en bus? ¿De la ciudad de los jóvenes que trabajan en la noche? ¿De la ciudad de los jóvenes que van a la universidad?  ¿De la ciudad de los viejos que reciben una jubilación? ¿De la ciudad de los viejos que no tienen nada? ¿De la ciudad de las mujeres casadas? ¿De la ciudad de las mujeres embarazadas? ¿De la ciudad de los niños?, etcétera. La multiplicidad de percepciones y prácticas ciudadanas convierten la ciudad en una verdadera aventura y en un inmenso juego de abalorios donde lo imprevisto y lo previsto se unen de manera dispar, llevando a que toda formulación previa deba asumir la parte en lugar del todo. Así, asumir una ciudad es partir de una inducción, de una parte que permite ir tejiendo acciones, situaciones y espacios para, finalmente, encontrarse con el total de una ciudad en movimiento que permite, como en el caso de la velocidad, detectar momentos en reposo pero en ninguna forma estados finales sino latentes, previos a un nuevo movimiento.

  Los problemas de la investigación urbana:

  Nuestras ciudades se encuentran sobre diagnosticadas. Y no sólo esto sino que las investigaciones realizadas, debido a la parálisis por análisis (demasiado tiempo para la obtención de resultados y la toma de decisiones ) que nace del trabajo de campo (donde el paradigma de la encuesta sigue vigente), antes que datos para aplicar, lo que acaban creando es una historia cuantificada, un pasado que ya no es el hoy sino la razón que lo creó. En otros términos, son investigaciones que arrojaron datos desactualizados -porque los resultados obtenidos se lograron (tabularon, clasificaron y ponderaron) en un lapso de tiempo tan largo que permitió que la ciudad cambiara. Fue más rápida la vida urbana que la clasificación de los datos.

  Las investigaciones que hacemos siguiendo el paradigma de la encuesta, donde la profundidad en la respuesta está sesgada por el tiempo de aplicación sobre la pregunta o por la falta de motivación del encuestado y el afán del encuestador, apenas si permiten visualizar lo que sucede a fondo en la ciudad, lo que ella es y la incidencia que tiene sobre los ciudadanos la espacialidad y la objetización urbana, en la que no sólo opera el objeto sino su condición de uso.

  Partiendo de lo anterior, donde lo cuantitativo (los porcentajes, las curvas y los números) está por encima de lo cualitativo o lo domina en la graficación de resultados, debemos asumir otras formas de investigación (observación, experimentación, grupos focales) en las que, en lugar de medir los datos, entendamos lo que logramos y nos sensibilicemos con las respuestas para, de esta forma,  crear mapas conceptuales y sentimentales correctos  (o al menos más ciertos) sobre el pulso y la mutación urbana. Pero antes de crear una hipótesis y unos sujetos de investigación, hay  que conocer primero la ciudad  en su desarrollo urbano, en su historia, en la gente que la habita y en las historias marginales que han hecho posible que la ciudad siga existiendo en calidad de espacio público y de intercambio.

  Richard Rorty decía que en la literatura se encuentra más desarrollo filosófico que en la misma filosofía, porque allí, en las novelas y relatos, las preguntas no buscan una respuesta metódica sino una manifestación de lo que hay y de lo que es, sin preámbulos ni concesiones morales. El mundo existe y como tal lo debemos leer para luego hacer las clasificaciones pertinentes y no al revés, clasificar y, al tiempo, desconocer lo que rodea la clasificación. De igual manera, creo que la lectura (y escritura) que hace el autor de lo urbano es una manera de investigación para lograr aciertos. Lectura que se construye a partir de lo micro, de eso que quizás no tiene importancia al inicio pero que, a medida que se da, se une y entonces conforma un corpus con propuesta, con argumento y con una capacidad grande de impacto.

  La ciudad son los detalles, los pequeños espacios, los micro-tiempos, los personajes simples, la fugacidad de las noticias, las tensiones, las emociones extremas, los amores ridículos (parodiando a Milan Kundera) y las pasiones que llevan a la obsesión o a la paranoia. De aquí entonces la necesidad de leer las calles, las casas, la arquitectura, las maneras de habitar y usar los objetos, los desplazamientos humanos, las rutinas, los intervalos entre un tiempo y otro, las barreras que definen los espacios, la sentimentalidad, los imprevistos, la noche y el día, el amanecer y la tarde. No hay espacio de una ciudad que no se pueda leer y que no sea necesario leer para dotar al investigador de sensibilidad. Porque uno es sensible en la medida en que vive y experimenta, siente y percibe, admite y rechaza.

  La ciudad (la que llamaríamos urbe para la pre-investigación) necesita ser habitada por el investigador. Sus datos secundarios están en su calle, en sus citas, en ir a un cine, en gritar en un partido de fútbol, en bailar en un concierto, en sentir miedo de una calle vacía y alegría al encontrar una persona conocida. La investigación urbana no puede partir de documentos y divagaciones teóricas, nace de hacerse preguntas frente a lo que toco y veo, a lo que como y leo.  Como en los primeros días del mundo, hay que preguntarse acerca de lo que aparece, confrontar nombres y significados, asistir a lo que no se espera, vivenciar lo nuevo y participar de la vitalidad del espacio público. Una vez logrado esto, nacen las preguntas. Ya lo dice Juan Jacobo Rousseau en El Emilio:  “es necesario sentir para saber lo que voy a preguntar”. Es decir, se necesita primero la sensación, la percepción, para construir la pregunta.

  investigar la ciudad, entonces, se necesita hacer un inventario de ella, de los elementos que la componen, de las conexiones que tiene y de las mutaciones que ha sufrido. De esta manera, asumimos un corpus en capacidad de generar dudas y, frente a la duda, nacen las preguntas y la manera de preguntar (que es el secreto de la investigación) para obtener respuestas en profundidad, elementos de cualificación  y no sólo datos cuantificables que estorben para encontrar soluciones a lo micro. Y luego, por ley de caos (cuando un micro solucionado se une con otros en igualdad de condiciones), lograr un cambio macro. No vamos a investigar entonces los niveles de pobreza sino los grados de escasez en el barrio tal, donde las tradiciones son éstas y el origen aquél. Y digo cambio, porque la investigación no sólo debe dar unos datos sino que debe ser propositiva, es decir, que el investigador después de concluir proponga y, con su propuesta, intervenga la decisión de quienes solicitaron la investigación. Esto para que lo investigado no se salga de los parámetros de la realidad y para que unida a la lógica también esté la sentimentalidad, ese deseo de mejorar que determina la condición básica de ciudadanía, porque investigar no sólo implica obtener unos datos sino tener conciencia de participación.

  No basta construir una espacialidad, hay que involucrarse en ella con una propuesta. Como sucede con el nuevo periodismo (una gran forma de hacer investigación urbana. Basta ver los trabajos de Thomas Wolfe y Guy Talese), la objetividad también debe dar cabida a lo subjetivo. Y más en la ciudad que se investiga, porque el investigador también es ciudadano y, como tal, también es partícipe de eso que investiga. Y si bien esto riñe con los conceptos básicos de investigación, donde quien investiga no se involucra en lo investigado, los resultados obtenidos hasta ahora llevan a pensar que lo objetivo no aporta como es debido, que hace falta algo más. Y ese algo más es el conocimiento y la participación que el investigador tiene de la ciudad indagada.

Cuando uno se reúne con un grupo de ciudadanos para hacer propuestas de ciudad, los entrevistados, que han vivido y sentido el espacio que se investiga, hacen propuestas atinadas o absurdas, nacidas de esa investigación inconsciente que hicieron al caminar, al tomar un autobús, al participar de un evento, al entrar en contacto con un temor o una alegría. Sus respuestas aparecen como resultante de las rutinas, de las preguntas que se han hecho, de las interacciones que han tenido con otros, de los miedos controlados y de los deseos que no se cumplen. Y en esas propuestas nunca establecen una verdad absoluta como fin o construcción, sino, simplemente, una búsqueda de la verdad. Como anota Bertrand Russell en Cambridge, uno de sus textos autobiográficos, lo verdadero se conforma con encuentros y desencuentros, con lo que es y no es, o cambia y entonces ya no acredita lo que era. La lógica de Russell se compone de enfrentamientos con lo inesperado. Y esto es la ciudad, lo que no esperamos de ella y lo que cambia. No es entonces un objeto sino la interpretación e interacción de un sujeto con relación a otro. En otros términos, es comunicación activa, en movimiento e interactuando permanentemente.     

 La ciudad teórica versus. la ciudad real:

 En La estructura del medio ambiente, de Christopher Alexander, hay un capítulo que dice que la ciudad no es un árbol, indicando con esto que más que una estructura determinada por una fractalidad (crecimiento lineal y geométrico) es también un habitáculo caótico y vivo, con crecimientos diversos y en ocasiones acromegálicos y enfermizos, como sucede en los cordones de miseria de las ciudades latinoamericanas. Así, una ciudad puede diseñarse igual que una molécula, con un adentro y un afuera, haciendo parte de un correcto plan territorial; pero ese diseño se deformará y asumirá una vida propia cuando los habitantes se apropien de él y al concepto de planeación interpongan el de cultura, forma de supervivencia y estética cruzada por el entorno, la información y la adaptación de soluciones a necesidades sentidas. Entonces, la ciudad no crece de manera ordenada sino de manera cultural con ajustes a la mediatización de la actualidad y, como diría José Ortega y Gasset, interponiendo el recurso de las circunstancias, en este caso del ciudadano: su historia, su educación sentimental, sus relaciones socio-económicas con el entorno etc.

 Aristóteles decía que la lógica era la suma de principios a través de los cuales entendíamos (o al menos medíamos) la realidad. Y al hablar de esos principios se refería a principios humanos habidos de pactos sociales, de conocimientos comprobados y de posibilidades nacidas de la especulación ordenada. Y de esa lógica se desprendían dos variantes: la lógica teórica y la lógica práctica.

 Lo teórico se construye sin más variables que las esperadas sobre la calidad del problema, es decir, bajo un plano ideal de cómo debería ser esto o aquello. Ya, en el plano de lo práctico, lo ideal pasa a un plano real y lo que eran modos (determinaciones) comienzan a enfrentar accidentes, cambios en esos modos,  producto de variables que no se pueden controlar: cambios en el clima, mutaciones territoriales, desórdenes sociales y económicos, mala gobernabilidad etc. Y en este punto, lo planeado se convierte en un objeto de adaptación y sujeto de flexibilidad, o en una mera utopía.  En otras palabras, en un modelo que se hace necesario ajustar a un vivir y a un  hacer que, en muchas ocasiones, es el que obliga la mutación del deber ser.

 Con base en lo anterior, siempre vamos a ver el enfrentamiento entre la ciudad teórica y la ciudad real, la primera (la teórica) concebida sobre el papel (hoy diríamos que en el auto-cad) y sobre  las tres dimensiones de un plano (donde la tercera, la profundidad, está falseada). Y la segunda (la real), construida sobre los principios de realidad social, económica y cultural. Y sobre unas éticas ciudadanas que, interrelacionadas, generan una ciudad como debe ser o al menos en el espíritu de lo que es y que la teoría no concibe porque no conoce: la actualidad de la civilidad, esto que nace de la ciudad que muta, se toma por otros, se desmiembra o, simplemente, acoge nuevas moralidades.

  La ciudad real, como dice el escritor Darío Ruiz Gómez, es un acto de solidaridad y, desde lo solidario, de dignidad. De aquí que la ciudad real no aparezca en los análisis de los urbanistas y los politólogos, sino en las novelas urbanas donde antes que una descripción del objeto se hace una disección del sujeto, es decir, el escritor describe un espacio en el que el ciudadano construye civilidad (actuación en la ciudad) antes que meros objetos o reacciones frente a estos. Y a partir de esta civilidad, donde no se hacen a un lado las exclusiones, las inserciones, los odios, las reinserciones, los sentimientos y  la supervivencia; la ciudad cobra su espacio real donde se debate y cuestiona, donde el otro está presente con su carga vital y política y no ausente, como sucede en la teoría.

  Los amantes de las ciudades teóricas, que tratan de adaptar modelos ajenos buscando hacer de Medellín una New York o un París (sin que aquí existan los ciudadanos de ese New York o de ese París) y parten de unas premisas elaboradas sobre datos secundarios ajenos al contexto o de simples ejercicios teoréticos nacidos más de deseos que de realidades confrontadas, ven sus esfuerzos (válidos para el debate) enfrentados con la ciudad real  y debilitados con la expresión que ésta tiene y que, como acontece con la ciudad del tercer mundo, no sabe que está globalizada ni que hace parte de una red de ciudades “hermanas” porque es una ciudad que se construye en sí misma y no por factores ajenos a lo que ella es. De aquí que proyectos como Cities, que nos obligarían a visualizar una ciudad común con relación a otras, no hayan funcionado bien y estén en el papel, ubicados en la construcción teórica, pero no en la realidad donde lo objetivo (esto que se ha detectado como común o al menos como elemento de enlace) ha sido rebasado por lo subjetivo, desbordando la percepción computable y poniendo de manifiesto una serie de relaciones que no se pueden cuantificar sino percibir como actitudes en movimiento.

  Concluyo con una reflexión rabínica que se lee en Cuentos del pueblo judío de Ben Zimet: “La suerte del ángel es que no puede estropearse. Su desgracia es que no puede ya mejorar. La desgracia del hombre es que puede estropearse. La suerte del hombre es que puede mejorar”.

  Escrito en Medellín, una ciudad que muta y se reconstruye a pesar de los políticos. Marzo de 2003. 



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